"Morir por morir" - читать интересную книгу автора (Marínina Alexandra)

5

Al acercarse al edificio de la DGI, Dirección General del Interior, de Moscú situada en la calle Petrovka, Anastasia Kaménskaya pensó con angustia que, seguramente, no iba a eludir el resfriado. El primer charco en que, con su maña peculiar, metió el pie hasta el tobillo, se lo había encontrado nada más salir de casa. Sus botas se llenaron de agua por segunda vez cuando se acercaba a la entrada del metro. Las botas eran nuevas pero, a pesar de esto, dejaban pasar el agua. Al parecer, a los fabricantes ni se les ocurría suponer que alguien fuera a ponerse sus botas de piel con forro de invierno para caminar en medio del agua y el barro que llegaban hasta la rodilla. Evidentemente, la tecnología del calzado había perdido su carrera de competición con el efecto invernadero.

Durante todo el viaje en metro, Nastia no dejaba de notar el asqueroso chapoteo en el interior de las botas, pero una vez en la calle pensó que el mal ya estaba hecho; puesto que ya tenía los pies completamente empapados, dejó de mirar a la acera y se entregó a otras reflexiones. Semejante ligereza condujo a que, en los pocos minutos que necesitaba para llegar desde la estación de metro Chéjov hasta Petrovka, se las arreglase para meterse en cuatro charcos como mínimo. Ahora, además de la humedad el frío también le torturaba los pies.

Al entrar en el despacho, se quitó las botas y se miró los pies con perplejidad. Las medias estaban empapadas. Gotas de agua se deslizaban despacio por ellas para caer con tristeza al suelo. Echó la llave, se quitó los téjanos, luego, las medias y se quedó pensativa, tratando de decidir qué era lo que tenía que hacer.

Alguien movió el pomo de la puerta, después llamó.

– Abre, Aska, te he visto llegar. Vamos, abre, tengo que decirte algo.

Era la voz de Yura Korotkov, amigo y colega de Nastia, que la había escogido de confidente y siempre compartía con ella sus problemas sentimentales, que en su vida nunca escaseaban.

– No puedo -le contestó sin abrir la puerta-. Me estoy cambiando.

– Tonterías, abre, no voy a mirar -insistió Korotkov.

– ¡Y dale! -replicó Nastia flemáticamente mientras extraía del armario el uniforme: la falda, la camisa y la guerrera con charreteras de comandante.

Lo malo era que tenía que ponerse los zapatos sin medias ni calcetines, pero no le quedaba otro remedio, sus intentos de acostumbrarse a llevar en el bolso unas medias de repuesto no habían servido de nada.

– Venga ya, Aska -rezongaba con voz quejumbrosa Korotkov al otro lado de la puerta, tirando del pomo con desesperación-. Tengo que contarte una cosa, si no, reviento.

– Oye, un poco de paciencia -respondió Nastia enfadada-. Si has aguantado toda la noche, no te pasará nada por esperar un poquitín más.

– Toda la noche, no, nada de eso -volvió a protestar Yura-. Acabo de enterarme, y he venido corriendo para contártelo. Se trata de Galaktiónov. ¿Qué, me abres o no?

La puerta se entornó lentamente. Cuando se trataba de asuntos de trabajo, Anastasia Kaménskaya se olvidaba del decoro, de modo que apareció delante de Korotkov ataviada con la falda gris de uniforme y una camiseta blanca nada seria. Iba descalza y en las manos sostenía la guerrera azul.

– Entra, deprisa -le susurró, y volvió a cerrar la puerta con llave-. Vamos, desembucha, cuéntame qué ha pasado.

– Kostia Olshanski acaba de llamar al Buñuelo para hablarle de Galaktiónov. Yo estaba en su despacho, lo he oído todo.

– ¿Olshanski? -dijo Nastia con extrañeza-. ¿Qué tiene que ver Olshanski con esto? El caso de Galaktiónov lo lleva Igor Lepioskin. ¿Es que se lo han quitado?

– Ahí está. Hasta donde he podido entender, de las respuestas del Buñuelo se desprende que Kostia ha encontrado una relación entre un caso completamente distinto y el de Galaktiónov. Dentro de media hora tenemos la reunión operativa, el Buñuelo volverá a exigirnos cuentas sobre su asesinato, y tú tienes cero conclusiones, tú misma me lo dijiste ayer. Date prisa y llama a Kostia, tal vez en esa media hora se te ocurre algo.

– Yura, eres un verdadero amigo. Lo único que me temo es que Kostia me recomiende visitar cierto lugar muy, pero que muy alejado. Ya sabes lo que suele echar por su boca. Hazme el favor, abróchame la corbata.

– Oye, acabo de darme cuenta, ¿a qué viene ese uniforme?

– A que tengo las botas llenas de agua y los téjanos mojados casi hasta la rodilla. Los he puesto a secar -explicó Nastia intentando encajar los pies en los zapatos estrechos e incómodos.

– ¿Te llevas mal con Kostia? -preguntó Korotkov, abriendo el ventanillo y sacando un paquete de tabaco-. ¿Cómo es que te da miedo llamarle?

– Nos llevamos regular. Simplemente no me gusta la gente mal educada.

– Ay, amiga, eres demasiado sensible, trabajando en lo que trabajamos hay que ser más sencillos.

– No acaba de perdonarme lo de Lártsev. Por lo demás, yo tampoco acabo de perdonármelo a mí misma.

– Déjate ya de tonterías, Aska, nadie tuvo la culpa de lo que ocurrió. Kostia lo entiende perfectamente. No le des más vueltas. Vamos, anda, llámale. A lo mejor, si aunamos los esfuerzos, conseguiremos apañar algo para dejar al Buñuelo contento.

Pero sus esperanzas se frustraron, o casi. Olshanski se mostró altivo y correcto, prescindió de las habituales pullas, pero lo que se dignó comunicarles no era en absoluto suficiente para preparar un informe que a su jefe le pareciera mínimamente aceptable.

Con las mejores intenciones, los subordinados habían distinguido al coronel Víctor Alexéyevich Gordéyev con el apodo de Buñuelo. Hacía unos treinta años que nadie se permitía tomarle a broma, y el apodo -que se le había adherido en sus años mozos y se mantenía pasando de generación en generación, pues los jubilados lo transmitían a los recién llegados- poseía en la actualidad unas connotaciones poco menos que amenazadoras. «No hagáis caso de mi figura oronda ni de mi cabeza calva, lo que soy en realidad es una bola de plomo.»

Abrió la reunión operativa, como de costumbre, en tono calmoso y amable. Pero todos sus subordinados sabían que, aunque a uno de ellos le esperase una amonestación seria, el Buñuelo nunca lo dejaría traslucir de antemano. Les tenía cariño a sus chicos, los trataba con respeto, convencido como estaba de que los tirones de orejas innecesarios y, sobre todo, prematuros no facilitaban en absoluto la investigación de crímenes violentos graves.

– ¿Cómo es que llevo tanto tiempo sin tener noticias del caso del parque Bítsev? -preguntó Gordéyev-. Lesnikov, le escucho.

Igor Lesnikov, el detective más atractivo y, al mismo tiempo, uno de los funcionarios más meticulosos, serios y eficientes de Petrovka, procedió a informar con profusos detalles sobre el trabajo efectuado con el fin de resolver una serie de violaciones ocurridas en un solo mes en el parque Bítsev. Llevaban ya cuatro meses investigando el caso y el fervor inicial había decaído; cuando eso ocurría, el Buñuelo les pedía informes aproximadamente una vez a la semana. Nastia escuchaba con atención a Igor, luchando por no pensar en el asesinato de Galaktiónov, pues había hecho una considerable aportación en la labor de la investigación de las violaciones de Bítsev, había trabajado larga y minuciosamente creando un esquema que le permitiese establecer los factores comunes a todos los crímenes. Partiendo de esos factores comunes, Nastia e Igor trazaron un perfil psicológico del criminal, definieron las características de su comportamiento y ahora, con paciencia y perseverancia, estaban investigando a todos los sospechosos posibles. Mejor dicho, era el propio Igor quien los investigaba y cada tarde le presentaba los resultados de sus desvelos a Nastia, que se encargaba de analizar la información recibida.

– Vais despacio, muy despacio -gruñó Gordéyev-. Pero, visto todo en su conjunto, creo que estáis avanzando en buena dirección. Bueno, ahora, el asesinato de Galaktiónov. ¿Quién puede informarme? ¿Kaménskaya?

– Con su permiso, Víctor Alexéyevich, le voy a informar yo -incidió Korotkov-. Se han planteado nuevas circunstancias. El círculo de amistades de Galaktiónov es extraordinariamente amplio, como por lo demás ya sabe. Durante tres semanas hemos interrogado a más de setenta personas susceptibles de proporcionarnos información tanto sobre el propio Galaktiónov como sobre los posibles motivos de su asesinato. Sólo hace tres días creíamos…

– ¿Creíamos? ¿Quiénes? -le interrumpió el Buñuelo con sorna-. ¿Yo? ¿Anastasia? ¿El zar Nicolás Segundo?

Yura respiró hondo y, tras una breve pausa, explicó:

– En primer lugar, así lo creyó el juez instructor Lepioskin, y yo compartí plenamente su opinión. Por ese motivo también convencí a Kaménskaya…

– ¿Qué pasa? ¿Acaso Kaménskaya no es capaz de pensar por cuenta propia? Vale, continúa.

– Creíamos haber identificado a todos los que tenían algo que contar sobre Galaktiónov. Las informaciones que nos han proporcionado se repiten constantemente, hay coincidencias en las declaraciones, se citan siempre los mismos hechos, nombres, apellidos, direcciones. Todas las hipótesis formuladas a partir de los datos recabados están siendo verificadas al tiempo que se están proponiendo otras nuevas. Pero ayer recibimos una nueva información que nos hace pensar que no todos los conocidos de Galaktiónov están incluidos en nuestra lista, y que el interfecto desarrollaba ciertas actividades de las que ninguno de los interrogados tiene la más remota idea. ¿Por qué no nos enteramos antes? No tengo respuesta a esta pregunta, Víctor Alexéyevich. Lo único que tengo son conjeturas que de momento preferiría no mencionar para no molestar a nadie con reproches que aún carecen de fundamento.

Gordéyev levantó la vista de la hoja de papel, sobre la que había estado dibujando algo pensativo, mientras escuchaba a los agentes operativos, y miró a Nastia con aire interrogativo. «¿Estás al corriente? ¿De qué me habla?», le preguntó con la mirada. Nastia inclinó la cabeza de forma apenas perceptible: «Todo es correcto, si quiere más detalles, luego se los daré».

– Me parece bien que no quieras molestar a nadie, en eso tienes razón -sentenció Víctor Alexéyevich asintiendo con la redonda y calva cabeza-. Pero, por otro lado, me parecería mucho mejor que fueras al grano. ¿Cómo piensas actuar a partir de ahora? ¿Cómo te propones averiguar cuáles son esas misteriosas actividades de Galaktiónov?

– En primer lugar, quiero volver a analizar escrupulosamente todas las declaraciones que hemos recogido, con el fin de tratar de encontrar defectos en el modo de conducir los interrogatorios.

– Dicho de otra forma, quieres comprobar si la gente que ya os ha llamado la atención puede contaros algo más. Quieres cerciorarte de que entre esa gente hay alguien que se está callando algo a propósito. ¿He traducido correctamente tu discurso al lenguaje de los humanos?

– Así es, camarada coronel. No tenemos posibilidad de seguir ampliando el número de interrogados hasta el infinito para buscar a alguien dispuesto a contarnos lo que nos interesa a la primera. Considero que debemos seguir el procedimiento de intensificación y procurar aprovechar al máximo a los testigos que ya hemos identificado.

– Ya.

Los ojos del Buñuelo recorrieron, fríos y sin parpadear, uno a uno, los rostros de todos los presentes.

– Nuestro estimado colega, Korotkov, ha decidido brindarnos un curso intensivo de alfabetización, con tal de camuflar sus fracasos bajo las brumas verbales. Pero mucho más triste me parece el hecho de que en todos esos años trabajando en el departamento todavía no haya llegado a asimilar la idea de que nadie debe avergonzarse de reconocer sus fracasos. Como tampoco debe avergonzarse de sus errores. Puede resultar desagradable pero de ninguna de las maneras, vergonzoso. Es más, reconocer un error o fracaso a tiempo permite rectificar y salvar la situación, mientras que, cuanto más largo sea el retraso, menos posibilidades hay de salvar nada. Os lo he dicho millones de veces. ¿O no?

Su mirada volvió a posarse en cada uno de los presentes.

– Sigamos trabajando -dijo el Buñuelo en tono inesperadamente reconciliador-. Todos los que se ocupan del caso de Galaktiónov se quedarán aquí después de la reunión.

Nastia dejó escapar un suspiro de alivio. Le daba muchísima pena Yura Korotkov, que voluntariamente había asumido el papel de cabeza de turco, pero sus cálculos habían demostrado ser correctos. El Buñuelo se había visto obligado a calentarles las orejas, cosa que era justa en todos los sentidos, aunque, por supuesto, cómo iban a saber que a Lepioskin no se le podía dejar a solas con los testigos del sexo femenino. Y, por si fuera poco, tampoco podían fiarse de lo que estaba escrito en los protocolos de los interrogatorios de esas testigos. Ya a finales de la primera semana de trabajo conjunto Nastia notó que había algo raro en Igor Lepioskin, pero se calló pensando que alguien que llevaba casi veinte años dedicándose a la instrucción debía tener suficiente oficio para no contaminar de valoraciones y emociones subjetivas los hechos y las pruebas de las causas penales. Además, el propio Gordéyev solía mostrarse muy molesto cuando sus detectives se quejaban de los jueces de instrucción. «Si no conseguís entenderos con un juez instructor, como agentes operativos no valéis nada», no se cansaba de repetirles. Además de Nastia y Korotkov, también Misha Dotsenko trabajaba en el asesinato de Galaktiónov. Entre los tres interrogaron a todos los testigos que pudieron, simultaneando mal que bien esta investigación con una decena larga de otros casos. Los otros testigos fueron interrogados por Lepioskin. Y aquí estaban los resultados… En una palabra, se amilanaron, no se atrevieron a hacerse valer, y al final Gordéyev les echó el rapapolvo merecidamente. Pero lo más importante era que en media hora habían conseguido inventarse un guión que, una vez interpretado en la reunión operativa, hizo que el jefe, de repente, viese la luz. No fue una casualidad que al principio les pusiese tibios, les leyese la cartilla y luego, de sopetón, sin previo aviso, cambiase de actitud y abordase otro asunto del orden del día, como si nunca hubiera dicho una palabra sobre Korotkov y sus fracasos. No fue una casualidad que ordenase a Nastia, Korotkov y Dotsenko quedarse después de la reunión. Esto significaba que también él se había acordado de Lepioskin y había comprendido que sus chicos no tenían la culpa de nada. Sus chicos no entraban ni salían en la asignación de los jueces de instrucción. En cambio, él, como jefe, sí había patinado. Debió haberse acordado a tiempo de cómo era Igor Yevguényevich Lepioskin, y dar a sus subordinados instrucciones oportunas, sin esperar a que se hicieran pupa, acumulando sus propias y penosas experiencias.

Cuando la puerta se cerró detrás del último de los agentes operativos que salían del despacho de Gordéyev, éste levantó bruscamente la cabeza y clavó la mirada en Korotkov.

– ¿Qué clase de parvulario me habéis organizado aquí? ¿Por qué no habéis venido a verme enseguida? ¿Por qué no me habéis dicho que Lepioskin os está aguando la fiesta?

– Víctor Alexéyevich, pero si a usted no le gusta que le vengamos con quejas. ¿Cuántas veces nos ha pegado la bronca porque nos quejábamos de un juez? Usted mismo nos ha machacado hasta la saciedad que el juez instructor es el número uno, que no somos más que sus recaderos, y que dejemos los hobbies para las horas libres, para después de la jornada laboral -dijo Nastia sentándose en su sillón favorito, situado en un rincón del despacho.

– ¡Qué más da lo que os he machacado! -gruñó el Buñuelo-. A lo mejor lo decía en broma. Así que, chicos, para resumir, os he fallado, he pasado por alto a Lepioskin. Hace siglos que le conozco, apenas lleva dos meses en la Fiscalía Municipal pero antes de esto ha pasado muchos años en las de distrito y de provincia. Gracias a Dios, hasta ahora no habéis tenido ocasión de conocerle, llevaba casos de delitos económicos. Cuando me dijeron que habían dado el asesinato de Galaktiónov al juez de instrucción Lepioskin, debí haberos avisado enseguida de que teníais que interrogar a las mujeres vosotros; si no, nunca llegaríais a ninguna parte. No lo hice y reconozco mi culpa. Sobre esta cuestión, no tengo nada más que deciros. Ahora, otra cosa. Hoy me ha llamado Konstantín Mijáilovich Olshanski para pedirme un favor un poco raro. Necesita ciertos datos del caso de Galaktiónov. Su eminencia Lepioskin, naturalmente, ha denegado su petición. Bueno, está en pleno derecho para hacerlo, el secreto del sumario es sagrado. En un principio, Kostia podría obtener esos datos por cuenta propia pero le llevará cien veces más tiempo que a vosotros tres junto con Lepioskin. Os explico de qué va todo esto: Olshanski lleva un caso de descubrimiento y revelación del secreto de adopción. Un tal Líkov intentaba conseguir dinero presionando a unos padres adoptivos con amenazas de divulgar el mencionado secreto. Cuando, sin mucha dificultad, le echaron el guante, Líkov declaró que había obtenido dicha información de Galaktiónov, recién asesinado. La pregunta del millón es: ¿cómo llegó la información a las manos del propio Galaktiónov? Lamentablemente, ya no podremos hacérsela a él. De aquí que Kostia no tiene más que una solución: trabajarse a toda la gente del entorno del difunto para intentar encontrar el hilo que le conduzca hasta cierto individuo propenso a irse de la lengua. Si ahora Kostia se pone a torturar una vez más a los familiares, amigos y conocidos de Galaktiónov con nuevas preguntas, que además de distintas les sonarán extrañas, invertirá una cantidad enorme de tiempo y fuerzas y, al final, lo único que conseguirá será alarmarlos sin necesidad. Lo tendría mucho más fácil si pudiera acceder a la lista de testigos y al resumen de sus declaraciones, pero Lepioskin se niega a dejarle ver el sumario. ¿Habéis entendido qué es lo que se os pide?

– Pero si Lepioskin tampoco nos deja ver el sumario a nosotros -objetó Korotkov-. Lo único que podemos darle a Olshanski es lo que hemos hecho nosotros, pero no tenemos ni idea de a quién o cómo ha interrogado Lepioskin. Sólo tenemos algo así como una idea general, a partir de lo que tuvo a bien mascullarnos entre dientes.

– Chicos, hay que echarle una mano a Kostia.

– Claro que sí, Víctor Alexéyevich, ni que decir tiene, Olshanski es un tío legal, con ése se puede trabajar. Le ayudaremos. Oiga, ¿por qué no se encarga él del caso de Galaktiónov?

– ¿Y cómo queréis que se haga cargo, eh? ¿Quién es Olshanski para quitarles los casos a otros? Para hacerlo, debería, como mínimo, probar que el asesinato y la divulgación del secreto pueden ser unidos en una misma causa penal. ¿Tienes motivos para pensar que eso es así? Exactamente, eso es, no los tienes. Yo tampoco los tengo. Y él, tampoco. Segundo, habría que demostrar que esa nueva causa combinada debe llevarla Olshanski y no Lepioskin. Por regla general, el expediente del crimen menos grave se agrega al del más grave, y no al revés. Es posible quitarle el caso de la adopción a Kostia para entregárselo al degenerado de Lepioskin. Pero lo contrario es poco probable.

Después de salir del despacho del jefe, Nastia se estaba acercando al suyo cuando la abordó Misha Dotsenko, alto y de ojos negros, el detective más joven del Departamento de Lucha Contra los Crímenes Violentos Graves.

– Anastasia Pávlovna, ¿puedo hablar con usted?

– Adelante, Misha, entre.

Le sonrió con amabilidad y le dejó pasar. Misha le caía bien porque era tenaz, tenía un deseo inextinguible de aprender cosas nuevas y se caracterizaba por una sinceridad, un candor y una ingenuidad casi infantiles. El propio Misha trataba a Kaménskaya con timidez, le hablaba sin apearle nunca el patronímico, cosa que en todos esos tres años no había dejado de turbarla y de sacarle los colores, pero el joven se negaba en redondo a tutearla.

– ¿Le apetece un café? -le preguntó sacando del armario una gran jarra de cerámica y un infiernillo.

Era incapaz de sobrevivir más de dos horas sin café, y si no conseguía meterse al coleto una taza de líquido caliente y fuerte a tiempo, las fuerzas le fallaban, la atención se dispersaba y los ojos se le cerraban.

– Muchísimas gracias, si no es una molestia -contestó Misha con timidez-. Anastasia Pávlovna, ¿podría explicarme qué ocurre con Lepioskin? No he entendido bien a qué se refería Víctor Alexéyevich.

Misha Dotsenko tenía un rasgo distintivo más: era el único funcionario del departamento de Gordéyev que nunca llamaba a su jefe el Buñuelo, ni a sus espaldas ni en pensamientos.

– Verá, Míshenka, yo misma me acabo de enterar esta mañana. Resulta que hace algún tiempo la mujer dejó a Igor Yevguényevich por un hombre rico y guapo. Sospecho que hubo algo más que eso pero usted es demasiado joven y no necesita saber ciertos detalles sucios. Igor Yevguényevich se lo tomó muy a pecho, tanto que, al parecer, se formó una idea propia sobre el adulterio. El hombre, ya sea soltero o casado, puede hacer lo que le venga en gana, pero la mujer que le pone los cuernos a su marido se merece todos los reproches. Odia a su ex pero no culpa en absoluto a su nuevo marido. ¿Lo entiende?

– De momento, sí -dijo Misha sin apartar de Nastia la atenta mirada de sus ojos negros-. El agua está hirviendo.

– Gracias.

Se volvió hacia la mesilla donde había colocado la jarra y el infiernillo y sacó la clavija del enchufe.

– ¿Lo quiere fuerte?

– Mediano.

– ¿Azúcar?

– Dos terrones, por favor, si no es mucha molestia.

– No lo es, aquí tiene -respondió Nastia, y le echó en la taza dos terrones de azúcar-. Míshenka, sus buenos modales me traen de cabeza. ¿A usted mismo no le cansan? Bueno, perdone, he dicho una barbaridad. Volvamos a Lepioskin. Cuando a Igor Yevguényevich le toca hablar con una mujer que tiene amante, su conversación ya se puede dar por perdida. Se muestra extremadamente brusco, intolerante, mal educado, incluso grosero, no para de darle a entender que su comportamiento va en contra de las normas morales y que, en general, no tiene nada que hacer entre los seres humanos. Bien entendido, en estas condiciones, prácticamente cualquier mujer se encerrará en sí misma y no dirá una palabra de más, con tal de perder de vista a ese desagradable sujeto cuanto antes. Además, como Galaktiónov no se privaba de relaciones amorosas ni de aventuras de una noche, resulta más que evidente que sus amigas constituyen una parte considerable de las fuentes de información para este caso. Por ello esta mañana nos hemos visto obligados a poner en tela de juicio la validez de las informaciones procedentes de esas fuentes, al menos en lo que se refiere a su integridad, es decir, a que no les falte nada. Kostia Olshanski sabe muy bien cómo es Lepioskin, y me lo ha explicado todo con detalle.

– ¿No quiere contármelo?

– ¿El qué? -preguntó Nastia confusa.

– Lo que le ha dicho Olshanski. Nunca había oído nada de eso hasta ahora, cuando lo ha mencionado Víctor Alexéyevich.

– Ay, Míshenka, querido, ¡perdóneme, por el amor de Dios! -exclamó Nastia dándose cuenta de su despiste.

En efecto, antes de empezar la reunión operativa, no había tenido tiempo de hablar con Misha, y ahora parecía que, al no haberle explicado nada, había apartado a su joven compañero del caso.

– Mire, lo que pasa es que echar la culpa a un difunto resulta feo pero, por desgracia, ocurre muy a menudo. Olshanski sospecha que el chantajista, Líkov, está mintiendo y que la información sobre la adopción no procede de Galaktiónov. Comprobarlo es muy difícil pero Olshanski se ha agarrado a este caso como si fuera un hueso, y él, un perro. Quiere que le ayudemos en lo posible. Por un lado, tenemos al matrimonio Krásnikov y, por otro, a Galaktiónov, que presuntamente estaba enterado del secreto de esta familia. Nos corresponde intentar trazar una línea que los una. Para conseguirlo, hemos acordado que Konstantín Mijáilovich avanzará hacia nosotros desde el lado de los Krásnikov y de su entorno, mientras que nosotros, por nuestra parte, volveremos a analizar el círculo de amistades de Galaktiónov, y esta vez lo haremos teniendo en cuenta los contactos con la gente relacionada con los Krásnikov. ¿Capta la idea?

– Ahora sí, ahora lo he comprendido todo -dijo Dotsenko sonriendo con alivio.

– Bueno, pues si lo ha comprendido, manos a la obra. Tráigame todo lo que tiene sobre Galaktiónov, lo ordenaré dentro de un sistema, mientras que usted, Míshenka, entrevista a las testigos que interrogó Lepioskin. Invéntese algún cuento convincente, suélteles cualquier rollo pero procure hacerlas hablar. Ni uno solo de los testigos que hemos interrogado nosotros ha dicho una palabra que nos permita suponer cómo pudo Galaktiónov haber accedido a la información sobre la adopción. Nadie ha mencionado ni que tuviera amigos en los juzgados de primera instancia, ni que tuviera relación con las clínicas de maternidad, ni que estuviera nunca en la ciudad de Sarátov, donde el chico nació y fue adoptado. ¿No lo habría soñado, verdad?

Alguien tuvo que habérselo dicho. Y nosotros debemos identificar a ese alguien.

Cuando Mijaíl le entregó todas las libretas con los apuntes sobre el caso de Galaktiónov, Anastasia Kaménskaya se encerró' en su despacho, se preparó otro café, despejó la mesa y quedó absorta revisando la lista de los que habían mantenido unas u otras relaciones con Galaktiónov Alexandr Vladímirovich.