"Las fuerzas del mal" - читать интересную книгу автора (Walters Minette)

Catorce

– ¿Adónde rayos crees que vas? -masculló Fox mientras agarraba a Wolfie por el pelo y lo obligaba a darse la vuelta.

– A ninguna parte -respondió el niño.

Se había movido tan sigilosamente como una sombra, pero Fox lo había hecho aún con más sigilo. No había nada que pudiera haber alertado a Wolfie de la presencia de su padre detrás del árbol, pero Fox lo había oído. Del centro del macizo boscoso llegaba el zumbido alto y persistente de una sierra de cadena que ahogaba los demás sonidos, así que ¿cómo había oído Fox la llegada sigilosa de Wolfie? ¿Acaso era un mago?

Cubierto con la capucha y una bufanda, Fox miraba las ventanas abiertas de la terraza más allá del césped, donde el anciano y las dos personas que Wolfie había visto antes buscaban el origen del ruido. La mujer -porque no había manera de confundir su sexo sin gorro y sin el voluminoso jersey- salió por la puerta y se llevó un par de binoculares a los ojos.

– Por allí -pronunciaron claramente sus labios mientras bajaba los binoculares y señalaba entre los árboles desnudos hacia el sitio donde trabajaba el grupo con la sierra de cadena.

Ni siquiera la vista aguzada de Wolfie podía distinguir las figuras de chaquetas negras sobre el fondo oscuro de los troncos serrados, y se preguntó si la mujer sería también un mago. Abrió mucho los ojos cuando el anciano salió para unirse a ella y examinó lentamente la fila de árboles donde él y Fox se escondían. Percibió cómo Fox retrocedía al abrigo del tronco antes de que su mano lo hiciera volverse y le cubriera el rostro con la basta sarga de su abrigo.

– Silencio -susurró Fox.

De todas maneras, Wolfie se hubiera quedado en silencio.

No había modo alguno de confundir con otra cosa el bulto del martillo en el bolsillo de la chaqueta de Fox. Por mucho miedo que le tuviera a la navaja, aún temía más al martillo y no sabía por qué. Pensó que era algo que había soñado, pero no podía recordar cuándo ni de qué iba el sueño. Con cuidado para que Fox no se diera cuenta retuvo el aliento, ganando así un espacio entre su cuerpo y la chaqueta.

La sierra de cadena tosió de repente y quedó en silencio, y las voces que llegaban de la terraza de la mansión se oyeron con claridad al otro lado del césped.

– … parece haberle contado un montón de idioteces a Eleanor Bartlett. Estuvo repitiendo las palabras «terra nullius» y «teoría de Locke» como si fuera un mantra. Posiblemente se lo oyó a los nómadas, porque es poco probable que ella conozca esos términos. De hecho, son bastante arcaicos.

– ¿Tierra de nadie? -preguntó ella-. ¿Puede aplicarse?

– No lo creo. Es una cuestión de posesión. En términos más sencillos, los primeros que llegan a una tierra deshabitada pueden reclamarla a nombre de su garante, habitualmente un rey. Me cuesta imaginar que pueda aplicarse a una tierra en disputa en la Inglaterra del siglo veintiuno. Los solicitantes obvios son James o Dick Weldon… o el pueblo, sobre la base del uso comunitario.

– ¿Qué es la teoría de Locke?

– Un concepto similar de propiedad privada. John Locke era un filósofo del siglo diecisiete que sistematizó las ideas de propiedad. El primer individuo que llegaba a un sitio adquiría unos derechos sobre el lugar que podían ser vendidos después a otros. Los primeros colonos en América utilizaron ese principio para cercar terrenos que nunca antes habían conocido límites, y el hecho de que pertenecieran a los pueblos indígenas que no aplicaban el concepto de lindes nunca se tuvo en cuenta.

Otro hombre habló, era una voz más suave, más vieja.

– Algo parecido a lo que están intentando esas personas. Toma lo que puedas sin tener en cuenta las prácticas establecidas de la comunidad que existe en el lugar. ¿No es interesante? Sobre todo porque es probable que se consideren a sí mismos indios nómadas en sintonía con la tierra y no vaqueros violentos que intentan explotarla.

– ¿Podrán salirse con la suya? -preguntó la mujer.

– No veo cómo -dijo el anciano-. Ailsa registró el Soto como lugar de interés científico cuando Dick Weldon trató de anexionarlo a sus propiedades, por lo que cualquier intento de talar los árboles hará que la policía acuda con mayor diligencia que si hubieran acampado en mi césped. Ella temía que Dick hiciera lo mismo que sus predecesores y destruyera un antiguo habitat natural a fin de adquirir media hectárea más de tierra de labranza. Cuando yo era pequeño, ese bosque se extendía casi un kilómetro hacia el oeste. Ahora eso parece increíble.

– James tiene razón -dijo el otro hombre-. Casi todo el mundo en este pueblo, hasta los que vienen los fines de semana, puede demostrar que la tierra se utilizó antes de que apareciera ese grupo ahí. Quizá tardemos en echarlos y el escándalo sea mayúsculo… pero a corto plazo podremos impedirles que derriben los árboles.

– No creo que sea eso lo que estén haciendo -dijo la mujer-. Por lo que he podido ver están serrando la madera muerta que hay sobre el terreno… o lo seguirán haciendo si la sierra no se les ha roto. -Hizo una pausa-. Me pregunto cómo supieron que podía valer la pena intentarlo con esa parcela. Si la propiedad de Hyde Park estuviera en disputa, eso sería noticia… pero ¿Shenstead? ¿Quién ha oído mencionar el lugar?

– Aquí viene mucha gente a pasar los fines de semana -dijo el anciano-. Algunos vienen año tras año. Quizás alguno de esos individuos vino aquí cuando era niño.

Hubo un largo silencio antes de que el primer hombre volviera a hablar.

– Eleanor Bartlett dijo que sabían los nombres de todos… al parecer hasta el mío. Eso sugiere una investigación muy meticulosa o alguien de aquí que los ayuda pasándoles información. Ella estaba muy molesta ignoro por qué razón, y por eso no estoy seguro de en qué medida debo creerla, pero estaba convencida de que han estado haciendo averiguaciones sobre el pueblo.

– Eso tendría sentido -dijo la mujer-. Hay que ser idiota para no reconocer antes un lugar que se va a invadir. ¿Ha visto a extraños por aquí, James? Ese bosquecillo es un escondite perfecto, sobre todo la elevación a la derecha. Con un buen par de binoculares es probable que se pueda ver la mayor parte del pueblo.

Apercibido de que Fox estaba concentrado en lo que decían, Wolfie volvió con cuidado la cabeza para cerciorarse de que no se perdía nada. Algunas de las palabras eran demasiado complicadas para su comprensión, pero le gustaban las voces. Incluso la del asesino. Parecían actores, igual que Fox, pero le gustaba más la voz de la dama porque había en ella una suave cadencia que le recordaba a la de su madre.

– Sabe, Nancy, creo que he sido un tonto -dijo después el anciano-. Pensé que mis enemigos estaban muy cerca de mi casa… pero me pregunto si tiene usted razón… me pregunto si son ellos los que han mutilado a los zorros de Ailsa con esa crueldad exacerbada. Es algo enfermizo: hocicos aplastados y colas cortadas mientras los pobrecillos aún estaban vi…

Por alguna razón incomprensible para él, el mundo de Wolfie estalló de repente en un torbellino de movimientos. Unas manos le taparon los oídos dejándolo sordo antes de que lo levantaran cabeza abajo y fuera a parar al hombro de Fox. Desorientado, sollozando de miedo, se lo llevaron corriendo a través del bosque y lo lanzaron al suelo frente a una hoguera. La boca de Fox se pegó a su rostro, mascullando palabras que sólo podía oír parcialmente.

– ¿Has… observando? Esa mujer… ¿cuándo… aquí? ¿…qué dijeron? ¿Quién es Nancy?

Wolfie no tenía idea de cuál era la causa del cabreo de Fox, pero sus ojos se abrieron cuando lo vio buscar la navaja en el bolsillo.

– ¿Qué demonios estás haciendo? -exigió Bella airada, empujando a Fox y agachándose al lado del niño aterrorizado-. Por Dios, es un niño. Míralo, está fuera de sí.

– Lo pesqué tratando de colarse en la mansión.

– ¿Y qué?

– No quiero que nos jorobe.

– ¡Dios mío! -gruñó la mujer-. ¡Y crees que la manera de hacerlo es metiéndole miedo en el cuerpo! Ven aquí, cariño -dijo, tomando a Wolfie en sus brazos y poniéndose de pie-. Este niño es un saco de piel y huesos -acusó a Fox-. No lo alimentas bien.

– La culpa es de su madre por abandonarlo -dijo Fox con indiferencia, sacando del bolsillo un billete de veinte libras-. Aliméntalo tú. Yo no estoy para esas cosas. Con esto bastará por un tiempo.

Fox metió el billete entre el brazo de la mujer y el cuerpo del niño.

Bella lo miró con suspicacia.

– ¿Cómo es que de repente tienes tanto dinero?

– Eso no es de tu incumbencia. Y tú -dijo, agitando un dedo bajo la nariz de Wolfie-, si vuelvo a verte cerca de ese lugar desearás no haber nacido.

– Yo no quería hacer nada malo -gimió el niño-. Sólo estaba buscando a mamá y al Cachorro. Tienen que estar en alguna parte, Fox. Tienen que estar en alguna parte…


Bella mandó callar a sus tres niñas mientras ponía delante de cada una un plato de espagueti a la boloñesa.

– Quiero hablar con Wolfie -dijo, sentándose al lado del chico y alentándolo a comer.

Sus hijas contemplaron solemnemente al extraño antes de inclinarse obedientes sobre su comida. Una parecía mayor que Wolfie pero las otras dos tenían más o menos su edad y eso hacía que sintiera vergüenza de estar entre ellas porque se daba cuenta de lo sucio que estaba.

– ¿Qué le pasó a tu mamá? -preguntó Bella.

– No sé -musitó mirando su plato.

Ella tomó el tenedor y la cuchara y los puso en las manos del niño.

– Vamos, come. No es una limosna, Wolfie. Fox lo pagó, no lo olvides, y se pondrá rabioso como un hurón si no recibe lo que ha pagado. Buen chico -le dijo con aprobación-, tienes que crecer mucho. ¿Cuántos años tienes?

– Diez.

Bella se horrorizó. Su hija mayor tenía nueve años y tanto la estatura como el peso de Wolfie estaban muy por debajo de los de ella. La última vez que lo vio, en verano, en Barton Edge, Wolfie y su hermanito casi nunca salían de debajo de las faldas de su madre. Bella creyó que su timidez se debía a la edad, calculando que Wolfie tendría seis o siete años y su hermanito tres. La madre era tímida, sin duda, pero Bella no podía recordar en este momento cómo se llamaba en caso de que alguna vez lo hubiera sabido.

Contempló cómo el niño se llevaba el alimento hacia la boca como si no hubiera comido nada en semanas.

– ¿El Cachorro es tu hermano?

– Sí.

– ¿Cuántos años tiene?

– Seis.

¡Cristo bendito! Quería preguntarle si lo habían pesado alguna vez, pero no deseaba asustarlo.

– ¿Alguno de vosotros ha ido a la escuela, Wolfie? ¿O los maestros nómadas se ocupaban de vosotros?

Bajó la cuchara y el tenedor y sacudió la cabeza.

– Fox dijo que no tenía sentido. Mamá nos enseñó a leer y escribir. A veces íbamos a bibliotecas -contó-. Me gustan los ordenadores. Mamá me enseñó a navegar en la red. He aprendido muchas cosas ahí.

– ¿Y el médico? ¿Habéis ido alguna vez al médico?

– No. Nunca están enfermos. -Hizo una pausa-. Nunca hemos estado enfermos -se corrigió.

Bella se preguntó si tendría una partida de nacimiento, si las autoridades conocían su existencia.

– ¿Cómo se llama tu madre?

– Vixen [13].

– ¿Tiene algún otro nombre?

El niño habló con la boca llena.

– ¿Quieres decir algo así como Evil? Una vez se lo pregunté y ella me dijo que sólo Fox era Evil.

– Algo así. Quería decir un apellido. El mío es Preston. Entonces, yo soy Bella Preston. Mis hijas son Tanny, Gabby y Molly Preston. ¿Tu madre tenía apellido?

Wolfie sacudió la cabeza.

– ¿Fox la llamaba por algún otro nombre que no fuera Vixen?

Wolfie miró a las niñas.

– Sólo «perra» -dijo antes de volverse a llenar la boca.

Bella sonrió porque no quería que los niños supieran cuán preocupada estaba. Fox tenía un comportamiento distinto al que había mostrado en Barton Edge y ella no era la única del grupo que pensaba que el hombre seguía ahora una agenda diferente de la que había propuesto cinco meses atrás con relación a la posesión hostil. En aquel momento se centraba exclusivamente en la familia.

«Hay más probabilidades que cuando uno compra un cupón de lotería, que son de catorce millones contra uno, y es igual de legal -les había dicho Fox-. En el peor de los casos, nos quedaremos en el mismo sitio todo el tiempo que necesiten las partes interesadas para promover una acusación contra nosotros… el tiempo suficiente para que los niños puedan inscribirse en la consulta de un médico e ir a una escuela decente… unos seis meses… quizá más… En el mejor de los casos se podrá conseguir una casa. Yo diría que vale la pena probarlo.»

Nadie creyó que fuera a ocurrir. Al menos, Bella no. Lo más que podía esperar era que el concejo local los alojara en alguna propiedad en ruinas, y para ella eso resultaba menos atractivo que seguir en la carretera. Quería para sus niñas libertad y seguridad, no la influencia corruptora de vándalos y delincuentes en una olla a presión de pobreza y crimen. Pero Fox fue lo bastante convincente para persuadir a algunos de ellos de que había que intentarlo.

«¿Qué tenéis que perder?», les había preguntado.

Bella había coincidido con él una vez más después de Barton Edge y antes de formar el convoy la noche anterior. El resto de los arreglos se hizo por teléfono o por radio. A nadie se le informó de dónde estaba la parcela baldía salvo que se encontraba en algún sitio en el sudoeste, y la única reunión celebrada fue para tomar la decisión final sobre quiénes participarían. Sólo se tomaría en consideración a personas con niños. Bella le había preguntado quién le había dado el derecho a actuar como Dios, y la respuesta fue:

«Porque soy el único que sabe adónde vamos.»

La sencilla lógica de su selección fue que no existieran alianzas dentro del grupo para que su liderazgo fuera incuestionable. Bella había argumentado en contra de eso. Su punto de vista era que un grupo unido de amigos conformaría una fuerza más poderosa que un dispar grupo de extraños, pero al recibir un brutal ultimátum -«lo tomas o lo dejas»-, había capitulado. ¿Acaso no valía la pena intentar cualquier sueño, aunque fuera una quimera?

– ¿Fox es tu padre? -preguntó a Wolfie.

– Creo que sí. Mamá dijo que lo era.

Bella pensó en eso. Recordaba a la madre decir que Wolfie había salido al padre, pero no lograba encontrar ningún parecido entre el niño y Fox.

– ¿Siempre has vivido con él? -inquirió.

– Creo que sí, salvo cuando se marchó.

– ¿Adónde fue?

– No sé.

«A la cárcel», pensó Bella.

– ¿Cuánto tiempo estuvo fuera?

– No sé.

Ella rebañó la salsa del plato del niño con un trozo de pan y se lo dio.

– Has vivido siempre en la carretera.

Se embutió el trozo de pan en la boca.

– No estoy seguro del todo.

Tomó la olla de encima de la hornilla y la puso delante de Wolfie con más pan.

– También puedes rebañar esto, cariño. Tienes mucha hambre, se nota. -Lo miró poner manos a la obra, preguntándose cuándo había sido la última vez que había comido decentemente-. ¿Cuánto hace que tu madre se marchó?

Esperaba otra respuesta escueta, pero esta vez recibió un torrente de palabras.

– No lo sé, no tengo reloj y Fox nunca me dice qué día es. Dice que eso no tiene importancia pero para mí, sí. Ella y el Cachorro se fueron una mañana. Creo que hace semanas. Fox se cabrea si pregunto. Dice que me abandonó, pero yo pienso que no es verdad porque siempre era yo el que la buscaba. Creo que huyó de él. Ella le tenía mucho miedo. Él no le… -se corrigió-, a él no le gusta que la gente le discuta. Tampoco se puede hablar mal -dijo, y de repente pasó a imitar a Fox-: Es gramática incorrecta y a él no le gusta.

Bella sonrió.

– ¿Tu madre también habla como los pijos?

– ¿Quieres decir como en el cine?

– Sí.

– A veces. Pero no habla mucho. Siempre soy yo el que habla con Fox porque ella se asusta.

Bella retomó mentalmente a la reunión de selección celebrada hacía cuatro semanas. ¿Estaba allí la mujer?, se preguntó. Le costaba trabajo acordarse. Fox era tan dominante que tendía a ocupar todos los pensamientos. ¿Le había importado a Bella que la madre del niño estuviera allí? No. ¿Le había importado que los niños estuvieran a la vista? No. A pesar de cuestionar el derecho de Fox al liderazgo, le pareció que su certeza era emocionante. Era un hombre que podía hacer que las cosas sucedieran. Un hijo de puta, sí, alguien con quien no querría cruzarse en un mal momento, pero un hijo de puta visionario…

– ¿Qué hace cuando la gente le discute? -preguntó a Wolfie.

– Saca la navaja.


Julian cerró el portón del remolque de Bouncer y después fue a buscar a Gemma, cuyo remolque estaba estacionado a unos c:uarenta metros. Era la hija de uno de los arrendatarios del valle de Shenstead y la pasión que sentía Julian hacia la joven era tan intensa como la de cualquier sesentón hacia una mujer complaciente en la flor de la vida. Era lo suficientemente realista para darse cuenta de que todo aquello tenía que ver con el cuerpo juvenil de la mujer y su libido sin inhibiciones como con el deseo de conversar, pero para un hombre de su edad, casado con una mujer que había perdido sus atractivos mucho tiempo atrás, la combinación de sexo y belleza era un poderoso estímulo. Hacía muchos años que no se sentía tan en forma y tan joven.

De todos modos, la alarma de Gemma cuando se dio cuenta de que Eleanor la había llamado lo sorprendió. Su propia reacción había sido de alivio, por fin había saltado la liebre, y jugó incluso con la fantasía de que Eleanor hubiera podido marcharse antes de que él llegara a la casa, dejando una nota insultante en la que le decía lo cabrón que había sido. La culpa nunca le había resultado incómoda, quizá porque no había sufrido la traición. De todos modos, algo le recordaba que la realidad se materializaría en pataletas. ¿Le importaba? No. A su manera, despreocupada y alienada -su primera esposa siempre se había referido a eso como a «cosas de hombres»-, asumía que, al igual que él, Eleanor no querría prolongar un matrimonio sin sexo.

Encontró a Gemma junto a su coche, furiosa.

– ¿Cómo puedes ser tan idiota? -le preguntó, mirándolo fijamente.

– ¿Qué quieres decir?

– Has dejado mi número escrito en alguna parte.

– No lo he hecho. -En un intento poco afortunado de eludir la ira de la joven Julian le pasó el brazo por la cintura-. Ya sabes cómo es Eleanor. Lo más probable es que haya revisado mis cosas.

Gemma le apartó el brazo.

– La gente nos está mirando -le avisó, mientras se quitaba la chaqueta.

– ¿A quién le importa?

Ella dobló la chaqueta y la puso en el asiento trasero de su furgoneta Volvo.

– A mí -dijo, tensa, mientras lo rodeaba para comprobar el estado de la barra de sujeción del remolque-. En caso de que no lo hayas notado, la puñetera periodista está a quince metros y ver mañana en la prensa una foto en la que me estás magreando no va a ayudar en nada. Eleanor tendría que ser estúpida para no sumar dos y dos si la ve.

– Ahorraré tiempo de explicaciones -dijo él con displicencia.

– ¿Explicaciones a quién? -dijo ella lanzándole una mirada calcinante.

– A Eleanor.

– ¿Y mi padre? ¿Tienes idea del cabreo que pillará por esto? Tengo la esperanza de que la zorra de tu mujer no le haya telefoneado aún para decirle lo puta que soy, sabiendo lo conmovedora que puede ser en lo que tan bien sabe hacer. -Exasperada, dio un pisotón-. ¿Estás seguro de que no hay nada en tu casa con mi nombre?

– Estoy seguro. -Julian se pasó una mano por la nuca y miró hacia atrás. La reportera miraba hacia otra parte, más interesada en cómo se organizaban los cazadores que en ellos-. ¿Por qué te preocupa tanto lo que piense tu padre?

– Sabes por qué -le espetó ella-. Yo no podría montar a Monkey Business sin su ayuda. Ni siquiera puedo permitirme mantener un caballo con mi miserable salario de secretaria. Nadie podría. Papá lo paga todo… hasta el puñetero coche… así que, a no ser que me estés prometiendo ocuparte de todo, lo mejor será que te cerciores de que Eleanor mantenga la boca cerrada. -Suspiró con irritación ante la súbita expresión atribulada de él-. ¡Oh, por Dios! -siseó entre dientes-. ¿No ves que esto es un puñetero desastre? Papá espera un yerno que le ayude en la granja, no alguien que tiene su misma edad.

Nunca antes la había visto enojada, y de un modo horrible le recordaba a Eleanor. Rubia y hermosa, y lo único que le interesaba era el dinero. Las dos eran clones de su primera esposa, que siempre había querido más a sus hijos que a él. Julian era un hombre de pocas ilusiones. Por la razón que fuera, las rubias treintañeras desesperadas lo atraían… y él las atraía. Era algo que no podía explicar, de la misma forma que no podía explicar cómo se obsesionaba tan rápidamente con ellas.

– Tarde o temprano iba a descubrirse -murmuró-. ¿Qué planeabas decirle a tu padre entonces?

– Sí, claro, así es. Sería yo la que iba a tener que hablar con él, pero esperaba que pudiéramos hacerlo con más tacto, poder darle la noticia con delicadeza. Ya sabes… -dijo con impaciencia-. ¿Por qué crees que siempre te digo que tengamos cuidado?

Julian no había pensado mucho en ello, simplemente esperaba el momento y el lugar donde tendrían el próximo encuentro sexual. Los detalles técnicos carecían de importancia siempre que Gemma siguiera concediéndole su cuerpo para que él sintiera placer. Toda discreción mostrada había sido en aras de sí mismo. Había vivido lo suficiente para saber que no valía la pena enseñar las cartas si no tenía una buena mano y no pretendía arriesgarse a caer bajo la bota de Eleanor durante el resto de su vida si le agitaba a Gemma delante de las narices y la chica decidía largarse.

– Entonces, ¿qué quieres que haga? -preguntó, sumiso.

Le preocupaba lo que ella había dicho sobre las esperanzas que Peter Squires depositaba en un futuro yerno. Sí, él quería librarse de Eleanor pero también quería mantener la situación actual con Gemma. Momentos robados de sexo entre el golf y las copas que daban vuelo a su vida pero que no conllevaban responsabilidades. Estaba harto de los matrimonios, había tenido hijos, y nada de eso le atraía. Por otra parte, una amante era algo muy atractivo… hasta que sus exigencias se volvieran excesivas.

– Por Dios, odio cuando los hombres hacen eso. ¡No soy tu puñetera niñera, Julian! Tú nos has metido en este lío, y tú nos vas a sacar de él. No soy yo quien ha dejado por ahí mi número de teléfono. -Se dejó caer en el asiento del conductor y puso en marcha el motor-. No voy a abandonar a Monkey Business… así que si papá se entera de esto… -Se interrumpió molesta, poniendo la primera marcha del Volvo-. Podemos dejar a Monkey en tu establo cuando Eleanor no esté. -Cerró la portezuela de un tirón-. Ya me dirás algo -le dijo por la ventanilla antes de marcharse.

La siguió con la vista mientras ella giraba hacia la carretera principal. Se metió las manos en los bolsillos y echó a andar hacia su coche. Para Debbie Fowler, que había observado el contratiempo de reojo, el lenguaje corporal lo decía todo. Un romance entre un viejo guarro que se ponía Grecian 2000 y una muñequita consentida cuyo reloj biológico estaba a punto de detenerse.

Se volvió hacia una de las cazadoras que estaba de pie a su lado.

– ¿Sabe cómo se llama aquel hombre? -preguntó, al tiempo que señalaba la espalda de Julian-. Me lo dijo antes, cuando le entrevisté, pero creo que he perdido la hoja donde lo anoté.

– Julian Bartlett -dijo la mujer amablemente-. Juega al golf con mi marido.

– ¿Dónde vive?

– En Shenstead.

– Debe de estar forrado.

– Vino de Londres.

– Eso lo explica todo -dijo Debbie, buscando en su libreta la página donde había escrito «gitanos, Shenstead», y anotó debajo: «Julian Bartlett».

– Gracias -le dijo a la mujer con una sonrisa-, ha sido de gran ayuda. Entonces, en dos palabras, lo que usted dice es que es mejor matar a las plagas con perros que disparándoles o envenenándolas.

– Sí. No hay la menor duda. Los perros matan limpiamente. El veneno y las balas, no.

– ¿Eso es válido para todo tipo de plagas?

– ¿Qué quiere decir?

– Digamos, por ejemplo, ¿es mejor echarle los perros a los conejos? ¿O a las ardillas grises, a las ratas… a los tejones? Todos son plagas, ¿o no?

– Algunas personas estarían de acuerdo en eso. A los terriers los crían para que caven y se metan en las tejoneras.

– ¿Lo aprueba?

La mujer se encogió de hombros.

– Las plagas son plagas. Hay que controlarlas de alguna manera.


Bella dejó a Wolfie con sus hijas y regresó al grupo de la sierra de cadena. La herramienta funcionaba de nuevo y habían sacado una docena de postes de diferentes alturas y grosores de la vegetación caída. La idea, que durante la planificación había parecido factible pero que ahora a Bella le parecía ingenua, era meter los postes en la tierra para crear una estacada. Parecía una tarea imposible. Clavados verticalmente, aquellos postes de formas retorcidas nunca quedarían rectos ni cercarían más allá de un par de metros, por no hablar de la ardua tarea de clavarlos en el terreno congelado.

El Soto había sido considerado como lugar de interés científico, les había prevenido Fox aquella mañana, y un árbol derribado podía ser motivo de desalojo. Había suficiente madera en el suelo para comenzar. ¿Por qué había esperado hasta ese momento para decirlo?, se preguntó Bella con enojo. ¿Quién les iba a permitir construir en un sitio protegido? Aún no estaba protegido, fue la respuesta de Fox. Cuando se establecieran, ellos presentarían una objeción. Había hablado como si instalarse fuera algo sencillo.

Sin embargo, ahora no lo parecía. Buena parte de la madera muerta estaba podrida y se desmoronaba, los hongos crecían en la corteza empapada. La impaciencia comenzaba a aparecer e Ivo, molesto y frustrado, ya le había echado el ojo a los árboles vivos.

– Esto es una pérdida de tiempo -gruñó, pateando el extremo de una rama que se hizo polvo bajo su bota-. Mirad eso. Sólo tiene un metro útil. Deberíamos cortar uno de estos árboles por el medio. ¿Quién se va a enterar?

– ¿Dónde está Fox? -preguntó Bella.

– Vigilando la barrera.

Ella negó con la cabeza.

– Vengo de allí. Los dos chicos que la vigilan están más que aburridos.

Ivo le hizo un gesto al que manipulaba la sierra de cadena, pasándose una mano por la garganta, y esperó a que el ruido cesara.

– ¿Dónde está Fox? -exigió.

– A mí que me registren. La última vez que lo vi iba hacia la mansión.

Ivo miró inquisitivamente al resto del grupo pero todos se limitaron a negar con la cabeza.

– Dios mío -dijo con disgusto-, ese cabrón tiene bemoles. Haz esto, haz aquello. Y él, ¿qué coño está haciendo? Las reglas, como yo las recuerdo, son que si nos mantenemos unidos tenemos una oportunidad, pero hasta ahora lo único que ha hecho es hacerse el chulo delante de un granjero cabreado y una triste zorra con anorak. ¿Soy el único que tiene reservas al respecto?

Hubo murmullos de descontento.

– El granjero reconoció su voz -dijo Zadie, que estaba casada con el hombre que manejaba la sierra. Se quitó la bufanda y el pasamontañas y encendió un cigarrillo que ella misma había liado-. Por eso nos obliga a vestirnos con esta mierda. No quiere que descubran que él es el único que intenta esconderse.

– ¿Eso fue lo que dijo?

– No… Pero es lo que pienso. Todo esto apesta. Gray y yo hemos venido hasta aquí con la intención de que nuestros hijos tengan una casa… pero ahora creo que se trata de una trampa. Nosotros estamos aquí para desviar la atención. Mientras todo el mundo nos mira, Fox anda por ahí solucionando sus asuntos.

– Tiene mucho interés en esa casa -dijo su marido que, tras dejar la sierra sobre el terreno, señaló la mansión con la cabeza-. Cada vez que desaparece, va en esa dirección.

Ivo miró entre los árboles con aire pensativo.

– De todos modos, ¿quién es él? ¿Alguien lo conoce? ¿Lo habíais visto en alguna parte?

Todos negaron con la cabeza.

– Es un tipo que se hace notar -dijo Zadie-, pero la primera vez que lo vimos fue en Barton Edge. ¿Dónde ha estado antes… y dónde ha permanecido escondido los últimos meses?

Bella se encogió de hombros.

– Entonces estaba con la madre y el hermano de Wolfie, pero ahora no hay rastro de ellos. ¿Alguien sabe qué les ocurrió? El pobre niño está histérico… dice que hace semanas que no los ve.

La pregunta fue recibida con un silencio general.

– Hace que uno sospeche cosas -dijo Zadie.

Ivo tomó una decisión repentina.

– Bien, vayamos a los autocares. No voy a seguir rompiéndome las pelotas en esta mierda hasta que me dé unas cuantas respuestas. Si él cree… -calló y miró a Bella, que le había puesto la mano sobre el brazo a guisa de aviso.

Una ramita se quebró.

– ¿Si cree qué? -preguntó Fox, saliendo de detrás de un árbol-. ¿Que vais a cumplir órdenes? -Sonrió con expresión maligna-. Claro que sí. No tienes agallas para meterte conmigo, Ivo. -Recorrió el grupo con una mirada asesina-. Ninguno de vosotros las tiene.

Ivo bajó la cabeza como un toro dispuesto a embestir.

– ¿Quieres averiguarlo, cabrón?

Bella vio el brillo de una hoja de acero en la mano derecha de Fox. ¡Oh, por Dios!

– Vamos a comer antes de que alguien cometa una estupidez -dijo, agarrando a Ivo por el brazo y obligándolo a volverse hacia el campamento-. Yo vine aquí para dar un futuro a mis hijas… no para ver cómo dos neandertales arrastran sus nudillos por el suelo.