"Los Coleccionistas" - читать интересную книгу автора (Baldacci David)Capítulo 28 – ¡Oliver, Oliver! Stone volvió en sí y se irguió con dificultad. Estaba tumbado vestido en el suelo de su casita, con el pelo todavía húmedo. – ¡Oliver! -Alguien aporreaba la puerta de la entrada. Stone se levantó, se tambaleó hasta la puerta y la abrió. Reuben lo miró con expresión divertida. – ¿Qué coño pasa? ¿Le estás dando al tequila de nuevo? -Sin embargo, al percatarse de que Stone no se encontraba bien, adoptó un tono más serio-. Oliver, ¿estás bien? – No estoy muerto. Algo es algo. Le hizo una seña a Reuben para que entrara y se pasó los siguientes diez minutos explicándole lo ocurrido. – ¡Joder! ¿Y no tienes ni idea de quiénes eran? – Fueran quienes fueran, conocen bien las técnicas de tortura -respondió Stone lacónicamente, mientras se frotaba el chichón de la cabeza-. No creo que vuelva a beber agua. – Entonces, ¿saben lo de Behan? Stone asintió. – Aunque no sé si eso les sorprendió, pero creo que lo que les conté sobre Bradley y DeHaven era información nueva. – Hablando de DeHaven, hoy es el funeral. Por eso te llamábamos. Caleb irá, junto con la mayor parte del personal de la Biblioteca del Congreso. Milton también irá y yo he cambiado el turno en el muelle para poder asistir. Nos parecía importante. Stone se levantó, pero se tambaleó enseguida. Reuben le sujetó del brazo. – Oliver, tal vez deberías quedarte sentado. -Otra sesión de tortura e iréis a mi funeral. Pero el de hoy puede ser importante, aunque sólo sea por la gente que acuda. Al oficio celebrado en la iglesia de St. John, junto al parque La-fayette, asistieron muchas personalidades del Gobierno y de la biblioteca. También estaban presentes Cornelius Behan y su esposa, una mujer muy atractiva, alta y esbelta, de unos cincuenta años con el pelo teñido de rubio. El aire altanero contrastaba con su porte frágil y precavido. Cornelius Behan era muy conocido en Washington, por lo que muchas personas se le acercaban para estrecharle la mano y rendir homenaje. Behan lo aceptaba todo con buenos modales, pero Stone se percató de que se apoyaba constantemente en el brazo de su mujer, como si fuera a caerse sin ese soporte. A instancias de Stone, los miembros del Camel Club se habían dispersado por la iglesia para observar a los distintos grupos de personas. Aunque resultaba obvio que quienquiera que lo hubiera secuestrado sabía de su relación con los demás, Stone no quería recordarle -si es que había venido-que tenía tres amigos que serían unos blancos excelentes. Stone se sentó al fondo e inspeccionó esa zona con la mirada hasta fijarse en una mujer que estaba sentada a un lado. La mujer se volvió y se apartó el pelo de la cara, y Stone la observó con atención. La formación que había recibido en el pasado hacía que fuera muy buen fisonomista, y había visto ese perfil con anterioridad; aunque la mujer a la que miraba ahora era mayor. Una vez acabado el oficio, los miembros del Camel Club salieron juntos de la iglesia, detrás de Behan y su esposa. Behan le susurró algo a su mujer antes de volverse para dirigirse a Caleb. – Un día triste -le dijo. – Sí, lo es -repuso Caleb forzadamente. Miró a la señora Behan. – Oh. -dijo Behan-. Mi esposa Marilyn. Te presento a… – Caleb Shaw. Trabajaba en la biblioteca con Jonathan. Behan le presentó a los otros miembros del Camel Club y luego miró hacia la iglesia, donde los portadores llevaban el féretro hacia el exterior. – ¿Quién lo habría dicho? Se le veía tan bien… – Les pasa a muchas personas antes de morir -repuso Stone con aire distraído. Miraba a la mujer que había visto antes. Se había puesto un sombrero negro y gafas de sol y llevaba una falda negra larga y botas. Alta y esbelta, destacaba entre tanto dolor. Behan lanzó una mirada escrutadora a Stone y trató de seguirle la mirada, pero Stone la apartó antes de que lo hiciera. – Supongo que están seguros de cuál fue la causa de la muerte -dijo Behan y se apresuró a añadir-: Ya se sabe que a veces se equivocan. – Si se han equivocado, acabaremos sabiéndolo -intervino Stone-. Los medios suelen averiguarlo todo. – Sí, a los periodistas eso se les da bien -comentó Behan con evidente desagrado. – Mi marido sabe mucho sobre muertes súbitas -espetó Marilyn Behan. Al ver que todos la miraban de hito en hito, añadió-: Bueno, a eso se dedica su empresa. Behan sonrió a Caleb y a los otros. – Perdonadnos -dijo. Tomó a su esposa del brazo con firmeza y se alejaron. ¿Acaso había percibido Stone un atisbo de regodeo en la expresión de Marilyn? Reuben los siguió con la mirada. – No puedo dejar de imaginármelo con unas bragas ondeando a media asta en su pajarito. Tuve que llevarme el puño a la boca para no soltar una carcajada durante el oficio. – Ha sido un detalle que viniera -dijo Stone-, sobre todo teniendo en cuenta que apenas eran conocidos. – La mujer parece de armas tomar -comentó Caleb. – Bueno, diría que es lo bastante astuta para estar al corriente de las indiscreciones de su marido -dijo Stone-. No creo que los una el amor. – Sin embargo, siguen juntos -añadió Milton. – Por amor al dinero, el poder y la popularidad -repuso Caleb con desagrado. – ¡Eh!, no me habría importado tener alguna de esas cosas en mis matrimonios -dijo Reuben-. Amor sí hubo, al menos durante una época, pero nada de todo lo demás. Stone miraba a la mujer de negro. – ¿Os suena esa mujer de allí? – ¿Cómo vamos a saberlo? -dijo Caleb-. Lleva sombrero y gafas. Stone sacó la fotografía. – Creo que es esta mujer. Se apiñaron alrededor de la imagen y luego Caleb y Milton miraron a la mujer sin disimulo y la señalaron por turnos. – ¿No podríais ser un poco más descarados? -farfulló Stone. El cortejo fúnebre se dirigió hacia el cementerio. Una vez acabado el oficio junto a la tumba, los asistentes comenzaron a encaminarse hacia sus coches. La mujer de negro se quedó junto al féretro, mientras dos trabajadores con vaqueros y camisas azules esperaban en las inmediaciones. Stone miró en derredor y vio que Behan y su mujer ya habían regresado a la limusina. Observó con atención a las otras personas en busca de alguien cuya actividad diaria incluyera la aplicación de torturas acuáticas. Era fácil dar con esas personas si se sabía mirar, y Stone sabía mirar. Sin embargo, su búsqueda no dio frutos. Hizo un gesto a los demás para que lo siguieran mientras se acercaba a la mujer de negro. Había colocado una mano sobre el féretro de palisandro y parecía mascullar algo, tal vez una plegaria. Esperaron a que acabara. Cuando se volvió hacia ellos, Stone le dijo: – Jonathan estaba en la flor de la vida. ¡Qué pena! – ¿De qué lo conocía? -preguntó la mujer desde detrás de las gafas. – Trabajaba con él en la biblioteca -intervino Caleb-. Era mi jefe. Lo echaremos de menos. La mujer asintió: – Sí. – ¿Y de qué lo conocía usted? -preguntó Stone con naturalidad. – Fue hace mucho tiempo -respondió, de forma imprecisa. – Las amistades duraderas cada vez escasean más. – Sí, es cierto. Perdón. -Se abrió paso entre ellos y comenzó a alejarse. – Es raro que el forense no pudiera determinar la causa de la muerte -dijo Stone en voz alta para que lo oyera. El comentario tuvo el efecto deseado. La mujer se detuvo y se volvió. – El periódico decía que murió de un ataque al corazón -dijo. Caleb negó con la cabeza. – Se murió porque el corazón se le paró, pero no de un ataque al corazón. Supongo que los periódicos dieron eso por sentado. La mujer dio varios pasos hacia ellos. – Me parece que no sé cómo se llaman. – Caleb Shaw. Trabajo en la sala de lectura de Libros Raros de la Biblioteca del Congreso. Este es mi amigo… Stone le tendió la mano. – Sam Billings, encantado de conocerla. -Señaló a los otros dos miembros del Camel Club-. El tipo grande es Reuben y el otro Milton. ¿Y usted se llama…? La mujer hizo caso omiso de la pregunta y se dirigió a Caleb: – Si trabaja en la biblioteca, los libros le gustarán tanto como a Jonathan. A Caleb se le iluminó el semblante al ver que la conversación versaba sobre su especialidad. – Oh, desde luego. De hecho, Jonathan me nombró albacea literario en su testamento. Ahora mismo estoy haciendo un inventario de su colección; luego la tasarán y la venderé, y todo lo recaudado se destinará a obras benéficas. Enmudeció al ver que Stone le hacía señas para que dejara de hablar. – Muy propio de Jonathan -dijo ella-. Supongo que sus padres están muertos, ¿no? – Oh, sí, su padre murió hace mucho, y su madre, hace dos años. Jonathan heredó su casa. Stone tuvo la impresión de que la mujer se esforzaba por no sonreír al oír aquellas palabras. «¿Qué le había dicho el abogado a Caleb? ¿Que el matrimonio se había anulado? ¿Y no por la mujer, sino por el marido, a instancia de los padres?»-Me gustaría ver la casa y su colección -le dijo ella a Caleb-. Estoy segura de que ahora es impresionante. – ¿Conocía su colección? -le preguntó Caleb. – Jonathan y yo compartimos muchas cosas. No me quedaré mucho tiempo en la ciudad, así que ¿le va bien esta noche? – Pues resulta que pensábamos ir allí esta misma tarde -respondió Stone-. Si se aloja en algún hotel, podríamos pasar a recogerla. La mujer meneó la cabeza. – Nos reuniremos en Good Fellow Street. -Se marchó rápidamente hacia un taxi que la esperaba. – ¿Te parece sensato llevarla a la casa de Jonathan? -preguntó Milton-. No la conocemos de nada. Stone sacó la fotografía del bolsillo y la sostuvo en alto. – Creo que sí la conocemos o, al menos, la conoceremos en breve. En Good Fellow Street -, añadió, pensativo. |
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