"El detalle Tres novelas breves" - читать интересную книгу автора (Somoza José Carlos)

1 MUERTE DE JACINTO GUERNOD

Entre abril y junio de 1987 la peculiar investigación de dos asesinatos ocurridos en nuestro pueblo me mantuvo sumamente ocupado. La policía no practicó detenciones ni contaba, que yo sepa, con ningún sospechoso, así que tuve que encargarme personalmente del caso. Tras una ardua y esquinada (más tarde explicaré lo que entiendo por este término) labor detectivesca, mis naturales dotes, incrementadas por la experiencia, me llevaron primero a descubrir y después a capturar al escurridizo asesino y entregarlo sin demora a la justicia. He aquí la crónica, lo más completa posible, de los hechos tal como yo los recuerdo. Tenga en cuenta el indulgente lector que han transcurrido diez años, plazo que yo mismo me concedí para dar a la luz pública el caso, y que mi memoria, como mi perro, se resiente cada vez más del inexorable paso del tiempo y a veces no me es tan fiel como sería deseable.

Todo misterio requiere un comienzo, y el de éste, que no lo fue menos en ningún aspecto, tuvo lugar el día 8 de abril de 1987 a las 12.45 de la tarde, cuando murió Jacinto Guernod.

Repasando las notas que yo mismo tomé sobre la investigación, leo lo siguiente:


Martes, 8 de abril. Hoy ha muerto Jacinto Guernod, el dueño del taller de recambios Guernod situado a la salida del pueblo.

Investigar apellido. Qué apellido tan raro: Guernod.

Esta mañana, según testimonio familiar, se levantó mareado y no fue al trabajo. A las doce menos diez vomitó gruesas hilachas de sangre. A las doce y cuarto su panza se hallaba tensa como pellejo de tambor. A las doce y veinte, el doctor Torres, que había decidido en un primer momento su traslado a un hospital de la ciudad, cambió de opinión al comprobar la desesperada situación del enfermo.

A las doce y cincuenta, exactamente cinco minutos después de su muerte, supe que había sido asesinado.


Recuerdo bien ese día. Todos los días se parecen entre sí, como todos los hombres, salvo en un aspecto o dos, y yo recuerdo bien las diferencias de aquel día. Hubo nubes plomizas hacia el sur flotando sobre el mar y una brisa contradictoria que agitaba los faldones de mi chaqueta, o más bien la discusión entre dos brisas opuestas. Otra interesante coincidencia fue mi decisión de pasear en dirección al pueblo en vez de hacerlo hacia la carretera, el bosque o el cementerio, como en días previos. Escogí el lado izquierdo del arcén (previsora medida que siempre tomo) y caminé con toda la lentitud de mi bastón hacia las primeras casas, el sombrero bien encajado en la cabeza, el pañuelo perfecto albergando mi cuello, una camisa limpia y una cuerda nueva atando mis pantalones de pana. La flor en la solapa, por supuesto, completamente marchita.

Cuando pasaba frente al taller de Guernod me asedió el afeminado de Joaquín, el subalterno.

– Don Baltasar, buenos días.

– Buenos días, Joaquín.

– ¿Sabe que don Jacinto se está muriendo?

Por norma general, no suelo prestar mucha atención a los comentarios que me dedica la gente cuando voy por la calle, mucho menos a los de individuos como Joaquín el del taller: es imposible escuchar con respeto a un ser humano voluminoso, redondo y sucio como los neumáticos que siempre lleva bajo el brazo, con la voz estropeada de una vieja y la sonrisa torpe y constante, hecha para enfadar. Pero en aquella ocasión tuve a bien detenerme y observarle, tras ajustarme con un rapidísimo gesto el clavel de la solapa.

– ¿Don Jacinto? -inquirí.

– Que sí, que sí. Se ha puesto malísimo esta misma mañana. Todo el mundo se ha ido a su casa.

Yo derrochaba mi mirada sin pestañear en sus ojos bizcos triplicados por las gafas: suelo observar atentamente a mi interlocutor cuando me cuenta algo que considero de interés. Ensuciaba él mientras tanto un trapo menos negro que sus manos, y todo el mofletudo rostro le brillaba de betún.

– En fin, será lo que Dios quiera -añadió sin pizca de pena; su voz de alcahueta me ponía nervioso.

– Sí, será lo que Dios quiera -dije y seguí mi camino, al tiempo que oteaba el cielo.

Tengo escrito en mis notas sobre el caso:


Dos vueltas espirales y una negra oquedad central, como un moño de bailaora (?) o el humo fosilizado de un incendio del paleolítico (??): ésa es la forma que adoptaron las nubes esta mañana.

Investigar por qué. Descubrir relaciones.


Casi siempre continúo pendiente abajo por la calle Principal hasta las casas azules de la playa, doy la vuelta y regreso por el mismo camino o me detengo a tomar un poleo en el bar de la Trocha, pero aquel día decidí de buenas a primeras torcer por la primera esquina a la izquierda, la de los ultramarinos Pereda, y seguir por Barracón hasta las proximidades de la casa de Guernod. No me había mentido el mariposón de Joaquín: el portal de los Guernod se hallaba concurrido. Distinguí, de un primer vistazo, a Jorge Blázquez, vecino y amigo de Jacinto, al farmacéutico Juan Hernández, a Remigio el del puesto de chucherías y a la señora Aurora, muy bella siempre. Me conmovió observar también a la señorita Bernabé, asomada a la puerta del otro lado de la calle (vive enfrente), su bondadoso rostro expresando genuina preocupación. Iba y venía del portal de Guernod como un correveidile el astuto de Alberto Gracián, suplente irregular de Marta la ATS. Gracián murió por causas naturales (linfoma) hace ahora dos meses, y eso es lo único que me impide ofenderle como se merece en esta crónica: baste decir de tan sapiente enfermero que gracias a su influencia a punto estuvo el doctor Torres de promover mi ingreso vitalicio en un hospital. Las notas que tomé sobre el caso, sin embargo, quedan exentas de la obligación de respetarle, ya que fueron escritas mucho antes de que falleciera. Cito textualmente:


La culebra de pantano, la víbora de cara enrojecida de Alberto Gracián, se enroscaba entre los presentes.

– En cinco minutos tengo el coche listo y puedo llevar a Jacinto al hospital, Juan -le decía a Hernández en ese momento, no se cansaba de decirlo-. En cinco minutos puedo llevarle al hospital, que lo sepa el doctor Torres…

Se me ocurre al respecto esta estrofa:


Los Judas siempre están dispuestos a dar besos.

¿Será por eso que sus labios son tan gruesos?


Los labios de Gracián lo son, sin duda.


No añadiré nada más, por respeto a su memoria.

En un santiamén me deslicé entre el público que abarrotaba el portal y entré en el vestíbulo. Juan Hernández, el farmacéutico, se interesó por mí:

– Don Baltasar, no se quede en la entrada por si hay que sacar rápido a Jacinto…

– Pobre hombre, pero qué daño puede hacer -me defendió la señora Aurora, también a mi espalda-. Déjelo.

– No es que haga daño -replicó el farmacopola-, es que si se queda en la entrada y hay que sacar a Jacinto a toda leche, ya me dirá lo que puede pasar…

La conversación no me interesaba y penetré en la casa. Caminé por un oscuro corredor y percibí llantos y luz al final, a la derecha. «Primera pesquisa: suelo sucio y telarañas en las esquinas», anoté en mi cuaderno esa noche. Recordaba perfectamente aquel detalle.

En la habitación en la que entré -un dormitorio- había otras personas que al principio se disgustaron con mi presencia, pero un salto del moribundo les distrajo la atención y dejaron de preocuparse por mí. El doctor Roberto Torres se hallaba de pie en mangas de camisa, próximo al vientre de Jacinto; sostenía una bacinilla donde espumaba un caldo sanguinolento que contemplaba con suma concentración. «Zapatero a tus zapatos -pensé-, o cada cual a lo suyo.» Junto a él, una sombra arrugada y gemebunda palpaba meticulosamente las cuentas de un rosario diminuto: la madre de Guernod, la conocía bien. Remedios, su esposa, era aquí el correveidile e iba y venía de la habitación con diversos objetos, un vaso de agua, una cuchara, un pañuelo. Me pareció que se había tomado la agonía de su marido como una faena doméstica, algo así como poner la mesa para varios invitados. Había también dos pequeñas criaturas en un rincón, repletas de ojos y curiosidad, cuya única función, según deduje, consistía en generar alguna clase de controversia para aliviar el malestar de todos:

– ¡Llévense a estos niños de aquí, por Dios! -decía uno.

– Eso lo tienen que decidir los padres -replicaba otro.

– Son los sobrinos de Jacinto -intervenía un tercero en voz baja.

– ¿Y qué? ¿Es que tienen que estar aquí por fuerza?

– No queremos irnos -sentenciaba la niña, la más pequeña, una encantadora criatura de rizos morenos.

– A quien habría que llevarse -interrumpió el doctor Torres de repente con su impecable pronunciación castellano-manchega y su terso tono de voz- es a este hombre, y al hospital, pero…

No terminó la frase y nadie le ayudó a terminarla. Imponía un gran respeto ese «pero». Hasta la vieja detuvo las jaculatorias un instante. El vacío tras ese «pero» era el absurdo.

Dejé de prestarles atención, me quité el sombrero respetuosamente y me acerqué a Guernod, dedicándome a contemplar sus esfuerzos por convertirse en cadáver.

Sabido es lo difícil que resulta morir en la cama: se calienta la piel, se sufren espasmos cólicos, se suda, se pierde y recobra la conciencia, se delira, se cometen mil obscenidades, se soporta la compasión como un mal veneno. Había que reconocer que, para la vida tan superficial que había llevado, Jacinto Guernod no estaba componiendo una muerte demasiado mediocre: boqueaba como un pez fuera del agua y contemplaba el techo con ojos admirados, como si las grietas de cal formaran un hermoso fresco renacentista. Parecía afligido por una lucha en la que alguien muy querido por él -pero no él- iba perdiendo. «Segunda pesquisa -anoté más tarde-, imperceptible balanceo de la cabeza sobre la almohada que se correspondía con giros simétricos de los globos oculares. Una barca a la deriva. Y su mujer, Remedios, arqueaba las cejas continuamente. No es éste un detalle importante, sin embargo: lleva así las cejas desde que la conozco. Lo que me sorprende es que no haya sido capaz de modificar su expresión de costumbre ni siquiera frente a su agonizante marido… ¡Ah, los detalles!»

Conocía bastante bien a los Guernod. En Roquedal llamaba la atención su apellido, luego supe que el padre de Jacinto era francés. Se habían establecido en el pueblo a principios de los años sesenta: Jacinto, su mujer, su madre y su hermano más joven con su propia familia. Jacinto no había tenido hijos. Compraron un viejo almacén a la entrada del pueblo y lo transformaron en el primer gran taller de reparación de automóviles de Roquedal. Más tarde, el taller se prolongó con una pequeña tienda adyacente de venta de recambios para el motor. Jacinto trabajó duro y bien al principio, tuvo un operario, dos, después cuatro, y dejó de trabajar duro y bien. La riqueza y el ocio le acercaron a la bebida: bebió tanto o más que todo lo que había sudado en la vida. Era sabido que Remedios, a la que apodaban «la china» no solo por sus cejas arqueadas sino también por sus pequeños y lineales ojos, soportaba mal sus tremendas borracheras, en las que terminaba insultándola, incluso amenazándola, porque pensaba que se la pegaba con otros. Jacinto ya había tenido un patatús previo a causa del alcohol, y había sido ingresado en un hospital de la ciudad, pero a pesar de que el doctor Torres se cansó de prohibírselo, en su casa nunca faltaron las cervezas. Cuando el vino empezó a envasarse en cajas de cartón -¡triste ejemplo de este siglo de atrocidades estéticas!-, se cuenta que Guernod compró una docena a Pereda, el de los ultramarinos, diciéndole, por broma: «El doctor Torres me hizo jurar que en casa no entraría ni una sola botella, ni siquiera de gaseosa». Eso era parte de lo que todos sabíamos sobre Jacinto.

Dejé de contemplar el combate de Guernod contra su propio dolor para revisar atentamente la habitación. Un par de detalles previos -las nubes tórpidas sobre el mar, el polvo acumulado en las esquinas- me tenían inquieto. Decidí investigar esquinado.

Es hora de explicar lo que entiendo por dicha expresión. En un cuaderno muy anterior a estos sucesos escribí:


Investigar esquinado. Captura de los detalles con el reojo. Lazo visual para apresar pájaros imposibles que se posan un tiempo indeterminado en el alféizar de la atención. [Tachar lo previo. Muy cursi.] Observación paciente de aquello que nunca sucede o nunca termina de suceder. Espionaje de la vida.

Si uno se lo propone, puede ver crecer las hojas de un árbol.

Mi afán de cultura me lleva a rastrear la bibliografía: los hindúes dicen que la naranja está ya en la hierba o se halla a punto de caer de la rama, pero que nunca la vemos caer.

Sin embargo, investigar esquinado es ver caer la naranja.


Pasé por alto los detalles preliminares: espacio no demasiado reducido para un dormitorio, ventana con postigos y visillos, lámparas en el techo y en la mesilla de noche, dibujo a tinta de la Virgen del Gato de Roquedal en la cabecera, bajo un crucifijo grande, diez personas en la habitación -el moribundo no cuenta-, dos de ellas niños, otras dos ancianos, el resto edad intermedia, la mitad llorando, los demás no. Los que no lloraban: el doctor Torres, Remedios «la china», esposa de Guernod, los dos niños y yo -el moribundo no cuenta-. Eso era el anecdotario de costumbre, el racimo de eventos innecesarios.

Ahora bien, sobre la mesilla de noche se alineaba un pequeño escuadrón de fotos antiguas de diversos tamaños, enmarcadas y orladas por el vaho de los viejos clichés. Todas mostraban al mismo niño: el niño con sus padres, el niño con sus abuelos, el niño de primera comunión, el niño en solitario. Guernod, sin hijos, se había refugiado en la contemplación de su propia infancia. junto a los retratos había dos rosas: una se ocultaba entre los marcos, la otra mostraba el laberinto de los pétalos.

Me estremecí. Era difícil no darse cuenta, incluso sin la investigación esquinada. «Un manojo de retratos del niño Guernod y dos rosas. En la rosa de la derecha advierto las mismas anfractuosidades que tenían las nubes esta mañana -escribí después-. En cuanto a los retratos…»

Consulté la hora en mi antiguo reloj de cadenilla: las 12.25. El hermano de Guernod, que acababa de llegar, explicaba a los presentes las distintas aventuras del moribundo:

– A las doce o un poco menos le dieron unas arcadas y echó sangre. Ya esta mañana se había levantado mareado y no fue al trabajo, pero cuando le vimos vomitar sangre avisé al doctor. A las doce y diez le repitieron las arcadas, pero esa vez secas. Desde entonces no ha vuelto a hablar, el pobrecito. Cuando parece que va a hablar le da otra arcada.

– Pues que no hable más, pobre hombre -dictaminó un compasivo vecino.

«Los retratos me traen a la memoria mis propios recuerdos infantiles», anoté esa noche. Uno en particular me parecía muy relacionado con todo lo que estaba sucediendo.

Yo tenía cinco años, puede que seis. Me dolía espantosamente el oído izquierdo, y mi madre decidió que era a causa de una bola de cera, por lo que un día preparó una escudilla y una pera de goma y me soltó un chorro a presión de agua tibia dentro de la oreja. A la escudilla cayó, en efecto, un trozo de cerilla retorcida, del color del hierro oxidado, pero no solo eso. También había un pequeño insecto de larguísimas patas. Como fui el primero en verlo, mi madre no pudo ocultar la escudilla a tiempo. En realidad, se trataba de una araña muerta, de esas que trajinan entre el polvo, inofensiva pero repugnante. Era de suponer que se había introducido semanas atrás en mi oído izquierdo y había muerto lentamente de inanición al ser incapaz de encontrar la salida. Su espantosa agonía, sin duda alguna, había sido la causa de mi dolor.

Esta anécdota, en apariencia banal, me enseñó la primera lección profunda sobre la vida: existen pequeñas sutilezas que actúan invisibles a nuestro alrededor, y son, sin embargo, trascendentales; amenazas ocultas que hilan fino en nuestro interior; procesos subterráneos, detalles horrendos enterrados como filones protervos bajo nuestros pies, inaccesibles a la percepción normal, que deciden como las parcas los destinos cotidianos. Estos detalles, como ya he dicho, pueden extraerse con la investigación esquinada.

En aquel instante, recordando mi experiencia infantil, pensé: «¿A qué se parecen los recovecos de una oreja? ¡A las espirales de las nubes y a los pétalos de una rosa!».

Quizá habría llegado a sorprendentes conclusiones de no haber sido interrumpido bruscamente por unos gritos y la voz imperiosa del doctor Torres:

– ¡Bueno, salgan de la habitación! ¡Todo el mundo fuera! ¡Ya está bien, hombre, ya está bien…!

Los gritos de los presentes se habían debido a un nuevo terremoto del agonizante Guernod, acompañado de un jadeo lobuno, y el buen juicio de don Roberto decidió que ya habíamos tenido suficiente espectáculo.

Los niños (siempre remisos cuando se trata de perderse una escena morbosa) fueron arrastrados fuera por su padre, el joven hermano de Jacinto; Remedios «la china» y la vieja (aferrada al rosario) salieron acompañadas por otros vecinos a más velocidad de la aconsejable para sus respectivos papeles; el público inició un lento éxodo y se congregó en la puerta, como a la salida de los cines. Yo quise demorarme:

– Doctor Torres… -rogué, volviéndome hacia don Roberto.

– Venga, venga, don Baltasar -me palmeó la espalda sin demasiada paciencia-, no moleste usted ahora, que no es de la familia, hombre. ¿Siempre tiene que estar presente en todas las tragedias?

– ¿De qué se está muriendo? -inquirí, decidiendo ignorar sus críticas.

– Del hígado. Venga, vamos. ¡Salga fuera, hombre!

Iba yo a contarle mis terribles sospechas cuando Remedios «la china» volvió a entrar, arrebujada en su rebeca gris, con los guiones de los ojos diluvianos.

– ¿Y si le lleváramos al hospital, doctor? ¿No se podría? ¡Mire que don Alberto dice que en cinco minutos…!

– Mujer, Jacinto está agonizando. ¿Dónde prefiere usted que ocurra lo que tiene que ocurrir?

Les dejé solos. El pasillo se hallaba tapizado de personas que se dirigían a la calle o esperaban, apostadas, algún acontecimiento, y aunque varias me miraron con curiosidad no era yo el centro de atención en aquel momento, así que me di el lujo de hablar en voz alta, como hago en la soledad de casa:

– ¿Del hígado?… ¡Es un asesinato, hombre! ¡Y nadie se da cuenta…! ¡Es un asesinato!

Decidí esperar fuera, en la acera. El tiempo se arrastró con la terrible pereza que suele manifestar cuando deseamos fervientemente que transcurra. A las 12.45, por fin, estallaron dos gritos gemelos. Así lo tengo descrito:


12.45. Aullidos tan salvajes que al pronto no lo parecen. Sin embargo, todos estábamos esperándolos.

Salió del portal Remedios «la china» presa de un ataque de nervios y gimió palabras incomprensibles. Detrás escapó la vieja (aferrada al rosario) como un alma en pena, y fue toreada por los vecinos hasta recaer en su otro hijo, el único que le quedaba ya. La contuvieron varios voluntarios. Entonces apareció por el portal Jacinto Guernod.

Venía dando tumbos, como corresponde a los muertos, y más pálido que el papel en el que escribo, más, aún más que las lápidas anónimas de la guerra civil que conviven juntas en el cementerio, más que todas las paredes blancas de las casas cuando destella el verano. Su palidez sonaba a grito y tenía la forma y el aspecto de un vendaje sobre una herida putrefacta o un gusano cebado de cadáveres. Me miró fijamente con ojos que ya no veían y dijo:

– Don Baltasar, hombre, me han asesinado. Pero solo soy el primero. Después vendrán otros…


Claro está que en realidad no vi a Jacinto Guernod ni escuché aquellas palabras, pero bien hubiera podido ocurrir así, y si así hubiera sido, ningún listo habría sido capaz de discutirlo: los hechos son imposibles justo hasta que suceden, de igual forma que los niños son niños hasta que llegan a la pubertad, y no hay más que hablar. Pero, para qué mentir, no vi a Guernod. Al menos, no en aquel momento. Después, por la noche, me entraron ganas de haber tenido alguna clase de visión, y escribí eso.

Lo que sí hice en cuanto la mujer y la vieja salieron gritando fue aprovechar la confusión para colarme otra vez en la casa y dirigirme al dormitorio. Como ya tenía el sombrero en la mano, no tuve que quitármelo de nuevo. Junto a la puerta del dormitorio vi al doctor Torres y al hermano de Guernod, que había entrado antes que yo, y ahora lloraba a moco tendido.

He observado que, siempre que llora un hombre, al menos aquí en Roquedal, hay silencio. El llanto de una mujer desata palabras de consuelo, razonamientos o meras exclamaciones, pero el llanto de un hombre se escucha con más fervor que una saeta. Así que el hermano de Guernod lloraba y el doctor Torres no le decía nada.

Me acerqué al muerto Guernod y, de repente, me sentí, como él, invisible. A salvo del interés de los demás.

Existe un momento de neblina en el que pasamos completamente desapercibidos aun para nuestros seres queridos: ocurre un poco después de morirnos pero un poco antes de que hayamos muerto. Y quien sospeche contradicción, que advierta que no es lo mismo morir que ser cadáver, de igual forma que no lo es nacer que ser hijo de alguien: hay un ser que nace y que después es hijo y un ser que muere y que después es un muerto. Pero durante esta última transformación transcurre un lapso de tiempo en el que, invariablemente, caemos en el punto ciego de los demás y nadie nos percibe. Los demás lloran por aquello que ya se ha marchado, pero aún son incapaces de contemplar lo que queda. En ese limbo se hallaba Guernod: aunque ya había muerto, todavía no era cadáver, y por lo tanto nadie lo miraba. Su invisible presencia envolvió la mía y pude contemplarle a gusto sin ser incordiado.

Desde luego, Jacinto no estaba en su mejor momento. Un ojo lo tenía abierto y el otro casi cerrado, pero el aspecto del primero hacía preferir, con mucho, la estética del segundo. La boca, por espantosa simetría, se abría bajo el ojo abierto y se cerraba con el otro. Por entre los labios separados le corría en hilillo uno de esos productos orgánicos que solo aparecen cuando reventamos. Su piel poseía el tono tostado del estiércol de vaca, color que se reforzaba en la esclerótica del ojo abierto con una insidiosa variación como de limones triturados. Se agarraba a la cama con ambas manos, como si se hallara colgado del techo bocabajo y dependiera de ellas para no caerse. Todo lo que no era cabeza o brazos era barriga; es verdad que siempre la había tenido, pero ahora resultaba notoria, obscena, gestante; daba la impresión de que podía estallar si se la pinchaba: quizá fuera una impresión correcta. La camisa, cuyos botones se hallaban tensos en la cúspide del vientre, estaba estampada en sangre y bilis, pero a mí me dieron más pena unas antiguas manchas de café que advertí en su manga izquierda. El resto del cuerpo, innecesario, estaba cubierto por las sábanas.

Observé de nuevo la pléyade de retratos de cuando era niño en la mesilla de noche y el repujado íntimo, vulvar, de la rosa semimarchita.

Ya no albergaba ninguna duda.

Iba a salir de la habitación cuando, de improviso, el último acontecimiento se desarrolló ante mis ojos. No hubiera sido estrictamente necesario que sucediese, pero reforzó de manera notable mis sospechas. Cuando finalizó -fue rápido y espeluznante-, me calé el sombrero, empuñé el bastón y salí de la casa silbando una vieja cancioncita de guerra que mi abuelo me había enseñado de niño, haciéndomela repetir hasta la saciedad. Esa noche concluí las notas de mi cuaderno con estas frases:


Así que, por fin, nos hemos visto las caras tú y yo. ¿Qué víctima escogerás ahora? ¡Ah, pero yo, que te conozco, lograré atraparte antes de que causes una nueva desgracia! La suerte está echada: ¡Dios decidirá quién de los dos debe ganar!


Cuando me alejaba de la casa pensé que tendría que haberme fijado con más detenimiento hacia dónde se dirigía la espantosa araña que había visto escapar de la oreja izquierda de Jacinto Guernod hacía tan solo unos instantes.

Pero ya habría tiempo para eso.