"616. Todo es infierno" - читать интересную книгу автора (Zurdo David, Gutiérrez Ángel)
Capítulo 8
Boston.
El pasado del parque público más antiguo de Estados Unidos, el Boston Common, no era muy ilustre. Sus terrenos sirvieron como lugar de campamento para ejércitos diversos, se linchó en sus árboles a más de un condenado a muerte, y la hierba que cubría el suelo dio de comer a muchas vacas hasta bien entrado el siglo xix. En la actualidad, sin embargo, los barrios en torno al Boston Common están entre los más caros de la ciudad. Como Beacon Hill, situado al norte, donde se encontraba la casa de la doctora Audrey Barrett. En su calle, sosegada y a sólo dos manzanas del parque, se veían edificios de ladrillo oscuro, verjas de hierro forjado limitando las parcelas, faroles que parecían sacados de un libro de Sherlock Holmes y pequeñas escalinatas de piedra. Estando allí era fácil imaginarse en un típico barrio de Londres. Puede que Estados Unidos derrotara a los ejércitos de Su Majestad, pero Boston nunca dejaría de ser, en cierto modo, una ciudad inglesa.
La calle estaba en silencio. Pocos sonidos se atrevían a romperlo: el crepitar de las hojas secas al ser movidas por el viento, un zumbido casi imperceptible de la bombilla de un farol, el ruido de un gato revolviendo entre los cubos de basura. Al lado de uno de ellos, en el suelo, reposaba una calabaza del último Halloween que nadie se había molestado aún en recoger. Su rostro burdamente horadado no consiguió asustar a nadie en la Noche de las Brujas, pero ahora resultaba inquietante. Los ojos y la boca, que estuvieron iluminados por la luz de una vela, se habían convertido en pozos de sombras.
Audrey se apresuró a subir los escalones que conducían a la puerta de su casa. Al entrar, se topó con el correo esparcido por el suelo. Una ranura dorada convertía el vestíbulo en un gran buzón casi imposible de llenar, al que todos los días llegaba una infinidad de correspondencia. Disgustada, cogió el montón de correo con ambas manos y lo depositó sobre el aparador de la entrada. Un rápido vistazo le bastó para saber que no había nada demasiado urgente. «Gracias, Dios, por los pequeños favores», pensó. Y, en voz alta, dijo:
– Los grandes te los guardas para tu hijo, ¿eh?
Nadie contestó. Estaba sola. Completamente sola. No había dejado de estarlo ni un segundo en los últimos cinco años, desde que su hijo desapareciera.
Le dolían los pies, que notaba hinchados. Se quitó los zapatos y, así, descalza, se encaminó al salón. A oscuras, Audrey se desplomó en un gran sillón de cuero. Su asistenta había vuelto a marcharse sin encender la chimenea. Era de esperar, al ver que tampoco había recogido el correo del suelo. La mujer la odiaba por alguna razón y ésas eran sus pequeñas venganzas. Audrey estaba ya harta. De no sentirse tan cansada la llamaría ahora mismo para despedirla. Ya no quedaban personas decentes en el mundo. La única excepción era la madre superiora… y quizá ese bombero insensato, Joseph Nolan, lleno de buenas intenciones, como un ingenuo boy scout.
Tuvo que levantarse del sillón y encender la chimenea ella misma. La leña empezó a crepitar poco después. No tenía hambre, así es que, en vez de cenar, decidió poner un poco de música. Todo valía a cambio de no darle más vueltas a lo ocurrido con el viejo jardinero, Daniel. Sus comentarios la habían cogido por sorpresa. En contra de lo que le dijo a Joseph, sí le parecía muy extraño que Daniel conociera la historia de la estatua de John Harvard y sus tres mentiras. Y que hablara de una cuarta mentira resultaba del todo inverosímil. Aterrador. Porque Audrey llevaba catorce años ocultando un secreto en el lugar más oscuro de su corazón. Daniel incluso le había guiñado un ojo en un gesto cómplice… La casualidad era difícil de admitir. Al día siguiente, sin falta, volvería a hablar con el anciano y, entonces, esperaba sacar algo en claro. Ahora trataría de dejar la mente en blanco limitándose a escuchar un poco de música. Rebuscó entre los CD que había en un estante por encima del equipo de alta fidelidad. Uno de ellos le hizo pensar «¿Por qué no?».
Bruce Springsteen se dejó oír en el salón. Su voz rota le cantaba a una mujer que jamás llegaría a ser suya. Era la misma canción que Audrey había escuchado canturrear al bombero mientras éste regaba la rosa muerta de Daniel.
Te dejará entrar en su casa si llamas a su puerta en mitad de la noche.
Te dejara entrar en su boca si dices las palabras correctas.
Si pagas lo que es debido, te permitirá llegar más lejos.
Pero hay un jardín secreto que ella oculta.
Esta canción siempre la llenaba de tristeza. ¿Por qué pensó que esta vez habría de ser distinta? Apagó el equipo de música sin esperar a que la canción terminara, y el brusco regreso del silencio la sobresaltó. Le vino a la mente la imagen de aquella calabaza olvidada que había visto junto al cubo de la basura; y estuvo a punto de traerle un recuerdo que Audrey se apresuró a atajar.
Nada de música. Lo que de verdad necesitaba era una copa. Un Jack Daniel's conseguiría deshacer el nudo que sentía en la boca del estómago. Imaginaba que así empezó su amigo Leo, al que un infarto mató antes de que lo hiciera la cirrosis. Seguro que empezó tomando una copa de vez en cuando, por las noches, para huir de recuerdos molestos. El siempre fue el más débil de los tres. Y el más ingenuo. Audrey no recordaba ni una sola vez en la que dejara de tocar el pie de John Harvard al pasar por delante de su estatua, antes de aquella noche. Decía que le daba suerte. El bueno de Leo. Hizo lo mismo en ese día de abril de 1991…
– Venga, Audrey, tócale el pie -dijo Leo-. Y tú también, Zach. Necesitamos toda la suerte de John Harvard para esta noche.
– ¡Cállate, imbécil!
Zach dijo esto con los dientes apretados y mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie había oído a Leo. Estaban solos, pero, aún así, Zach no se mostró más relajado. Dirigiéndose esta vez a Audrey, su novia, dijo:
– Y tú no le defiendas, como haces siempre. Es un bocazas…
Ella siempre defendía a Leo. Cierto. No podía evitarlo. Audrey y Leo se conocían desde la adolescencia, porque su madre y los padres de él eran vecinos. Fueron juntos al colegio y al instituto, y vinieron juntos en el autobús que, dos años antes, los había traído a Boston desde la ciudad de Hartford, Connecticut. En todo ese tiempo nunca surgió nada entre ellos, pero fue Leo el que le presentó a Zach, con el que Audrey llevaba saliendo casi un año y medio. Ellos dos estudiaban ciencias políticas en el campus de Harvard, y Audrey medicina en el de Longwood.
– Ya lo has oído, Leo. Eres un bocazas.
No había ningún tono de recriminación en las palabras de ella. Leo, que seguía con la mano agarrada al pie izquierdo de la estatua de John Harvard, se encogió de hombros sin dejar de sonreír.
– No sabéis lo que nos estamos jugando -dijo Zach, enfadado-. Sois los dos unos críos.
– Te recuerdo que soy tres meses mayor que tú -dijo Leo.
– Y yo cuatro -añadió Audrey.
– -¡Pues os podéis ir los dos a la mierda con vuestros meses de más!
Vieron alejarse a Zach en dirección a la facultad de Ciencias Políticas JFK. Tenía mal carácter. Eso era algo que Audrey no había notado al comienzo de su relación. Todo son rosas en el inicio de cualquier relación, hasta que las espinas aparecen. Las de Zach habían empezado a mostrarse unos meses antes, quizá debido a la guerra. El no estaba en Políticas por casualidad. Tampoco Leo. Ambos eran idealistas, pero cada uno a su manera: mientras que Leo veía la política como una herramienta para hacer mejor al mundo, Zach la consideraba un arma con la que enmendarlo a la fuerza. Y lo que pretendían hacer esa noche se acercaba más a la visión de Zach.
Audrey se bebió de un trago el primer vaso de Jack Daniel´s. No hizo ninguna mueca por el sabor fuerte del alcohol. Con el arte de beber ocurre lo mismo que con montar en bicicleta: una vez que se aprende la técnica, nunca se olvida. Y ella tuvo un aprendizaje intensivo en sus inicios como universitaria. Sólo después de suspender todas las asignaturas en el primer trimestre, empezó a tomarse en serio los estudios y abandonó los malos hábitos. Sin embargo, aquí estaban de vuelta, frescos como el primer día.
Llenó hasta el borde un segundo vaso del cobrizo whiskey de Tennessee y, en contra de su voluntad, siguió recordando.
Un día antes de que todo ocurriera, aún no se habían puesto de acuerdo sobre qué hacer, aunque la intención sí estaba clara para los tres: llevar a cabo algún tipo de protesta en contra de la reciente guerra del Golfo, aprovechando la gran cobertura que los medios iban a hacer de la conferencia de Yitzhak Rabin en Harvard. Pero las ideas de Zach eran muy radicales para Audrey y Leo, que pretendían simplemente inundar el campus de panfletos. Tantos que resultara casi imposible quitarlos todos antes de la llegada de Rabin y, en especial, de los periodistas.
– Yo creo que el lema debería ser algo del estilo de «Ninguna guerra lleva a la paz» -propuso Leo.
– Esoes demasiado genérico -dijo Audrey-. Y, además, ¿qué me dices de la Segunda Guerra Mundial? ¿Crees que esa guerra no llevó a la paz y nos libró de Hitler y sus compinches? El problema no es tanto la guerra en sí como el modo en que se llevó a cabo. Los bombardeos de nuestro ejército lo destruyeron casi todo. En buena parte de Iraq no hay agua corriente, ni electricidad, ni asistencia médica decente. No tienen mucha comida, y la que envía el resto del mundo tampoco llega al pueblo iraquí. ¡Eso es lo que hay que decir!
Fue Zach quien le contestó a Audrey, y lo hizo de un modo ofensivo:
– Para decir todo eso necesitaríamos unos panfletos tan grandes como el estadio de los Red Sox…
– En eso te equivocas -respondió Audrey, molesta-. Basta con decir «Hoy morirán mil niños más en Iraq».
El silencio que siguió a lapropuesta de Audrey era prometedor.
– A mí me parece bien -dijo Leo.
– Pues a mí no.
Zach se levantó de la silla donde estaba sentado. No había mucho espacio libre por el que caminar en la pequeña habitación donde se encontraban. Por eso, Zach empezó a moverse de un lado a otro dando sólo tres o cuatro pasos en cada sentido, como un león inquieto dentro de una jaula minúscula. Su voz cambió. Se hizo más agresiva:
– ¡Todo eso son tonterías! ¡Hay que hacer algo más fuerte para que nos hagan caso! ¡Los panfletos no bastan!
– Sí, ya hemos oído tus ideas -dijo Audrey-. Llevamos toda la tarde oyéndolas. ¡Sólo te falta proponer que matemos a Rabin! ¿Eso sería suficientemente fuerte para ti?… Sé realista, Zach.
Este se sentó de nuevo. En apariencia, la sensatez volvio a él tan rápidamente como lo había abandonado. Pero sus ojos mostraban otra cosa, y por ello se mantuvo cabizbajo, mirando hacia el suelo en vez de a la cara de Audrey, cuando dijo:
– Tienes razón. La tenéis los dos.… Está bien. Hagamos esos panfletos.
Pasaron el resto de la tarde y buena parte de la noche imprimiendo cientos de ellos. El día en que pensaban dar su particular golpe amaneció con tres bolsas de basura grandes llenas de panfletos en los que estaba escrito el lema «Hoy morirán mil niños más en Iraq». Decidieron limitarse aponerlos en los edificios principales del corazón de la universidad, el Old Yard, y en los de la facultad de Ciencias Políticas. Los panfletos que sobraran los esparcirían por el suelo en tantos lugares del campus como les fuera posible. Ese era el plan.
Acordaron que debían intentar dormir antes de encontrarse por la noche, pero cuando Zach le abrió a Leo la puerta de su apartamento a las tres de la madrugada, éste supo que él y Audrey tampoco habían pegado ojo. Todos tenían la misma cara ojerosa y pálida.
– ¿Podemos marcharnos? -preguntó Audrey.
– Un momento -dijo Zach-. Voy al cuarto de baño.
Mientras esperaban a Zach, Audrey se dio cuenta de que no le vendría mal coger una bufanda. Iba a ser una noche muy fría.
– Ahora vengo -le dijo a Leo.
Al entrar en la habitación que compartía con Zach, se encontró de frente con él.
– ¿No ibas al cuarto de baño?
– Ya he ido.
Zach tenía una cara extraña y su respuesta fue muy seca, pero Audrey no le dio importancia. Debía de estar nervioso. Ella también lo estaba.
Unos minutos después descendían enfila india hacia el portal. Cada uno llevaba su propia bolsa negra de basura sobre la espalda, como tres siniestros ayudantes de Santa Claus. Sus ánimos estaban crispados y los quejidos de los escalones de madera no contribuían precisamente a serenarlos.
– Me va a dar un infarto -dijo Leo.
– ¡Cállate, imbécil!
El coche de Zach los esperaba al final del callejón. Metieron las bolsas en el maletero a toda prisa, sin dejar un momento de vigilar. Luego, ellos mismos montaron en el coche. Alguien exhaló un sonoro y aliviado suspiro cuando las puertas se cerraron.
– Esto no ha hecho más que empezar-dijo Zach, menospreciando aquel suspiro.
No hablaron en todo el camino desde el apartamento hasta el campus. Casi era posible oír el batir de los tres agitados corazones sobre el ruido del motor. Aparcaron el coche unos doscientos metros al oeste de la facultad de Ciencias Políticas, en la calle University. Ya fuera del vehículo, a Audrey le pareció que no hacía frío, sino hasta calor. El miedo no tiene sólo desventajas.
– Vamos por el parque -dijo Zach.
Se refería a un espacio verde limitado por la calle John F. Kennedy y la ronda Memorial, paralela al río Charles. Los faroles dispersos sólo iluminaban sus paseos de cemento. El resto estaba convenientemente a oscuras. Avanzaron por la zona ajardinada dando un rodeo considerable. Unos minutos después estaban frente a la facultad, de rodillas al pie de un árbol. Habían llegado a un momento crucial. Aún estaban a tiempo de abandonar lo que se habían propueslo. Audrey y Leo vacilaron, pero ninguno de los dos dijo nada. Era cara o cruz. No habría resultados intermedios. Si alguien los veía, su aventura se acabaría de inmediato. Nada en el mundo podría ser más sospechoso que tres figuras andando a hurtadillas por la calle en una madrugada gélida, cargando con tres bolsas. Cara o cruz. La decisión era únicamente suya. Y eligieron mal.
– Adelante -dijo Leo, con un aplomo que estaba muy lejos de sentir.
– Un momento -dijo Zach.
Del bolsillo de su chaqueta sacó tres piezas oscuras que Audrey tardó unos segundos en identificar.
– ¿Pasamontañas? Pero ¿te has vuelto loco? Si alguien nos ve con eso puesto va a pensar que somos terroristas.
– Si alguien nos ve, estaremos jodidos y tendremos que salir corriendo de aquí de todos modos. Pero con los pasamontañas nadie podrá decir cómo eran nuestras caras.
El argumento de Zach era difícil de rebatir. Aún así, Audrey pensaba que no debían ponerse aquella cosa en la cabeza. Una voz interior le advertía de que Zach guardaba algo en la manga. Y ella no era la única que tenía dudas al respecto.
– Oíd, chicos -dijo Leo-. Esto no me gusta nada. Audrey tiene razón. Con eso parecemos terroristas.
– Sí-dijo Zach.
Su respuesta fue más que una simple aseveración. En la oscuridad de esa noche en la que casi no había luna, apenas conseguían distinguirse los rostros. Por eso no vieron que Zach sonreía. En caso contrario, quizá Leo no hubiera dicho:
– Oh, está bien. Dame esa porquería y acabemos con esto de una vez.
– Así me gusta, Leo. ¡Determinación!
– Que te jodan, Zach.
Avanzaron hacia el pabellón Rubenstein. Luego, más aprensivos que nunca, bordearon el ala oeste de la facultad de Políticas, para entrar, por la calle Ehot, a su explanada interior. Allí se acurrucaron junto a unos arbustos a treinta metros escasos delfórum. La hierba estaba húmeda. En la noche fría, se miraron unos a otros, y los ojos de todos sonreían. Nadie los había visto llegar hasta allí. Ni siquiera en la calle Eliot, donde habían estado más expuestos. Y este lugar, una especie de jardín rodeado por los edificios de la facultad, les parecía relativamente seguro. Eso, si a ningún guardia del campus se le ocurría aparecer, claro estaba. Audrey miró hacia arriba, al cielo lleno de puntos luminosos del que ella conseguía ver sólo una tira estrecha. Le apetecía cantar. Estaba exultante. La adrenalina hace milagros como estos. Bajó de nuevo los ojos hacia su amigo de la infancia y su novio, y dijo:
– ¿Pensáis quedaros ahí sentados toda la noche? Es hora de empezar.
Cada uno se centró en un edificio distinto. Zach en el pabellón Rubenstein, Leo en Belfer y Audrey en Littauer, que acogía alfórum de la facultad. Sólo restaba uno de los pabellones, Taubman, del que empezaría a ocuparse el que terminara antes. Lo llenaron todo de panfletos: paredes, ventanas, puertas, árboles, setos, faroles… Y no tardaron demasiado en hacerlo, porque emplearon trozos de chicle para fijarlos. Fue idea de Leo, y funcionó a la perfección
Audrey no había vuelto a probar un chicle desde aquella noche. El simple olor de uno conseguía revolverle el estómago. Algo parecido al efecto que empezaba a provocarie el whiskey. Se había bebido casi media botella. Estaba en el salón, más caída que realmente sentada en su sillón favorito, frente a la chimenea que acababa de alimentar. Quizá sí hubiera perdido técnica, después de todo. Puede que saber beber alcohol no fuera igual que saber montar en bicicleta, y que, con el tiempo, se olvidara. Pero otras cosas no se olvidan jamás…
Ir desde la facultad de Ciencias Políticas hasta el Old Yard fue angustioso. El medio kilómetro que los separaba se les hizo indeciblemente largo. Una cosa era subir la calle John F. Kennedy de día y sin nada que ocultar, y otra muy distinta hacerlo en mitad de la noche con el miedo permanente de ser descubiertos. Habría sido mucho más fácil y menos peligroso regresar al coche y aparcarlo de nuevo, esta vez cerca del Old Yard. Por desgracia, ya era demasiado tarde cuando se les ocurrió hacer eso. El mal rato que pasaron de camino al Old Yard terminó al alcanzar por fin su extremo sur, marcado por Dudley House. No se permitieron mucho tiempo para recuperar la calma y el aliento. Allí mismo había dos residencias de estudiantes, por lo que tenían que moverse deprisa.
Colocaron panfletos en todos los rincones posibles de las inmediaciones, y después le llegó el turno al edificio más antiguo de Harvard, el Massachusetts Hall, que acogía las oficinas de los dignatarios de la universidad y también cuartos de estudiantes, en los pisos superiores. Sólo les faltaba Harvard Hall, otro edificio de la universidad antigua, que tenía, además, su propia leyenda. Según ésta, en la noche del 24 de enero de 1764 se produjo una gran tempestad de nieve y viento. Y fue precisamente en esa noche tan poco propicia para el fuego cuando en el campus se escuchó el aullido estridente de una alarma de incendios. Harvard Hall, cuyo más preciado tesoro eran los cinco mil volúmenes de su biblioteca, ardía en llamas. Era una época de vacaciones y apenas había nadie en el campus para intentar apagarlas. El fuego se ensañó con el edificio. Ardieron prácticamente todos los libros. Entre ellos, y según cuenta la leyenda, todos los que John Harvard donó en 1638 ala recién fundada universidad. Todos menos uno, que logró escapar del fuego gracias a que un estudiante, de nombre Ephraim Briggs, se retrasó en su entrega. El título de ese único libro de John Harvard que sobrevivió a un incendio tan atípico y feroz como aquel, era La guerra del Cristianismo contra el Diablo, el mundo y la carne, de John Downame.
Audrey y Leo empezaron a colocar panfletos en las paredes y las inmediaciones del Harvard Hall. Tenían prisa pon terminar, porque después podrían volver al coche. Y, una vez en él, lo que restaba era más fácil: Zach daría unas vueltas por la zona mientras ellos dos lanzaban panfletos al suelo desde las ventanillas abiertas, como si fuera confeti.
– ¿Qué vas a hacer, Zach? -susurró Audrey, repentinamente alarmada.
En vez de colocar panfletos, su novio se había agachado junto a una de las ventanas del sótano, oculta por detrás de unos arbustos.
– ¡No! -gritó Leo.
Lo hizo en voz alta, a su pesar. No pudo evitarlo al ver lo que acababa de hacer Zach.
– Cállate… Imbécil.
Leo juró para sus adentros que si Zach volvía a decirle eso le partiría la cara. Fue un pensamiento rápido, casi inconsciente, porque estaba aterrorizado. Zach había envuelto un puño con su bufanda y había roto el cristal de la ventana. Y nada de ello entraba en los planes. No en los de Leo, al menos.
– ¿Tú sabías algo de esto? -le preguntó a Audrey.
– Zach, ¿adonde demonios vas?
La contestación de Audrey respondía a la pregunta de Leo. Ella estaba igual de sorprendida que su amigo.
– Este edificio va a arder por segunda vez -dijo Zach.
Había limpiado los restos de cristales del marco para iibnrse un hueco por el que entrar en el sótano de Harvard Hall. Antes de desaparecer en su interior, añadió:
– Eso sí que llamará la atención de nuestros compatriotas sobre Iraq, ¿no os parece?
Ellos no contestaron. Estaban demasiado aturdidos para pensar en una respuesta. Y lo peor es que no sabían qué hacer. Debían ir tras Zach e impedir que quemara el edificio. Eso parecía lo más correcto. Pero el deseo de huir era fuerte.
– Yo me largo de aquí-dijo Leo-. No quiero saber nada de esto.
– Espera, Leo… Yo…
Audrey aún no había decidido qué hacer. Vara eso necesitaba un poco más de tiempo y también que Leo no la dejara allí sola.
– ¿Hay alguien ahí?
La inesperada voz hizo que Audrey y Leo contuvieran el aliento. Vieron acercarse el haz de una linterna, y casi tropezaron el uno con el otro intentando escapar, cuando sus piernas les respondieron de nuevo. El guardia de segundad venía por Johnston Gate, a su izquierda, y la primera intención de Leo y Audrey fue salir corriendo en sentido contrario, hacia Hollis Hall. Pero se dieron cuenta a tiempo de que no llegarían a la esquina, antes de que el guardia apareciera. Por mero instinto, se lanzaron con sus bolsas hacia una caseta que tenían delante. Los dos sudaban a pesar del frío. Tuvieron suerte de que al guardia no lo acompañara un perro, porque, en ese caso, ya los habría descubierto. Audrey y Leo se asomaron con cautela para ver qué hacía el guardia, un hombre bajo y dueño de una voluminosa barriga. No estaba muy lejos de allí cuando oyó el grito de Leo y había venido a echar un vistazo. Esperaba encontrarse a algún estudiante borracho vagando por las cercanías del Harvard Hall. Por eso le preocupó descubrir los panfletos que los tres amigos habían estado pegando.
– ¿Pero qué diablos…? «Hoy morirán mil niños más en Iraq» -leyó el guardia en voz alta.
Se preocupó todavía más al inspeccionar el edifico y ver que una de las ventanas del sótano estaba rota. Aquello no era la obra de un borracho inconsciente. Quienquiera que fuese, se había molestado en abrir un hueco limpio de cristales por el que colarse en el edificio.
– Harry… -llamó por su walkie, e insistió al recibir un zumbido de estática por única respuesta-. Harry, ¿me oyes?… ¡Maldito cacharro!
El guardia subió a grandes zancadas las escaleras que llevaban hasta la puerta,. En unos pocos segundos consiguió encontrar la llave apropiada, abrir y entrar en Harvard Hall. Desde su escondrijo, Audrey y Leo vieron cómo iban encendiéndose luces sucesivamente, conforme el guardia, avanzaba por dentro del edificio. Pero llegó un momento, en el segundo piso, en que dejaron de encenderse.
– Lo ha descubierto… -dijo Audrey.
Leo la agarró por el brazo porque sabía lo que ella estaba a punto de hacer.
– Sólo conseguirás que os detengan a los dos.
– No puedo dejar que…
La frase de Audrey se quedó a medias, porque vio que las luces del Harvard Hall empezaban a apagarse de nuevo, una tras otra, en una sucesión opuesta a la anterior. La última en apagarse fue la luz de la entrada. Y de la oscuridad del interior surgió Zach.
– Tenéis que ayudarme. Ese tipo pesa por lo menos cien kilos.
Leo no pudo impedir esta vez que Audrey corriera hacia el edificio. Al llegar junto a su novio, vio que tenía sangre en la cara.
– ¿Qué ha pasado?… ¿Qué te ha hecho?
En un primer instante Zach pareció no entender a qué se refería. Luego, supo por la mirada de ella que tenía algo en la cara. Se pasó la mano por el pómulo y comprobó que estaba manchado de sangre.
– No es mía. Es de él.
– ¿Esa sangre es del guardia?
– ¿Preferirías que fuera mía?
– Yo sí-dijo Leo, que se les había unido-. ¿Qué le has hecho a ese pobre hombre?
– Tú, cállate, imbé…
El puñetazo de Leo le impactó a Zach en los labios. Un chorro de su propia sangre se mezcló con la del guardia, que aún le manchaba la cara.
– ¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar!
– ¡BASTA! -Si aquel grito de Audrey no había despertado a todo el campus de Harvard, nada podría hacerlo-. ¡Basta!
La serenidad de la noche volvió durante unos segundos, hasta que Zach dijo con voz amenazadora:
– Ya arreglaré cuentas contigo más tarde, cuando no esté ella para defenderte. Ahora tengo un edificio que quemar.
Zach entró de nuevo en Harvard Hall. Le había robado la linterna al guardia. Todo era oscuridad más allá del haz luminoso que partía de su mano.
– Se ha vuelto loco.
– No, Leo, no está loco. Es algo peor.
Audrey sabía de qué hablaba. Ella estaba estudiando para convertirse algún día en psiquiatra. Y ya había aprendido a distinguir a un loco de un fanático.
El cuarto de baño de Audrey apestaba a vómitos y a alcohol, aunque había tirado ya tres veces de la cadena e intentado limpiar con papel higiénico la porquería esparcida por el suelo. «¡Que se joda!», dijo con voz pastosa. El comentario no eramás que un modo de demostrar su frustración, hasta que se dio cuenta de que su adorada asistenta tendría que limpiar al día siguiente aquel desastre.
– Sí, ¡que se joda!
El espejo del cuarto de baño reflejó una sonrisa desagradable.
– A tu salud, Aufdrey.
En ningún momento había soltado el vaso de whiskey, que se le derramó encima casi por completo cuando trató de beberlo.
Audrey suspiró de alivio al comprobar que el guardia tenía pulso. Estaba inconsciente, derrumbado en el suelo entre unas sillas. La luz de la linterna iluminó la parte metálica de una de ellas, en la que podía verse un mechón de cabello negro, adherido por una costra de sangre coagulada.
– Está vivo, pero quizá tenga una hemorragia cerebral, o puede que… ¡Dios, ¿yo qué sé?! ¿Cómo has podido, Zach?
– Cuando se despierte, sólo tendrá un buen dolor de cabeza -dijo Zach desde un rincón de la oscura sala-. No le he dado tan fuerte. No te preocupes por él.
El aire se llenó de pronto de un olor intenso, similar al de la gasolina, pero con alguna clase de perfume añadido.
– ¿Qué es eso? -preguntó Leo, alarmado.
Había estado sosteniendo la linterna mientras Audrey examinaba al guardia, y ahora la enfocó en dirección a Zach. Lo vieron moviéndose frenéticamente de un lado para otro, al tiempo que lanzaba por todas partes chorros de líquido inflamable para encender barbacoas. Zach no iba a desistir. Realmente pretendía pegarle fuego a Harvard Hall. Y era un plan premeditado. De eso ya no cabían dudas.
– Lo cogiste de la habitación, ¿verdad? -preguntó Audrey, aunque sabía ya la respuesta-. Cuando dijiste que ibas al cuarto de baño.
Zach estaba de espaldas a ellos, echando el resto del líquido inflamable sobre las bolsas con lo que quedaba de sus panfletos.
– Eres una chica lista, Audrey. Eso es lo que más me gusta de ti.
– Vamonos -le dijo Audrey a Leo-. Ayúdame a sacarlo de aquí.
No estaba segura de que ella y Leo fueran capaces de transportar al pesado guardia, pero iba a intentarlo.
– Esperaré a que estéis fuera -dijo Zach, que no se ofreció a ayudarles.
Tenía prisa por ver ardiendo el Harvard Hall. Había sacado un mechero Zippo del bolsillo, y jugueteaba peligrosamente con él por encima de los panfletos empapados de líquido inflamable.
Audrey se colocó en la parte de la cabeza del guardia y Leo en la de los pies. Luego, éste dijo:
– Lo levantamos a la de tres. Una, dos y…
– ¡AAAH!
Los ojos que el guardia acababa de abrir miraron a Audrey. El grito de ella retumbó en la habitación, y el sobresalto hizo que a Zach se le escapara el Zippo de las manos. Se oyó un ruido como de succión, justo antes de que los papeles y todo a su alrededor comenzara a arder con una violencia súbita y brutal. Un chorro ardiente de calor les golpeó en la cara. El guardia se revolvió para levantarse y luego se alejó de Audrey entre bamboleos. La herida de su cabeza empezó a sangrar de nuevo. Estaba desorientado, con los ojos casi en blanco. Abrió la boca como para decir algo, pero de ella no salió más que una especie de lamento inarticulado. Ese lamento se convirtió en un grito desgarrador con el que Audrey aún se despertaba a menudo en mitad de la noche.
Las piernas del hombre estaban ardiendo. Se había detenido sobre un pequeño charco de líquido inflamable que unas llamas habían alcanzado. El fuego le subió deprisa por el tronco, hasta su cara. Y el hombre no paraba de gritar y gritar, cada vez más alto. Al olor del líquido le sustituyó entonces un hedor funesto, dulzón, que hizo vomitar a Leo.
No hicieron nada para intentar salvar al guardia. Lo vieron arder y no hicieron nada. Ninguno de los tres era capaz de moverse. Ni siquiera para huir. Aquella forma horrenda de morir los tenía hechizados. El rechoncho rostro del guardia se transformó. La boca y las cuencas de sus ojos se convirtieron en huecos oscuros. «Una calabaza --pensó Audrey, casi delirando-. Es como una calabaza de Hallo-ween.»
– ¡Fuera!
Ese grito de Zach los salvó. Fue lo único bueno que hizo en toda esa noche maldita.
Salieron del edificio acompañados por el ruido ensordecedor de la alarma de incendios. No tardaron en encenderse varias luces a su alrededor. Los gestos somnolientos de las caras que asomaban por las puertas se convertían casi al instante en otros de alarma. «¡Fuego!», se oía gritar cada vez a más voces. El Harvard Hall ardía de un extremo a otro.
Ignoraban si alguien los había reconocido, porque ya no llevaban puestos los pasamontañas. Aunque en este momento no era ésa su mayor preocupación. Querían alejarse lo más rápido posible. No del fuego, sino de aquel pobre hombre ardiendo. Y de sus gritos, que ya debían de haber cesado para siempre.
Huyeron sin pensar adonde iban. Por eso, en vez de dirigirse de vuelta al coche, corrieron en sentido contrario. No se dieron cuenta hasta que apareció ante ellos la estatua de John Harvard. Leo no se acercó esta vez para tocarle el pie en busca de suerte. Nunca más volvió a hacerlo después de aquella noche.
El rostro de la estatua pareció observarlos con una severidad que antes no mostraba. Había en él una recriminación muda por lo que habían hecho y por la mentira bajo la que tendrían que ocultarlo durante el resto de sus vidas. Una mentira más para la «Estatua de las Tres Mentiras», sobre cuya cabeza ondeaba la bandera con el escudo de Harvard y su lema: «VERITAS», la Verdad.