"La silla vacía" - читать интересную книгу автора (Deaver Jeffery)PRIMERA PARTE . Al norte del Paquo Capítulo 1Desgarbada y sudorosa, con sus 26 años a cuestas, Lydia Johansson caminó a lo largo del arcén de tierra de la ruta 112, donde había aparcado su Honda Accord; bajó cuidadosamente la colina hasta la orilla llena de barro, donde el canal Blackwater se unía al opaco río Paquenoke. No había pasado mucho tiempo desde el amanecer, pero ese agosto había sido el más caluroso en años en Carolina del Norte y Lydia ya estaba sudando en su blanco uniforme de enfermera cuando se dirigió al claro de la orilla, rodeado de sauces, gomeros y laureles de anchas hojas. Encontró con facilidad el lugar que buscaba; la cinta amarilla de la policía era muy evidente a través de la bruma. Sonidos de la mañana temprana. Somormujos, un animal paciendo en el denso matorral cercano, viento cálido a través de las juncias y las hierbas del pantano. Señor, estoy asustada, pensó. Recordó vividamente las escenas más horrorosas de las novelas de Stephen King y Dean Koontz que leía hasta tarde por las noches con su compañera, una pinta de Ben amp; Jerry's. Más ruidos en el matorral. Vaciló, miró a su alrededor. Luego siguió. – Eh -dijo la voz de un hombre. Muy cerca. Lydia gritó y se dio vuelta. Casi dejó caer las flores: – Jesse, me asustaste. – Perdón. -Jesse Corn estaba detrás de un sauce llorón, cerca del claro delimitado por las cintas. Lydia notó que sus ojos estaban fijos en lo mismo: una silueta blanca y brillante en el suelo, donde había sido encontrado el cuerpo del muchacho. Alrededor de la línea que indicaba la cabeza de Billy había una mancha oscura, que, siendo enfermera, reconoció inmediatamente como sangre vieja. – De manera que aquí es donde sucedió -murmuró. – Así es, sí. -Jesse restregó su frente y se atusó el lacio mechón de cabello rubio. Su uniforme, el traje beis del Departamento del Sheriff del Condado de Paquenoke, estaba arrugado y polvoriento. Oscuras manchas de sudor aparecían bajo sus brazos. Tenía treinta años y una astucia juvenil. – ¿Cuánto tiempo hace que estás aquí? -le preguntó. – No lo sé. Quizá desde las cinco. – Vi otro coche -dijo ella-. Arriba en la carretera. ¿Es el de Jim? – No. El de Ed Schaeffer. Está al otro lado del río. -Jesse señaló las flores con la cabeza-. Son bonitas. Después de un momento, Lydia miró las margaritas que tenía en la mano. – Dos dólares cuarenta y nueve. En Food Lion. Las compré anoche. Sabía que no habría nada abierto tan temprano. Bueno, Dell lo está, pero no vende flores. -Se preguntó por qué estaba divagando. Miró nuevamente a su alrededor-. ¿No tienes idea de dónde está Mary Beth? Jesse negó con la cabeza. – Ni un indicio. – Supongo que quieres decir que él tampoco. – Él tampoco. -Jesse miró su reloj. Luego hacia el agua oscura, los densos juncos y hierbas tupidas, el muelle podrido. A Lydia no le gustó que un policía del condado, que llevaba una gran pistola, pareciera estar tan nervioso como ella. Jesse comenzó a subir la colina cubierta de hierba hacia la carretera. Hizo una pausa, miró las flores. – ¿Sólo dos dólares noventa y nueve? – Cuarenta y nueve. Food Lion. – Es una ganga -dijo el joven policía, dirigiendo la mirada hacia el denso mar de hierba. Volvió a la colina-. Estaré arriba al lado del coche patrulla. Lydia Johansson se acercó a la escena del crimen. Se imaginó a Jesús, se imaginó ángeles y oró durante unos minutos. Oró por el alma de Billy Stail, que había sido liberada de su cuerpo ensangrentado en aquel mismo lugar apenas ayer por la mañana. Oró porque la pena que visitaba Tanner's Corner terminara pronto. Oró por ella también. Más ruido en el matorral. Chasquidos, crujidos. Aunque el día estaba más claro ahora, el sol apenas podía iluminar Blackwater Landing. El río era profundo en ese punto y estaba bordeado por desmadejados sauces negros y gruesos troncos de cedros y cipreses -algunos vivos, otros no, y todos sofocados por musgos y viñas salvajes. Hacia el noreste, no muy lejos, se hallaba el pantano Great Dismal, y Lydia Johansson, como toda Exploradora que se preciara del condado Poquenoke, conocía todas las leyendas del lugar: la dama del lago, el ferroviario sin cabeza… Pero no eran esas apariciones las que la preocupaban; Blackwater Landing tenía su propio fantasma: el muchacho que había secuestrado a Mary Beth McConnell. Lydia abrió su bolso y encendió un cigarrillo con manos temblorosas. Se sintió un poco más tranquila. Caminó a lo largo de la orilla. Se detuvo ante un campo de hierbas altas y espadañas, que se doblaban por la brisa ardiente. Escuchó que en la cima de la colina un motor se ponía en marcha. ¿Jesse no se iba, verdad? Lydia miró hacia allí, alarmada. Pero vio que el coche no se había movido. Supuso que sólo se trataba de poner en funcionamiento el aire acondicionado. Cuando volvió a mirar hacia el agua percibió que las juncias, las espadañas y las plantas de arroz salvaje todavía se doblaban, ondeaban, susurraban. Como si alguien estuviera allí, acercándose a la cinta amarilla, manteniéndose cerca del suelo. Pero no, no, por supuesto que no era así. Se trata sólo del viento, se dijo. Y reverentemente colocó las flores en el hueco de un nudoso sauce negro que no estaba lejos de la espeluznante silueta del cuerpo despatarrado, salpicado de sangre oscura como las aguas del río. Comenzó a rezar otra vez. En la orilla contraria a la escena del crimen, el policía Ed Schaeffer se reclinó sobre un roble e ignoró los madrugadores mosquitos que revoloteaban cerca de sus brazos, descubiertos por las mangas cortas de su camisa de uniforme. Se agachó hasta ponerse en cuclillas y escudriñó nuevamente el suelo del bosque buscando señales del muchacho. Tuvo que afirmarse contra una rama, estaba mareado por la fatiga. Como la mayoría de los policías del departamento del Sheriff del condado, había estado despierto durante casi veinticuatro horas, buscando a Mary Beth McConnell y al muchacho que la había secuestrado. Pero mientras uno a uno los demás se habían ido a casa, a ducharse y comer y dormir unas horas, Ed había seguido en la búsqueda. Era el policía con más años de servicio y el más corpulento (cincuenta y un años y ciento veinte kilos de peso, en su mayoría inútiles), pero la fatiga, el hambre y las articulaciones rígidas no lo iban a detener en su búsqueda de la chica. El policía observó el suelo otra vez. Accionó el botón transmisor de su radio. – Jesse, soy yo. ¿Estás ahí? – Adelante. Murmuró: – He encontrado huellas dactilares. Son recientes. A lo sumo tienen una hora. – ¿Piensas que es él? – ¿Quién otro podría ser? ¿A esta hora de la mañana, a este lado del Paquo? – Parece que tenías razón -dijo Jesse Corn-. No lo creí al principio, pero diste en el blanco. La teoría de Ed consistía en que el muchacho volvería a aquel lugar. No a causa del cliché, acerca del retorno a la escena del crimen, sino porque Blackwater Landing siempre había sido su lugar de caza y durante años, cuando se metía en problemas de algún tipo, siempre regresaba. Ed miró a su alrededor, sintió que el miedo reemplazaba a la fatiga y la incomodidad mientras observaba la infinita maraña de hojas y ramas que lo rodeaban. – Las huellas parecen ir hacia ti, pero no lo puedo decir con seguridad. Estaba caminando sobre hojas casi todo el tiempo. Manten los ojos abiertos. Voy a ver desde dónde vino. Con un crujido de rodillas, Ed se puso de pie y tan silenciosamente como puede hacerlo un hombre tan grande, siguió los pasos del muchacho hacia la dirección por donde habían venido -adentrándose en el bosque-, lejos del río. Siguió el rastro del chico cerca de trescientos metros y vio que llevaba hacia un antiguo refugio de caza, una choza gris lo suficientemente grande para tres o cuatro cazadores. Las aberturas para las armas de fuego estaban oscuras y el lugar parecía vacío. Bien, pensó. Bien… Probablemente no esté aquí. Pero quizás… Respirando con fuerza, Ed Schaeffer hizo algo que no había hecho en cerca de un año y medio: sacó su arma de la cartuchera. Agarró el revolver con una mano sudorosa y caminó hacia adelante, mirando alternativamente hacia el refugio y el suelo, decidiendo cuál era el mejor lugar para pisar y mantener en silencio sus pasos. ¿El muchacho tendría un arma? se preguntó, dándose cuenta de que estaba tan expuesto como un soldado que desembarca en una playa pelada. Imaginó el cañón de un fusil que aparecía velozmente en una de las aberturas, apuntándole. Ed sintió un enfermizo ataque de pánico y corrió, en cuclillas, los últimos treinta metros hacia el costado de la choza. Se apretó contra la madera deteriorada por el tiempo mientras retenía el aliento y escuchó con cuidado. No oyó nada adentro, excepto un débil rumor de insectos. Bien, se dijo. Echa una mirada. Rápido. Antes de que el valor lo abandonara, Ed se levantó y miró a través de la abertura para armas de fuego. Nadie. Luego entrecerró los ojos enfocando el suelo. Una sonrisa se dibujó en su cara ante lo que vio. – Jesse -llamó por su radio con entusiasmo. – Adelante. – Estoy en un refugio quizá a medio kilómetro al norte del río. Creo que el chico pasó la noche aquí. Hay algunos envases vacíos de comida y botellas de agua. Un rollo de cinta para cañería, también. ¿Y adivina qué? Veo un mapa. – ¿Un mapa? – Sí. Parece un mapa de la región. Podría mostrarnos dónde tiene a Mary Beth. ¿Tú qué opinas? Pero Ed Shaefffer nunca supo cuál fue la reacción de su colega frente a ese buen trabajo policial; los alaridos de la mujer llenaron el bosque y la radio de Jesse Corn quedó en silencio. Lydia Johansson trastabilló hacia atrás y volvió a gritar cuando el muchacho saltó de las altas hierbas y le asió por los brazos con dedos que la oprimían. – ¡Oh, Dios mío, no me hagas daño! -suplicó. – Cállate -murmuró el chico con rabia, mirando a su alrededor, con movimientos bruscos y malicia en sus ojos. Era alto y huesudo, como la mayoría de los chicos de dieciséis años de la Carolina rural, y muy fuerte. Su piel estaba roja e inflamada, al parecer por un choque contra una planta venenosa, y lucía un descuidado corte de pelo que parecía que se había hecho él mismo. – Sólo traje unas flores… ¡eso es todo! Yo no… – Shhh -murmuró. Pero sus largas y sucias uñas se hundieron dolorosamente en su piel y Lydia pegó otro grito. Con enojo apretó una mano sobre su boca. Ella sintió que se apretaba contra su cuerpo y olió su olor agrio y sucio. Torció la cabeza para liberarse. – ¡Me estás haciendo daño! -dijo con un quejido. – ¡Cállate de una vez! -Su voz sonaba irritada, como el crujido del hielo al partirse, y gotas de saliva manchaban su cara. La sacudió furiosamente como si fuera un perro desobediente. Uno de sus zapatos se salió en la lucha, pero él no prestó atención a la pérdida y apretó nuevamente su mano contra la boca de la chica hasta que ella dejó de moverse. De la cima de la colina Jesse Corn gritó: – ¿Lydia? ¿Dónde estás? – Shhh -le advirtió nuevamente el muchacho, con ojos bien abiertos y un destello de locura-. Grita y te haré mucho daño. ¿Lo comprendes? ¿Lo comprendes bien? -se llevó la mano al bolsillo y le mostró un cuchillo. Ella dijo que sí con la cabeza. Él la arrastró hacia el río. Oh, allí no. Por favor, no, pensó dirigiéndose a su ángel guardián. No dejes que me lleve allí. Al norte del Paquo… Lydia miró hacia atrás y vio a Jesse Corn parado al lado de la carretera, a una distancia de casi cien metros, haciendo sombra sobre sus ojos con una mano, oteando el panorama. – ¿Lydia? -llamó. El muchacho la empujó más rápido. – ¡Por Dios, ven! – ¡Eh! -gritó Jesse, viéndolos por fin. Comenzó a bajar la colina. Pero ya estaban a la orilla del río, donde el chico había escondido un pequeño esquife bajo algunas raíces y hierbas. Tiró a Lydia dentro del bote y se alejó de la orilla, remando fuerte hacia el lado más lejano del río. Encalló el bote y la sacó de un tirón. Luego la arrastró hacia los bosques. – ¿Adonde vamos? -susurró. – A ver a Mary Beth. Vas a estar con ella. – ¿Por qué? -murmuró Lydia, que ahora lloraba-. ¿Por qué yo? Pero él no dijo nada más, sólo hizo sonar sus uñas distraídamente y la arrastró tras de sí. – Ed -exclamó Jesse Corn con urgencia a través del transmisor-. Oh, es un lío. Tiene a Lydia. Lo perdí. – ¿Qué tiene a quién? -Jadeando por el esfuerzo, Ed Schaeffer se detuvo. Había comenzado a correr hacia el río cuando escuchó el grito. – Lydia Johansson. La tiene a ella también. – Mierda -murmuró el pesado policía, que maldecía con tanta frecuencia como sacaba el arma de la cartuchera-. ¿Por qué lo haría? – Está loco -dijo Jesse-. Esa es la razón. Está más allá del río y se dirige a donde estás. – Bien. -Ed pensó durante un momento-. Probablemente volverá aquí para sacar las cosas del refugio. Me esconderé dentro, lo agarraré cuando entre. ¿Tiene un arma? – No pude ver. Ed suspiró. – Bien, entonces…Ven aquí tan pronto como puedas. Llama a Jim también. – Ya lo hice. Ed soltó el rojo botón del transmisor y miró hacia el río por encima del matorral. No había señales del chico ni de su nueva víctima. Jadeando, corrió de vuelta al refugio y buscó la puerta. La abrió de una patada. La madera se deslizó hacia adentro con un quejido y Ed entró rápido, arrodillándose frente a la abertura. Estaba tan excitado y tenía tanto miedo, se concentraba tanto en lo que estaba a punto de hacer cuando el muchacho llegara, que al principio no prestó atención alguna a los dos o tres pequeños puntos negros y amarillos que zumbaban frente a su cara. O al cosquilleo que comenzó en su cuello y fue bajando por su columna. Pero luego el cosquilleo se convirtió en explosiones de terrible dolor en sus hombros, después a lo largo de sus brazos y bajo los mismos. – Oh, Dios -gritó, jadeando, saltando y mirando anonadado las docenas de avispas, de la especie amarilla, las más nocivas, que se agrupaban sobre su piel. Las apartó con un manotazo de pánico pero el gesto enfureció más a los insectos. Lo picaron en la muñeca, la palma, la punta de los dedos. Gritó. El dolor era el peor que había sentido, peor que cuando se rompió una pierna, peor que el día que había tomado la sartén de hierro sin saber que Jean había dejado el fuego encendido. Entonces el interior del refugio se volvió oscuro a medida que la nube de avispas salía del enorme avispero gris del rincón que había sido aplastado por la puerta cuando la abrió de una patada. Serían cientos los insectos que lo atacaban. Se introducían en su pelo, se asentaban sobre sus brazos, en sus orejas, se deslizaban por debajo de su camisa, dentro de sus pantalones, como si supieran que era inútil picar la tela y buscaran la piel. Corrió hacia la puerta, destrozando la camisa para sacársela y vio con horror masas de insectos dorados pegados a su vientre enorme y a su pecho. Renunció a tratar de quitárselos y se limitó a correr estúpidamente hacia el bosque. – ¡Jesse, Jesse, Jesse! -gritó pero se dio cuenta que su voz era un susurro; las picaduras del cuello le habían cerrado la garganta. ¡Corre! Se dijo. Corre hacia el río. Y lo hizo. Con una velocidad mayor a la que había corrido en su vida, rompiendo todo a través del bosque. Sus piernas se movían con furia. Anda… Sigue andando, se ordenó a sí mismo. No te detengas. Gana la carrera a estos pequeños bastardos. Piensa en tu mujer, piensa en los mellizos. Corre, corre, corre… Había menos avispas ahora a pesar de que todavía podía ver treinta o cuarenta manchitas negras que se aferraban a su piel, con sus obscenos traseros levantados para picarlo otra vez. Estaré en el río en tres minutos. Saltaré al agua. Se ahogarán. Yo estaré bien… ¡Corre! Escapa del dolor… el dolor… ¿Cómo algo tan pequeño puede causar tanto dolor? Oh, cómo duele… Corrió como un caballo de carreras, corrió como un gamo, moviéndose con velocidad por el matorral bajo del bosque que era apenas una niebla opaca en sus ojos llenos de lágrimas. Él… Pero espera, espera. ¿Qué estaba mal? Ed Schaeffer miró hacia abajo y se dio cuenta de que no corría en absoluto. Ni siquiera estaba en pie. Yacía sobre el suelo a diez metros del refugio y sus piernas no corrían sino que se movían espasmódicamente. Buscó el transmisor y a pesar de que su pulgar estaba hinchado al doble de su tamaño por el veneno logro apretar el botón transmisor. Pero entonces las convulsiones que comenzaron en sus piernas se extendieron a su torso y cuello y brazos, y dejó caer la radio. Por un momento escuchó la voz de Jesse Corn en el micrófono, y cuando ésta se detuvo, escuchó el zumbido rítmico de las avispas, que se convirtió en un minúsculo hilo de sonido y finalmente el silencio. |
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