"616. Todo es infierno" - читать интересную книгу автора (Zurdo David, Gutiérrez Ángel)Capítulo 3 El Centro Médico de St. Elizabeth, al que todos conocían afectuosamente por St. E's, tenía casi ciento cincuenta años de historia, pero su esencia continuaba siendo la misma: servir a los más pobres y necesitados. Era allí donde ingresaron a Daniel, el anciano jardinero del convento donde había ocurrido un incendio terrible y devastador dos semanas antes. Pasado ese tiempo, nadie parecía aún saber si Daniel iba a salvarse o no. Había sufrido quemaduras en los brazos y las manos, aunque sus pulmones se llevaron la peor parte. Consiguiera o no sobrevivir, los médicos afirmaban que nunca se recobraría del todo y que tendría problemas para respirar en adelante. Joseph, el bombero que le salvó la vida no se había decidido a ir a verlo hasta entonces, aunque se sentía obligado a hacerlo. Arrancar a alguien de las llamas de un incendio y devolverle al mundo de los vivos es un acto generoso, pero supone también una carga pesada. Al final, el salvador acaba siempre con la sensación de que le debe algo al salvado, quizá por haberlo forzado a seguir viviendo una vida que no siempre es fácil. Después de preguntar en la recepción por la zona de cuidados intensivos, se dirigió hacia ella. Aquel lugar le provocaba escalofríos. Había una calma absoluta, que, sm embargo, no inspiraba el menor sosiego. Era la falta de vida, el hecho de estar entre ella y la muerte, la razón de aquel pesado silencio. Sólo lo interrumpían sonidos inquietantes: el murmullo de los respiradores artificiales, el lejano ping de una máquina que marcaba un ritmo cardíaco mortecino, los pasos acelerados de una enfermera, el sonido metálico de un teléfono… El bombero se asomó a una de las habitaciones. No era la de Daniel. Se le aceleró el pulso al ver el estado de quien se encontraba en ella. «Mierda», dijo para sus adentros. La impresión le hizo volverse bruscamente, y no pudo evitar estrellarse contra una enfermera. – Lo siento, perdóneme -se disculpó. – ¿Se encuentra usted bien? Eso lo preguntó la enfermera, que ni siquiera se quejó por el encontronazo, al ver el rostro intensamente pálido del bombero. – Sí, gracias. Es sólo que… Bueno… -El bombero señaló con el pulgar hacia atrás. – Los quemados son los peores… Por supuesto que sí. ¿Qué le iba a contar a él? Pero una cosa era encontrárselos en el fragor del incendio, con la adrenalina amortiguando las emociones, y otra muy distinta era verlos así, con el ánimo frío. – Yo venía a visitar al señor… eh… Me temo que no sé su apellido. Pero sí que se llama Daniel. La expresión preocupada de la enfermera dio paso a otra severa y llena de desconfianza. – No será usted uno de esos abogados, ¿verdad? En su boca, la palabra abogado sonó como la más infecta y contagiosa de las enfermedades. El bombero imaginaba qué abogados eran esos a los que ella se refería: los que rondan como alimañas los hospitales, y hasta las agencias funerarias, buscando algún cliente y alguien a quien demandar en su nombre o en el de sus familiares. – Oh, no, no. Yo soy bombero. Saqué a Daniel de allí, ¿sabe? De aquel incendio. – Ya. ¿Y tiene usted alguna clase de identificación? El bombero revolvió torpemente uno de sus bolsillos. Por fin encontró su cartera., de la que extrajo un carné. – Aquí está. – Joseph Nolan, departamento de bomberos de Boston -leyó la mujer-. Muy bien, señor Nolan, puede usted ver a Daniel. Está en la habitación número dos. Le digo lo mismo que le dije a la visita que está ahora con él: no se entretenga mucho. Aquí, todos necesitan descanso. – Claro, no se preocupe. Así es que Daniel tenía una visita… Una de las monjas, seguramente. Por lo que el bombero sabía, ellas eran la única familia -por así decirlo- que le quedaba en el mundo. La madre del jardinero lo abandonó cuando contaba sólo unos pocos meses de vida. Lo dejó a las puertas del convento de las Hijas de la Caridad que acababa de ser devorado por el fuego. Nunca se llegó a descubrir la identidad de esa mujer, o la razón por la que abandonó a su hijo. La única pista era una pequeña nota manuscrita en la que la madre decía: «Por favor, tengan piedad y cuiden de mi hijo. Él no tiene la culpa de mis pecados. Es muy bueno. Casi no llora. Se llama Daniel». Las monjas lo acogieron, como les pidió la madre. Lo hicieron sin formular preguntas, y no sólo porque no tuvieran a quién hacérselas: ellas no juzgaban a nadie; se limitaban a servir a Dios y a sus más desfavorecidas criaturas. Pronto quedó claro que el niño no era del todo normal. Un médico que lo examinó llegó a la conclusión de que sufría un retraso mental considerable. En esas condiciones, la adopción de Daniel por parte de una familia convencional, que habría sido lo mejor, resultó imposible. Y entonces las propias monjas decidieron que se quedara con ellas. Le dieron un hogar y también su comprensión y su amor. E incluso, cuando tuvo edad para ello, un trabajo de jardinero en el convento. Eran los ángeles guardianes que velaban por Daniel. Esto es lo que percibió nítidamente el bombero al ver a una monja anciana junto a su cama, que le agarraba con cariño la mano. Parado en el umbral de la puerta, no queriendo molestar, oyó rezar a la monja: El bombero sentía ahora una opresión en el pecho aún mayor de la que lo acompañaba desde que llegó al hospital. Dudó un momento, dio la vuelta sin haber entrado en la habitación y se marchó volviendo sobre sus pasos. Su padre, un bombero al igual que Joseph, murió en una unidad de quemados no muy distinta de aquella. Era un hombre fuerte, lleno de energía, pero el último aliento no le bastó para conseguir pronunciar una sola palabra. Este sitio le traía demasiados recuerdos dolorosos, que un hombre hecho y derecho como él no era siempre capaz de soportar. Quizá al día siguiente pudiera. Eso esperaba, porque le debía a Daniel una visita. Y aún tenía en casa la pequeña maceta y el palo seco que el viejo había denominado «su rosa». Esa noche, una enfermera de guardia en Cuidados Intensivos estaba haciendo su primera ronda nocturna. Hasta el momento todo se encontraba en orden. También Daniel, que dormía profundamente. Siguiendo la rutina habitual, ella comprobó que el respirador funcionaba bien, y verificó también la tensión, la velocidad del goteo y la saturación del oxígeno en sangre, entre otras constantes vitales. Sin problemas. Eran correctas dentro de lo que cabía esperar. El pulso de Daniel mostraba una cadencia algo irregular, pero eso no era preocupante, dadas las circunstancias. La enfermera se quedó mirando durante unos segundos el arrugado rostro del anciano y, en un gesto maternal, lo arropó con las sábanas. No es que temiera que el paciente se enfriara -los Cuidados Intensivos eran un auténtico invernadero-, pero más valía prevenir. Abandonó la sala tras un último vistazo y, satisfecha, prosiguió con su ronda. Por eso no vio que el ritmo del corazón de Daniel empezaba a aumentar de repente. Los picos verdes del monitor se hicieron más rápidos. Sólo un poco más rápidos. Todavía. – Mi rosa -murmuró Daniel en sueños. La enfermera continuaba con su ronda, ajena a las palabras de Daniel y su sueño, así como al aumento progresivo del batir de su corazón. – No, no… -gimió Daniel aún en sueños. – ¡NOOOOO! El alarido retumbó en toda la planta del hospital, y la alarma del monitor se disparó en la central remota de control. Menos de diez segundos después entraron atropelladamente en la sala un médico y dos enfermeras. El monitor cardíaco marcaba ahora trescientas quince pulsaciones por minuto. – ¡Va a reventarle el corazón! -gritó el médico- ¡0,5 miligramos de Esmolol por kilo! ¡A chorro! ¡Y que alguien apague esa alarma! |
||
|