"616. Todo es infierno" - читать интересную книгу автора (Zurdo David, Gutiérrez Ángel)

Capítulo 7

Roma, Italia

La Compañía de Jesús, cuyos integrantes eran conocidos como jesuitas, había caminado siempre por una cuerda floja en sus relaciones políticas con los distintos estados y con la propia Santa Sede. A lo largo de la historia, la Orden sufrió la expulsión de muchos países, fue rechazada y combatida. El sentido progresista de sus miembros los había llevado incluso a ser tachados de izquierdistas en lugares como Suramérica, aunque, contrariamente, para muchos eran tradicionales siervos de Dios. Sus votos incluían la obediencia directa al Papa, y sin embargo muchos papas los habían despreciado. Seguían una estricta formación, que duraba diez años. Estudiaban filosofía y teología, pero también ciencias, y estaban siempre abiertos a conocimientos heterodoxos, como la parapsicología, la ufología o el ocultismo.

Por eso no era de extrañar que el grupo religioso más fronterizo del Vaticano, que se dedicaba a investigaciones que otros, en su ignorancia y su temor, consideraban absurdas o ridiculas, estuviera formado por jesuitas. Los Lobos de Dios habían nacido en 1970, al abrigo del papa Pablo VI. A su muerte, ya con Juan Pablo II en la silla de Pedro -y tras el breve pontificado de Juan Pablo I-, el papa polaco a punto estuvo de disolver el grupo. Los jesuítas no eran precisamente de su agrado, y por eso la cuestión se saldó con un cambio de cabeza. El primer prefecto de los Lobos de Dios fue un vascofrancés, monseñor Virgile Guethary, con quien la nueva cúpula de poder estaba enfrentada. Lo sustituyó en 1979 el polaco Ignatius Franzik, hombre vigoroso, inteligente y diplomático, capaz de moverse en unos tiempos difíciles para la Compañía de Jesús, más favorables a órdenes tradicionalistas como el Opus Dei, nombrada prelatura personal de Juan Pablo II. Su calidad de compatriota del Sumo Pontífice ayudó en gran medida a que los Lobos de Dios no fueran disueltos.

Desde sus comienzos, los Lobos tuvieron contacto con fenómenos paranormales. Los buscaban como sujeto de sus investigaciones. Incluso se dio el caso de uno de sus miembros que fue detenido por intentar colarse en la famosa base militar norteamericana conocida como Área 51. Se extralimitó en su cometido, se dejó llevar por la emoción, eso le ofuscó la mente, e hizo que lo detuvieran. Nadie pudo relacionarlo con la Santa Sede, pero las autoridades averiguaron que se trataba de un religioso jesuita. La orden tuvo que mediar en su liberación y sólo la buena voluntad de las más altas esferas políticas de Estados Unidos evitó el escándalo y la vorágine de la prensa, que lo relacionó con fanáticos de la conspiración OVNI. Aunque lo que él iba buscando nada tenía que ver con los «hombrecillos verdes».

En los años noventa, algunos antiguos miembros de los Lobos instruyeron a la productora que creó Expediente X, aunque a título estrictamente personal. Varios casos de la serie -con la debida adaptación televisiva- habían sido investigaciones reales de los Lobos, y no del FBI estadounidense. Sin embargo, muchos en Roma pensaban de este grupo que era una pérdida de tiempo y de recursos, a pesar de que todo lo extraño merece ser explorado. Lo que no conocemos encierra precisamente las mayores verdades. Descartar lo falso o lo imposible justifica una investigación, ya que sitúa en el camino de la verdad.


Así pensaba el cardenal Franzik, ya un anciano, mientras marcaba desde su despacho el número telefónico directo de Servidio Paesano, prefecto del Archivo Secreto Vaticano.

– ¿Padre Paesano?

– Al habla -respondió una voz ronca al otro lado de la línea.

– Soy Franzik. ¿Ha hecho preparar ya el códice que le encargué?

– Sí.

– Gracias por este favor personal.

– No hay de qué. Espero que el códice le sea de ayuda. A mí, a decir verdad, nunca ha hecho otra cosa que sobrecogerme.

– Es comprensible… Pero todo tiene un sentido en el plan de Dios.

– Cierto, monseñor.

El cardenal Franzik colgó el teléfono aunque mantuvo la mano sobre el auricular unos segundos. Frente a sí tenía un hermoso fresco que representaba alegóricamente las Gracias. Pero él sólo lo veía con la luz que impresionaba las retinas de sus ojos. Más allá, el cerebro anulaba esa información, así como cualquier otra proveniente, en aquellos instantes, del mundo exterior.

Aunque todo volvió a la normalidad como la imagen congelada de una película que sigue su proyección. Monseñor Franzik descolgó de nuevo el teléfono y marcó un número que estaba escrito en su agenda, abierta a un lado, sobre el cartapacio de cuero de la mesa. Era el número de una abadía benedictina de Padua. El cardenal deseaba hablar con un antiguo amigo y mentor, retirado a la vida monacal desde hacía ya muchos años. De hecho, era tan viejo que parecía increíble. A sus más de cien años, fray Giulio Vasari conservaba la lucidez, aunque su cuerpo experimentaba ya un deterioro irreversible.

– ¡Amigo mío! -exclamó el anciano, con su voz profunda pero infinitamente cansada, al reconocer a Ignatius Franzik al otro lado de la línea-. Estoy preso en mi propia celda. Si no fuera por estos buenos hermanos que me cuidan… Gracias, gracias por el teléfono -dijo al fraile que le había llevado el aparato inalámbrico.

– Perdona que te moleste otra vez -dijo Franzik-. El joven sacerdote del que te hablé está volando en estos momentos hacia Roma desde Brasil. Llegará muy pronto. El códice está preparado en el Archivo Secreto. Pero no sé si debemos seguir adelante. Mi confusión es tan grande como mi desasosiego.

En su oscura celda, fray Giulio tosió ásperamente. Luego dijo:

– Es necesario. Mi corazón está turbado desde hace muchos años. Quizá él obtenga la respuesta que yo nunca he tenido… y que no sé si he querido tener. Recuerda, amigo mío, lo que yo experimenté en Sicilia en mi juventud. Recuerda las visiones de la madre Teresa de Calcuta, justo antes de morir. Y recuerda también lo último que dijo el papa Wojtyla en su lecho de muerte, que tú mismo me contaste lleno de temor.

– ¡Sí, sí recuerdo sus palabras, pero no las repitas, te lo ruego! Fue algo casi incomprensible. Un susurro. Le habían practicado una traqueotomía y carecía de voz. Ni siquiera estoy seguro de que…

– ¡Ojalá eso fuera cierto, y no estuvieras seguro! Pero lo estás. Es algo que se ha grabado a fuego en todos los que lo conocemos. Además, el momento en que nos dejó, las 21.37, la misma hora exactamente en que también murió Pablo VI, es un signo del Demonio. No puede ser una mera casualidad. El 37 se asocia con Lucifer en algunos textos impíos. Y en la cabala hebrea puede interpretarse como «la caída», y también tiene el sentido de «quemarse» o «arder».

– Gracias a Dios, los que conocemos todo esto somos muy pocos, y dignos de absoluta confianza. Si las gentes piadosas supieran…

El cardenal cerró los ojos y apretó los párpados. Aquel recuerdo era como un gusano que roe la fruta madura.

– Cuando tu joven subordinado haya leído el códice, envíalo a verme a Padua -dijo el anciano, dulcemente.

– ¿No podrías hablar tú con él antes? Si, después, sigues pensando que debe leerlo, yo no tendré inconveniente alguno.

– Bien. Envíalo aquí cuando llegue. Hablaré con él.

Entre los dos hombres, separados por la línea telefónica, se hizo un silencio denso que rompió el cardenal.

– Tengo miedo, Giulio.

– Ya sabes que yo también, querido Ignatius. Ya sabes que yo también.

La Santa Sede refulgía bajo un sol impropio del mes de noviembre. Los preparativos de la Navidad se dejaban ver ya por las calles de la Ciudad Eterna, algo más limpias de lo habitual. Un aroma Agradable e indefinible inundaba el ambiente y todo el mundo parecía un poco más alegre ante la perspectiva de las celebraciones que, por iniciativa de los grandes comercios, cada vez empezaban más pronto.

El elegante Lancia Thesis de color negro, con matrícula SCV del Stato della Cittá del Vaticano, dejó el Coliseo y el arco de Constatino a su derecha. Su ocupante había pedido expresamente al conductor que pasara por allí antes de dirigirse a su destino. Quería contemplar una vez más, aunque fuera de pasada, aquellas ruinas majestuosas que siempre le habían ayudado a elevar su espíritu. Desde el Coliseo, el coche continuó hacía el Circo Máximo, en dirección al Tíber. Lo cruzó y enfiló la vía de la Concilia-zione al fondo de la cual se levantaba la gran basílica de San Pedro. El vehículo rodeó la plaza y se detuvo ante la garita del guardia de la Inspección de Seguridad Pública. Tras acreditarse, pudo continuar hacia el interior hasta desaparecer por un lateral de la plaza. Monseñor Franzik había enviado a su chófer y su propio coche a buscar al padre Albert Cloister al aeropuerto Leonardo da Vinci.

El vuelo con escalas desde la selva amazónica había sido largo y agotador. Pero le permitió disponer de varias horas para reflexionar. Los pensamientos se agolpaban en su mente sin concierto. Sabía que eran -de eso estaba seguro- como las piezas de un puzzle o un rompecabezas. Aunque faltaba algo: la clave que pudiera obrar el prodigio de unir los distintos fragmentos. Quizá también necesitaba cierta perspectiva. La cercanía a los árboles impide ver el bosque.

El sacerdote se revolvió en el cómodo asiento trasero del coche. Desde que abandonó Suramérica, y ya en pleno vuelo, se había ido sintiendo cada vez peor. Empezó a tener sudores fríos y a tiritar. Su estómago estaba revuelto. Le parecía que su alma, duramente sometida a tensión, liberaba su mal hacia el organismo contagiándole la dolencia. Ahora, a punto de descender del automóvil de monseñor Franzik, sentía que las fuerzas lo habían abandonado. Las piernas experimentaban leves aunque espas-módicos temblores, y su rostro estaba demacrado, hundido, con ojeras y el brillo del sudor febril.

El conductor se bajó de su puesto para abrirle la puerta -cosa que Albert Cloister nunca hubiera esperado-, y entonces se dio cuenta de su estado. Una hora antes parecía encontrase bien, aunque debía de haber llegado al colmo de su aguante y ya no podía mantener por más tiempo un aparente estado de normalidad.

Asustado por su aspecto, el chófer llamó a un guardia suizo y le pidió que avisara a un médico. Después, avisó él mismo al cardenal Franzik y, siguiendo sus indicaciones, llevó casi en brazos al padre Cloister hasta el interior de uno de los edificios menores de la sede papal. La escalinata de mármol y las balaustradas del mismo material, daban acceso a una puerta cuadrada con dintel sobre la que se simulaba un arco circular en relieve. Un lugar hermoso que transmitía sensación de riqueza y poder.

Ya dentro, un religioso terminó de ayudar al conductor a llevar al padre Cloister hasta un saloncito lateral. Allí lo tendieron sobre un diván. La piel de su cara estaba verdusca, y sus manos temblaban. Sin necesidad de tomarle la temperatura, era evidente que había experimentado una fuerte subida de la fiebre.

El médico apareció enseguida, acompañado del cardenal Franzik. Éste mostraba una aguda expresión de preocupación. Con independencia del trabajo de Cloister bajo sus órdenes, lo consideraba el hijo que, por su condición de sacerdote, nunca tuvo. Desde que lo conoció, hacía ahora seis años, había sentido por él una inmediata simpatía. Su recia y franca manera de ser, su profundidad intelectual, el brillo del anhelo de saber en sus ojos… Todo ello le recordaba a sí mismo cuando era un joven postulante en Cracovia, en los tiempos en que la Iglesia polaca se veía obligada a actuar en la sombra, casi como una sociedad secreta.

– Monseñor… -dijo Albert Cloister en un hilo de voz.

– Tranquilo, muchacho. No hables ahora. No hagas esfuerzos.

El médico había empezado a reconocer al paciente. Mucho se temía que sufriera alguna clase de intoxicación alimentaria o, en el peor de los casos, una infección bacteriana o vírica; quizá un parásito. Se le había informado de que el paciente regresaba de la selva brasileña. Cualquiera de esas opciones era común allí, aunque el sacerdote tenía sus vacunas en regla. Por el momento, se limitó a ponerle el termómetro, tomarle la tensión sanguínea, auscultarle y sacarle una muestra de sangre para analizarla, y recomendó que lo metieran en una cama sin dejar de vigilar su evolución en las siguientes doce horas.

Cuando el médico se fue, Cloister se quedó dormido enseguida. Deliró en varias ocasiones. La fiebre se mantuvo alta, aunque fluctuante, a lo largo de toda la noche. Sin embargo, al día siguiente su aspecto era mucho mejor. Los resultados de los análisis resultaron incomprensibles: no tenía nada. Estaba sano como una rosa. El motivo de la fiebre y los temblores debía de ser psicosomático. No había causa física alguna.

El cardenal Franzik fue a visitarlo a media mañana. Albert se sentía casi totalmente restablecido.

– ¿Estás seguro de que tienes fuerzas para ponerte a trabajar?

– Fuerzas y ganas.

– Quizá haya sido simple estrés. La enfermedad del mundo moderno -dijo el cardenal sin demasiada convicción.

Los dos hombres abandonaron las habitaciones y se dirigieron al despacho del cardenal. Éste había indicado que le llevaran allí vanos documentos para que el padre Cloister pudiera consultarlos. En el Amazonas había presenciado un ritual en el que algunas personas de una tribu perdida, las más sensibles, eran capaces de tener visiones del futuro, o percibir conocimientos ocultos por medio del licor que las mujeres elaboraban según una receta ancestral, a base de las hojas de una planta de la selva. El jesuita realizó con los integrantes de ese grupo humano aislado varias experiencias rigurosas y científicas. Creó una batería de tests para comprobar la veracidad del proceso. Los resultados fueron, en algunas ocasiones, más que sorprendentes. Una anciana de ojos profundos llegó a describir cosas que nunca había visto. Y dio detalles de la vida de Albert Cloister que prácticamente nadie conocía y que ella, desde luego, ignoraba con toda seguridad.

Pero lo que más inquietó el ánimo del hombre de fe y de ciencia fue una frase, no por esperada menos perturbadora. Una frase pronunciada por aquella mujer en una antigua lengua india, ya extinta, que el intérprete brasileño de Cloister conocía por textos antiguos de los religiosos españoles que cristianizaron esas tierras. Antes incluso de que le fuera traducida, el sacerdote sintió un dardo atravesarle el corazón y al mismo tiempo una extraña sensación de triunfo. Las palabras abrasaban como el metal fundido cuando escuchó: «TODO ES INFIERNO».

La mirada de la anciana de piel cobriza y la expresión de su rostro, el modo en que le miró, el estremecimiento de sus carnes flaccidas, todo le indicaba a Cloister que había dicho lo que él esperaba escuchar de sus labios.

Por eso estaba él allí. En el Vaticano se habían recibido informes de un misionero que se relacionaban con su investigación. Los indígenas de aquella región remota de la selva describían con detalle horribles visiones de un supuesto más allá aterrador. Se drogaban para abrir una ventana al otro mundo. Eran criaturas sencillas pero valientes. Su teología no les prometía un paraíso al finalizar la vida, sino un final absoluto. Para ellos, ésta era la única vida. Jamás hubieran imaginado unirse al mundo desolado y maléfico de sus visiones. Eso era otro mundo diferente, en otra dimensión ajena y aislada.

Después de contemplar el efecto del brebaje en los miembros de la tribu, y tras escuchar las palabras de la vieja, que encarnaban su anhelo y su temor a un mismo tiempo, a Cloister ya sólo le quedaba una cosa por hacer allí. Tenía que probar él mismo el brebaje que inducía a los indios aquel estado en el cual sus mentes rompían en alguna medida la barrera del tiempo y el espacio. Y aunque ellos se mostraron reticentes en un principio, fue la misma anciana la que logró convencerles de que le dejaran probarlo. Con su sexto sentido notó que él necesitaba experimentar por sí mismo. Le dio una dosis del bebedizo en un vaso labrado en madera. Albert lo apuró como si le fuera la vida en ello. Enseguida notó los efectos de la fermentación. Un raro embotamiento le invadió. Su mirada se hizo borrosa. Un hormigueo en absoluto desagradable fue recorriendo su cuerpo, desde las extremidades hacia el interior. El sonido se hizo más intenso. Y también más claro, aunque, a la vez, extraño y diferente. Su nariz empezó a captar olores sutiles, a madera quemada, a verdor, a tierra, a sudor, a animales, a comida, al propio bebedizo. Su mente estaba iniciando el viaje. Estaba penetrando un nuevo mundo, el de la conciencia alterada. Él había leído mucho sobre ese estado. Lo conocía muy bien y, sin embargo, jamás lo había experimentado.

El primer golpe de conciencia fue como un flash de fotógrafo, seguido por un estallido sordo dentro de la mente. El fuego de la hoguera, en torno a la cual se habían dispuesto todos, le pareció casi congelarse. Se volvió lento. Podía ver cada lengua flamígera ascendiendo y apagándose. Un torrente de sentimientos le inundó el alma. Su corazón se llenó de anhelo mientras las lágrimas afloraban a sus ojos y se deslizaban por sus mejillas. Tuvo la sensación de que estaba despierto, consciente, vivo. Como un aparato de radio que recibiera muchas frecuencias simultáneamente, su cerebro se saturó de datos que, ahora, se instalaban por sí solos en sus lugares correspondientes. Comprendía. Percibía. Una lucidez tan clara como el brillo de un diamante se materializó dentro de su ser más íntimo.

– ¡Lo veo…! -dijo en un grito ahogado.

Antes de desmayarse, Albert Cloister había comprendido algo que nunca sospechó; y no tanto por su significado en sí como por el modo de entenderlo. Un modo nuevo para él. Una luz iluminó el fondo de su espíritu. Abrió un hueco de visión. Aunque no siempre la visión aclara misterios u ofrece verdades. A veces se desvela lo que no quiere verse, lo que preferiría ignorarse. Como el dolor de los enfermos terminales o las mutilaciones de guerra. Estar ciego es a menudo mejor que ver.

Sólo quien pone el afán de conocer por encima de todo, puede arrojarse de veras en el crisol de la búsqueda de la verdad. La anciana indígena había notado ese anhelo en Albert Cloister. Conocer lo más doloroso es, para almas como la suya, menos doloroso que ignorar.

En la imaginación de Cloister, las llamas de la hoguera se hicieron brillantes como el haz de un foco antiaéreo. Ascendían hasta el cielo. De pronto, un ser emergió de su interior. Se giró con rapidez hacia el sacerdote, para mirarlo como una serpiente fija en su presa. Eran unos ojos serenos pero terribles, un rostro de gélida hermosura que se mantenía intacto entre las llamas abrasadoras. Aquella mirada hipnótica… Aquella presencia maligna.

Maligna.

El padre Cloister se quedó petrificado y notó cómo un escalofrío le recorría la espalda. No pudo evitar que su garganta emitiera un sonido de pánico. Sintió un mareo repentino y, a pesar de que estaba sentado, perdió el equilibrio y quedó tendido de espaldas en el suelo. Los sonidos de la selva se diluyeron en su mente como un oleaje lejano. Los gritos y los olores se borraron. Su unión con el mundo se paralizó.

Era ya de día cuando recobró el conocimiento. Se sentía débil y su alma seguía turbada con la visión que le asaltó al despertar desde su recuerdo como un perro rabioso.

Aquellos ojos perversos lo habían mirado a él. Precisamente a él.

Cuando despertó, su boca estaba seca y tenía un sabor acre. Forzó las glándulas salivares para humedecerse algo la lengua. Estaba desorientado. Tratando de pensar en lo ocurrido durante la noche, experimentó una cenestesia, una sensación de ruptura sensorial parecida en cierto modo al deja vu. Notaba su cuerpo con una abrumadora percepción de realidad. Sentía su propia existencia, su yo. Era él, y no otro. Se notaba a sí mismo con más certeza que nunca. Y la entidad del fuego había emergido para encontrarlo. Eso era lo que había ocurrido en la selva.

Cuando refirió su experiencia con la entidad del fuego al cardenal Franzik, éste le ordenó regresar a Roma a la mayor brevedad. Había algo que debía saber, y ya no era posible esperar más tiempo.

– El Maligno tienta al ser humano, querido Albert, y le acongoja con la desesperanza -dijo el prefecto de los Lobos de Dios, ya acomodado en el sillón de caoba y terciopelo rojo de su despacho.

– Estoy confuso. Pero, en cierto sentido…

– Te parece que las cosas concuerdan.

– Así es, monseñor. No sé cómo ni por qué.

– Los ataques del Maligno aumentan día a día. Este mundo es cada vez más un infierno.

– Sí, todo es Infierno, pero… aquella mirada…

– La salvación se fundamenta precisamente en vencer este infierno, superar las tentaciones. Esa frase responde a un plan del Maligno. Estoy seguro. Quiere guerra, y nosotros somos sus recios y duros oponentes. Tengo aquí un documento que debes leer. Lleva la firma del padre Gabriele Amorth.

– El exorcista de la diócesis de Roma.

– El mismo. Ten -dijo el cardenal, alargándole unas hojas grapadas a Albert-. Estoy seguro de que te interesará.

Eran las fotocopias de una entrevista al famoso exorcista y demonólogo, concedida al diario oficial de la Santa Sede, L'Osservatore Romano. En ella Amorth hablaba del incremento de prácticas satánicas en el mundo, de ocultismo, espiritismo, magia negra.

– Conozco la forma de pensar del padre Amorth, eminencia. Y como sabe, no estoy muy de acuerdo con él. Como científico no puedo aceptar que el Demonio campe a sus anchas en medio de jovenzuelos que juegan a lo que no comprenden.

– Como científico no puedes aceptar eso. ¿Y como sacerdote?

La pregunta de Ignatius Franzik fue como una losa de granito.

– No sé qué responder.

– Ya -dijo el anciano apretando los labios y agachando levemente la cabeza-. Tu fe no es pequeña, pero no te basta. Necesitas confrontarla con algo que la demuestre. Así es tu mente, que condiciona a tu espíritu. Yo era igual que tú, pero ahora… He visto demasiadas cosas que sólo la fe puede explicar, o justificar. Me gusta saber que todavía hay personas jóvenes en años y jóvenes de corazón. Investiga y hazlo con libertad. Arroja el prejuicio. Cristo quiso que nos hiciésemos como niños para poder acercarnos a él. Pero eso no significa que quisiera personas simples, sino abiertas, limpias, sinceras.

El viejo cardenal divagaba. La crispación de sus labios era bien conocida por el padre Cloister. Estaba preocupado y era incapaz de disimularlo.

– ¿Cuál es la información que debo conocer y que es tan urgente? -dijo Cloister, reconduciendo la conversación.

– ¿Cómo…?

– Por lo que era tan urgente mi regreso de Brasil…

– Ah, sí… -dijo Franzik-. Antes de eso quiero que visites a un gran amigo mío. Fue mi maestro en el modo de entender la teología y muchas otras cosas de la vida. Le he pedido que te reciba en su retiro, el monasterio benedictino de Padua. Cuando yo acababa de entrar en la edad adulta, él ya era viejo. Tiene más de cien años. Pero que eso no te condicione negativamente. Rige mejor que la mayoría, con independencia de su edad. Es el más sabio de los hombres que he conocido. Ve a verlo. Cuéntale lo que has descubierto y todo lo que te aflige. Por desgracia, no le queda mucho tiempo. Una extraña enfermedad del hígado lo corroe día a día.

– ¿Qué relación tiene con mis investigaciones?

– Mucha. Más de la que imaginas.

– Entonces, ojalá él pueda iluminarme.

– Lo hará. No te quepa la menor duda, querido Albert.