"Las fuerzas del mal" - читать интересную книгу автора (Walters Minette)Quince Comieron en la cocina, con James sentado en el sitio de honor, presidiendo la mesa. Los dos hombres prepararon la comida -la elegante canasta que Mark había traído desde Londres-, y Nancy se encargó de poner los platos. Por alguna razón, James insistió en utilizar los «buenos» y ella fue a buscarlos al comedor. Pensó que era una excusa para que los hombres tuvieran la oportunidad de hablar o una forma sutil de mostrarle las fotografías de Ailsa, Elizabeth y Leo. Quizás ambas cosas. Por la manera en que habían transformado el comedor en una habitación de desahogo para sillas y cajoneras en desuso era obvio que no se utilizaba desde hacía mucho tiempo. Estaba frío y el polvo lo cubría todo. Se percibía el olor a podredumbre que Mark había mencionado antes, aunque Nancy pensaba que olía así más por la falta de uso y la humedad que debido a la podredumbre. Por encima de los rodapiés, la pintura tenía desconchones y la escayola estaba blanda al tacto. Era obvio que aquél había sido el dominio de Ailsa, pensó, y se preguntó si James evitaba entrar allí, del mismo modo que evitaba el jardín. Una oscura mesa de caoba se extendía a lo largo de una pared, cubierta de papeles y con un montón de cajas de cartón sobre un extremo. Varias cajas tenían las siglas RSPCA escritas con letras grandes en un costado, y otras, «Barnardo» o «Soc. Inf.». Las letras eran gruesas y negras, y Nancy dedujo que se trataba del sistema de clasificación que Ailsa utilizaba para sus organizaciones caritativas. Las manchas de moho de las cajas sugerían que los intereses de Ailsa habían muerto con ella. Había algunas sin letreros y se encontraban a un lado, junto a archivadores dispersos por la mesa. Facturas domésticas. Facturas del jardín. Seguros de coches. Declaraciones bancarias. Cuentas de ahorro. Cosas de la vida cotidiana. No había cuadros, sólo fotos, aunque las pálidas manchas rectangulares alrededor de algunos marcos indicaban que alguna vez hubo cuadros allí. Las fotografías se extendían por todas partes. En las paredes, en cualquier superficie disponible, en un montón de álbumes sobre la estantería donde se guardaba la vajilla. Nancy no hubiera podido eludirlas aunque hubiera querido. Eran sobre todo históricas. Un registro pictórico de generaciones pasadas, de las empresas langosteras de Shenstead, vistas de la mansión y el valle, fotos de caballos y perros. Un retrato de estudio de la madre de James colgaba sobre la repisa de la chimenea y en la alcoba de la derecha había una fotografía de boda de un James más joven, inconfundible, y su novia. Nancy se sentía como una fisgona en busca de secretos mientras miraba a Ailsa. Tenía un rostro hermoso, lleno de carácter, tan diferente de la madre de James, con el mentón cuadrado y el cabello negro, como el polo norte del polo sur. Rubia y delicada, con ojos de duende de un azul brillante, como los de un pícaro gato siamés. Nancy estaba sorprendida. Nunca se hubiera imaginado que Ailsa fuera así. En su mente había sustituido a su abuela biológica por su difunta abuela adoptiva, una mujer ruda, llena de arrugas, esposa de un granjero, con las manos torcidas y una personalidad mordaz, una mujer temible de lengua rápida y poca paciencia. Sus ojos se sintieron atraídos por otras dos fotografías que se encontraban en un marco doble de cuero sobre el escritorio, bajo la foto de la boda. En la de la izquierda reconoció a James y Ailsa con un par de niños; la de la derecha era una fotografía de estudio de un chico y una chica. Vestían de blanco sobre un fondo negro, en una pose estudiada para cuerpos de perfil, con los rostros vueltos hacia la cámara. «Créame… -había dicho Mark-, nadie la confundiría con Elizabeth ni en un millón de años.» Tenía razón. En Nancy no había nada que recordara a aquella Barbie hecha a mano, de boca petulante y ojos hastiados. Era un clon de su madre, pero carecía de la chispa de Ailsa. Nancy se dijo que no era justo juzgar a una persona por una fotografía, sobre todo una tan impostada, a no ser por el hecho de que Leo tenía la misma expresión de hastío que su hermana. Dio por sentado que aquella decoración la habían escogido ellos, ya que para qué querrían James y Ailsa un recuerdo tan estrafalario de sus hijos. Leo le intrigaba. Con veintiocho años, sus intentos por parecer seductor le resultaban cómicos, pero ella era lo bastante honesta para admitir que, con quince años, seguramente lo habría hallado atractivo. Tenía el cabello oscuro de su abuela y una versión más pálida de los ojos azules de su madre. Eso daba como resultado una combinación interesante, aunque a Nancy le inquietaba reconocer que veía más de sí misma en él que en su hermana. Los dos le desagradaron, aunque no podía decir si su desagrado era instintivo o el resultado de lo que Mark le había contado. Si le recordaban algo -posiblemente debido a la ropa blanca y a las pestañas postizas de Elizabeth-, era la engañosa cara de inocencia de Malcolm McDowell en La vajilla para la comida estaba en la estantería, cubierta de polvo. Levantó el montón de platos y los llevó a la mesa para tomar los más limpios, los de la parte de abajo. Se dijo a sí misma que era posible averiguar muchas cosas de una foto, recordando las suyas, tan sencillas, la mayoría hechas por su padre, y diseminadas por toda la casa. ¿Qué decían sobre ella aquellos retratos tan poco imaginativos? ¿Que Nancy Smith era una persona genuina sin nada que ocultar? Si eso evidenciaban, no era verdad. Mientras devolvía los platos a la estantería, vio una pequeña marca en forma de corazón en el polvo donde habían permanecido hasta ahora. Se preguntó qué o quién la habría hecho. Parecía un doloroso signo de amor en aquel recinto frío y muerto, y la asaltó un escalofrío supersticioso. Uno puede leer muchos significados en cualquier cosa, pensó, mientras echaba una última mirada a los rostros sonrientes de sus abuelos el día de su boda. Fox ordenó a Wolfie que regresara al autocar, pero Bella intervino. – Déjalo que se quede -dijo, apretando al niño contra su costado-. El chico está preocupado por su madre y su hermano. Quiere saber dónde están y le dije que te lo preguntaría. La alarma de Wolfie era palpable. Bella podía sentir sus temblores a través de la chaqueta. El niño sacudió la cabeza con ansiedad. – Es-t-t-tá bien -tartamudeó-. F-f-fox me lo puede decir más tarde. Los ojos pálidos de Fox se clavaron en su hijo. – Haz lo que te digo -ordenó con frialdad, señalando el autocar con la cabeza-. Espérame allí. Ivo alargó un brazo para impedir que el niño se marchara. – No. Todos estamos implicados en esto. Tú querías familias para este proyecto, Fox… dijiste que íbamos a formar una comunidad… entonces, ¿dónde está tu familia? Tenías una mujer y otro hijo en Barton Edge. ¿Qué les ha ocurrido? La mirada de Fox recorrió el grupo. Debió de ver algo en la expresión colectiva que le hizo responder, porque, cambiando de actitud, se encogió de hombros. – Se largó hace cinco semanas. Desde entonces no la he vuelto a ver. ¿Satisfecho? Nadie dijo nada. Bella notó cómo la mano de Wolfie buscaba refugio en la suya. Se pasó la lengua por la boca para estimular la secreción de saliva. – ¿Con quién? -preguntó-. ¿Por qué no se llevó a Wolfie? – Dímelo tú -dijo Fox, quitándole importancia-. Tuve que ir a solucionar unos asuntos y cuando regresé ella y el chiquillo se habían marchado. No fui yo quien decidió que dejara a Wolfie. Cuando lo encontré estaba ausente pero no puede recordar por qué. Todas sus cosas habían desaparecido y había indicios de que alguien había estado en el autocar con ella, así que creo que acostó al niño para hacerle un trabajo a alguien. Probablemente a cambio de heroína. No podía pasar mucho tiempo sin droga. Los dedos de Wolfie se retorcieron en la mano de Bella y ella deseó saber qué intentaba decirle. – ¿Dónde ocurrió eso? ¿Estabas en un aparcamiento? – En Devon. En el área de Torquay. Estábamos trabajando en el parque de atracciones. Se desesperó cuando terminó la temporada y los clientes desaparecieron. -Bajó la mirada hacia Wolfie-. Era más fácil llevarse al Cachorro que a éste, por lo que espero que tenga la conciencia tranquila por haberse llevado al más pequeño. -Contempló cómo las lágrimas recorrían el contorno de los ojos del niño y sus labios se afinaron en una sonrisa cínica-. Deberías intentar vivir con una zombi, Bella. Cuando lo único que se anhela es satisfacer un vicio, eso jode el cerebro. Todo lo demás puede irse al diablo: los niños, la comida, las responsabilidades, la vida. Lo único que importa es la droga. O quizá nunca habías pensado en eso desde ese ángulo… quizá tus propias adicciones te hacen sentir lástima. Bella apretó la mano de Wolfie. – Mi marido también tenía un vicio -dijo-, así que no me des charlas sobre zombis. Ya he pasado por eso, he hecho eso, me he puesto la puñetera camiseta de la campaña. Sí, tenía el cerebro jodido, pero cada vez que desaparecía yo iba a buscarlo. ¿Lo hiciste, Fox? ¿Fuiste a buscarla? -Lo miró de arriba abajo-. Da lo mismo cómo conseguía su chute… medio segundo después estaría de nuevo en la calle. Así que no me lo cuentes. ¿Una mujer con un niño en los brazos? Los maderos y los agentes sociales la tendrían encerrada antes de que despertara. ¿Fuiste a verlos? ¿Preguntaste? Fox se encogió de hombros. – Lo hubiera hecho si hubiera creído que estaba allí, pero es una puta. Está metida en algún agujero con un chulo que seguirá con ella mientras pueda conseguirle clientes y ella pueda seguir en el negocio. Ya ocurrió antes. Le quitaron su primer hijo por eso… le cogió tanto miedo a los policías y a los agentes sociales que no se acercaría a ellos por nada del mundo. – No puedes abandonarla así como así -protestó Bella-. ¿Y qué hay del Cachorro? – ¿Qué pasa con él? – Es hijo tuyo, ¿no? Fox la miró con expresión burlona. – Me temo que no -dijo-, ese pequeño hijo de puta es responsabilidad de otro cabrón. James quería tratar el tema de los nómadas y Nancy se lo agradeció. No tenía ganas de hablar de sí misma ni sobre la impresión que le habían causado las fotografías. Las miradas que ella y Mark intercambiaron en la mesa le dieron a entender que el abogado estaba intrigado por la súbita curiosidad de James con respecto a los okupas del Soto y se preguntó cuál había sido el tema de su conversación mientras ella estaba en el comedor. El tópico de los zorros mutilados fue dado por concluido enseguida. – No quiero hablar de eso -había dicho James. – Cerciórate de que la mesa esté limpia, Mark. Es obvio que se trata de una joven muy bien educada. No quiero que le cuente a su madre que vivo en un chiquero. – No me he afeitado esta mañana. ¿Se nota? – Tiene muy buen aspecto. – Debí ponerme un traje. – Tiene muy buen aspecto. – Creo que la he decepcionado. Creo que ella esperaba a alguien más impresionante. – Soy un anciano muy cargante. ¿Cree que a ella le interesarán los diarios de la familia? – ¿Quizá debería preguntarle por los Smith? No estoy seguro de qué dicen las normas de etiqueta en circunstancias como ésta. – No creo que digan nada. Compórtese con naturalidad. – Es muy difícil. Sigo pensando en esas horribles llamadas telefónicas. – Está quedando muy bien. Le gusta mucho, James. – ¿Está seguro? ¿No estará siendo sólo cortés? James interrogó a Mark sobre la ley de posesión hostil, el registro de terrenos y en qué consistía la residencia y el uso. Finalmente apartó su plato y pidió al abogado que repitiera lo que tanto Dick Weldon como Eleanor Bartlett habían dicho sobre los nómadas. – Qué raro -musitó cuando Mark mencionó las bufandas que les cubrían el rostro-. ¿Por qué harán eso? Mark se encogió de hombros. – ¿Será por si aparece la policía? -sugirió-. Sus fotografías deben de estar en las listas de prófugos de toda Inglaterra. – Creo que Dick dijo que la policía no quería involucrarse. – Sí, lo dijo… -Hizo una pausa-. ¿Por qué tanto interés? James inclinó la cabeza. – A fin de cuentas acabaremos por saber quiénes son; por lo tanto, ¿por qué se esconden? – El grupo que vi con los binoculares llevaba bufanda y pasamontañas -dijo Nancy-. Demasiada ropa tapándoles la cara. Mark, ¿no significa eso que les preocupa ser reconocidos? James asintió. – Sí, pero ¿por quién? – Seguro que no por Eleanor Bartlett -dijo Mark-. Repitió que no los había visto en su vida. – Umm -calló un momento antes de sonreír mirando por turno a sus interlocutores-. Quizá tienen miedo de mí. Como mis vecinos se complacen en señalar, se han instalado a la entrada de mi casa. ¿Debemos ir a hablar con ellos? Si atravesamos el seto y nos acercamos a través del bosque los sorprenderemos por la retaguardia. ¿No creen que nos vendría bien la caminata? Ése era el hombre que Mark conocía: un hombre de acción. Sonrió antes de lanzarle a Nancy una mirada de interrogación. – Estoy lista -dijo ella-. Como alguien dijo una vez: «Conoce a tu enemigo». No queremos dispararle por error a la gente equivocada, ¿no es cierto? – Quizá no sean el enemigo -protestó Mark. Los ojos de ella lo azuzaban. – Mejor. Quizá sean los enemigos de nuestro enemigo. Julian estaba quitando con un cepillo el lodo seco de las patas de – No estoy de humor -le dijo, cortante-. Hablaremos de ello en cuanto me tome una copa. «¿Hablar de qué?», se preguntó Eleanor con impaciencia. Se sentía como si patinara sobre una fina capa de hielo con una venda en los ojos. Para Julian no había nada de que hablar. ¿O sí? – Si te refieres a esos infelices del Soto, ya me he ocupado de ellos -dijo con animación-. Prue pretendía que fueras tú quien solucionara el problema, pero le dije que no era razonable. ¿Quieres una copa, cariño? Si quieres, te preparo una. Tiró el cepillo en un cubo y alargó la mano en busca de la manta de – ¿Qué quieres decir con eso de que Prue pretendía que yo solucionara el problema? -preguntó mientras tendía la manta sobre el lomo de Eleanor se relajó. – Dick no podía ponerse en contacto con su abogado, por lo que me pidió que Gareth se ocupara del asunto. Le dije que no lo consideraba justo, teniendo en cuenta que carecemos de autoridad respecto a esa parcela y que tú serías quien pagara los honorarios de Gareth. -Ella era incapaz de tener controlada por mucho tiempo su personalidad autoritaria-. En realidad pensé que era demasiado cara dura. Dick y el abogado de James tuvieron una disputa respecto al tema en cuestión… después Prue riñó con Dick… así que se suponía que tú y yo debíamos limpiar los escombros. Le dije a Prue que no veía por qué tú tenías que cubrir los gastos. No parece que vayamos a ganar algo con todo esto. Julian lo entendió a medias. – ¿Alguien ha llamado a la policía? – Dick. – ¿Y? – Sólo sé lo que dijo Prue -mintió Eleanor-. Tiene que ver con la propiedad de la tierra, así que sólo un abogado puede encargarse de ello. Julian la miró con el ceño fruncido. – ¿Y qué va a hacer Dick al respecto? – No lo sé. Se marchó enfurruñado y Prue no sabe dónde está. – Dijiste algo sobre el abogado de James. Ella hizo una mueca. – Dick habló con él y sus preocupaciones fueron acalladas con una regañina, y probablemente eso fue lo que le echó a perder el humor, pero no sé si ha hecho algo al respecto. Julian acalló sus pensamientos mientras llenaba el balde y ponía más heno en el comedero de – ¿Por qué Dick telefoneó al abogado de James? ¿En qué hubiera sido de ayuda? Creí que estaba en Londres. – Está de visita en casa de James. Llegó la víspera del día de Navidad. Julian pasó el cerrojo a la puerta del establo. – Pensé que el viejo estaba solo. – Pero no se trata únicamente del señor Ankerton. También hay otra persona. Julian le lanzó una mirada interrogativa. – ¿Quién? – No lo sé. No parece ser uno de los nómadas. El ceño de Eleanor se frunció todavía más. – ¿Por qué los nómadas visitarían a James? Eleanor sonrió débilmente. – Eso no es asunto nuestro. – ¡Claro que sí! -le espetó Julian-. Han estacionado en el puñetero Soto. ¿Qué dijo el abogado de James para que Dick se largara? – Se negó a discutir el tema con él. – ¿Por qué? Ella vaciló. – Supongo que está molesto por lo que Prue dijo acerca de la riña entre Ailsa y James. – ¡Oh, vamos! -exclamó Julian con impaciencia-. Quizás ella no le guste por esa razón o tampoco le gusta Dick, pero no va a negarse a tratar de un tema que afecta a su cliente. Me has dicho que habían discutido. ¿Sobre qué? – No lo sé. El hombre echó a andar por el sendero que llevaba a la casa y ella lo siguió a la carrera. – Será mejor que lo llame -dijo, molesto-. Todo esto me parece ridículo. Los abogados no discuten con la gente. Abrió la puerta trasera de un tirón. Ella lo agarró por el brazo para retenerlo. – ¿A quién vas a llamar? – A Dick -dijo él, quitándosela de encima con la misma brusquedad con que Mark lo había hecho antes-. Quiero saber qué demonios sucede. De todos modos le dije que lo llamaría en cuanto regresara. – No está en la granja. – ¿Y qué? -Metió el tacón derecho en el descalzador para quitarse la bota de montar-. Lo llamaré a su móvil. Ella lo rodeó para ir a la cocina. – No es asunto nuestro, cariño -dijo por encima del hombro, animada, tomando un vaso de whisky de un aparador y quitando el tapón de la botella para servirse un poco más y servirle a él un trago generoso-. Te dije que Dick y Prue habían discutido por ese asunto. ¿Qué sentido tiene que nos pille en medio? Aquellos «cariño» le crispaban los nervios y pensó que ésa era la respuesta a lo de Gemma. ¿Pensaría ella que esas palabras tiernas podían recuperarlo? ¿O quizá pensara que «cariño» era una palabra que utilizaba habitualmente con sus amantes? ¿La había utilizado alguna vez con ella cuando estaba traicionando a su primera esposa…? Dios lo sabría. Había transcurrido tanto tiempo que no lograba acordarse. – Bien -dijo, entrando en la cocina, sin zapatos, sólo con los calcetines puestos-. Llamaré a James. Eleanor le tendió el vaso de whisky. – Oh, tampoco creo que eso sea una buena idea -dijo, quizá con demasiada insistencia-. Sobre todo si tiene visitas. ¿Por qué no aguardas hasta mañana? Probablemente se resuelva por sí solo. ¿Has comido? Puedo prepararte un risotto de pavo o algo así. Eso estaría bien, ¿no crees? Julian tomó nota de su rostro congestionado, de la botella de whisky medio vacía y de las señales de maquillaje vuelto a aplicar en torno a los ojos y se preguntó por qué estaba tan decidida a impedirle utilizar el teléfono. Inclinó el vaso hacia su mujer. – Eso suena bien, Ellie -dijo, con una sonrisa sin malicia-. Avísame cuando esté listo. Voy a darme una ducha. Arriba, en su vestidor, abrió la puerta del guardarropa y contempló los trajes y chaquetas que él había echado a un lado para coger su chaqueta de caza y ahora colgaban a intervalos regulares, y se preguntó por qué su esposa había decidido de repente registrar sus pertenencias. Siempre se había comportado como si cuidar a su marido fuera una forma de esclavitud y desde hacía mucho tiempo él había aprendido a poner de su parte, sobre todo en las habitaciones que consideraba suyas. Incluso lo prefería. El desorden cómodo se avenía mejor con su carácter que la pulcritud imperante en el resto de la casa. Abrió la ducha, sacó su móvil y revisó el menú en busca del número de Dick. Cuando respondieron al teléfono, cerró tranquilamente la puerta del vestidor. James y sus dos compañeros no intentaron mantener en secreto su llegada, aunque por consenso mutuo decidieron permanecer callados después de abandonar la terraza y cruzar el césped hasta el seto. No había rastro alguno del grupo de la sierra de cadena, pero Nancy señaló la herramienta que había sido abandonada sobre un pequeño montón de troncos. Giraron a su derecha bordeando los tupidos brotes de fresnos y los avellanos que habían sido talados una vez y que ahora creaban una pantalla natural que se interponía entre la mansión y el campamento. A la luz de las preguntas de James sobre el reconocimiento, Nancy se preguntó cuan deliberada había sido la colocación de los vehículos. Si se hubieran adentrado más en el bosquecillo habrían sido visibles a través de los árboles sin hojas de la parte del Soto que descendía hacia el valle. Y, sin la menor duda, James los hubiera podido vigilar con facilidad desde las ventanas del salón con la ayuda de unos binoculares. Ella volvió la cabeza para captar sonidos pero no había nada que oír. Los nómadas, no importaba dónde estuvieran, se mantenían tan silenciosos como sus visitantes. James los condujo por el sendero que llevaba a la entrada. Aquí los árboles crecían menos tupidos y podían ver el campamento con toda claridad. Dos de los autocares estaban pintados de colores brillantes. Uno de amarillo y verde limón y el otro de morado, con un letrero rosa a un costado: «Bella». En comparación, los otros eran curiosamente impersonales: antiguos autocares de alquiler pintados de gris y crema, con los letreros borrados. Estaban estacionados formando un semicírculo que comenzaba a partir de la entrada y, a unos ochenta metros de distancia, Nancy empezó a vislumbrar que cada autocar estaba unido a sus vecinos con cuerdas de las que colgaban letreros de «No pasar». Había un Ford Cortina bastante desvencijado, aparcado de frente tras el vehículo color verde limón, y unas cuantas bicicletas infantiles volcadas por el suelo. Por lo demás, el lugar parecía estar desierto, excepto por la hoguera que había en el centro y las dos distantes siluetas cubiertas con capuchones que ocupaban un par de sillas a ambos lados de la barrera de cuerda que daba a la carretera. A sus pies yacían un par de perros alsacianos atados con cadenas. Mark señaló con el mentón las dos figuras y, a continuación, apuntó con sus dedos índice a sus oídos para indicar que llevaban audífonos. Nancy asintió al ver a uno de los guardianes marcando el ritmo con el pie como si estuviera rasgueando una guitarra invisible. Levantó los binoculares para verlos de cerca. Pensó que no se trataba de adultos. Sus hombros inmaduros eran demasiado estrechos para sus chaquetas prestadas, y sus flacuchas muñecas y manos sobresalían de las mangas recogidas como cucharones. Una presa fácil para cualquier persona dispuesta a cortar la soga y reclamar el Soto para el pueblo. Demasiado fácil. Los perros eran viejos pero seguramente sus ladridos todavía podían dar la alarma. Los padres y los propietarios de los perros tenían que estar lo suficientemente cerca para oírlos. Examinó las ventanas de los vehículos, pero todas tenían cartones que impedían la visibilidad desde este lado. Pensó que eso era muy interesante. Ninguno tenía el motor en marcha, por lo que el interior de los autocares debía de estar iluminado por luz natural a no ser que los nómadas estuvieran tan locos como para utilizar los acumuladores, pero la potente luz solar que provenía del sur había sido bloqueada. ¿Por qué? ¿Quizá porque la mansión estaba en esa dirección? Susurró al oído de James sus suposiciones. – Los chicos de la barricada son vulnerables -concluyó-, por lo que al menos debe de haber algún adulto en uno de los vehículos. ¿Quiere que descubra en cuál? – ¿Eso ayudará? -musitó él a modo de respuesta. Ella hizo un movimiento de balanceo con la mano. – Depende de lo agresivos que puedan ser y de cuántos refuerzos tengan. Parece más seguro enfrentarlos en su guarida que ser atrapados en pleno campo. – Eso significa cruzar una de las barreras entre los autocares. – Mmm -asintió ella. – ¿Y los perros? – Son viejos y están demasiado lejos para oírnos si nos movemos sin hacer ruido. Si los ocupantes arman jaleo, los perros ladrarán pero nosotros ya estaremos dentro. Los ojos del coronel brillaron divertidos al mirar a Mark. – Va a espantar a nuestro amigo -la alertó, inclinando levemente la cabeza en dirección al abogado-. No puedo creer que sus reglas para el combate incluyan la entrada ilegal en una propiedad ajena. Ella sonrió, burlona. – ¿Y las suyas? ¿Qué es lo que permiten? – La acción -dijo el anciano sin dudar-. Búsqueme un blanco y seguiré su señal. Ella hizo un círculo con el pulgar y el índice, y desapareció entre los árboles. – Espero que sepa lo que está haciendo -murmuró Mark al oído del anciano. El coronel rió entre dientes. – No seas tan aguafiestas -dijo-. Hace meses que no me divertía tanto. Se parece mucho a Ailsa. – Hace una hora usted decía que era como su madre. – Tiene cosas de las dos. Es lo mejor de ambos mundos… tiene todos los genes buenos, Mark, y ninguno de los malos. Mark esperaba que no se equivocara. En el interior del «Bella» se escuchaban voces muy altas que se volvían más audibles a medida que Nancy se aproximaba. Dedujo que la puerta al otro lado estaba abierta, lo que permitía que el sonido viajara, pero eran demasiadas personas hablando a la vez para poder seguir el hilo de las discusiones por separado. De momento, todo iba bien. Lo que quería decir que los perros eran indiferentes a los altercados que tuvieran lugar en el interior de los vehículos. Puso una rodilla en el suelo junto al neumático delantero externo, lo más cerca que podía estar de la puerta, con la esperanza de que las cortinas de cartón la hicieran tan invisible para quienes estaban dentro como ellos lo eran para ella. Mientras escuchaba, descolgó la barrera de cuerda del autocar con la inscripción de «Bella», y la dejó caer al suelo con el letrero de «No pasar»; después, examinó los árboles al sur y al oeste en busca de movimiento. Al parecer discutían sobre quién debería ejercer el control de aquella empresa, pero el razonamiento era abrumadoramente descorazonador. – Nadie más sabe nada sobre la ley… – Es sólo su palabra… – Es un cabrón maníaco… – Shh, los niños nos están escuchando… – Está bien, está bien, pero no pienso oír ninguna de sus basuras… – Woifie dice que lleva una navaja… Levantó los ojos en busca de rendijas en la base de los cartones, con la esperanza de poder ver algo del interior que le permitiera estimar de cuánta gente se trataba. Por el número de voces diferentes sospechó que el campamento en pleno se encontraba allí, excepto la persona sobre la que discutían. El maníaco… Se hubiera sentido mejor si supiera dónde estaba el individuo, pero el silencio total en torno a los autocares le decía que o bien tenía mucha paciencia, o no estaba ahí. La última ventana que examinó fue la que tenía encima de la cabeza y su corazón dejó de latir un instante cuando sus ojos se tropezaron con los de alguien que la miraba de arriba abajo desde el borde doblado del cartón. Los ojos eran demasiado redondos y la nariz demasiado pequeña para no ser un niño, y ella sonrió instintivamente, llevándose un dedo a los labios. No hubo reacción, sólo una retirada en silencio cuando el cartón fue vuelto a poner en su lugar. Dos o tres minutos más tarde, mientras la discusión continuaba sin el menor cambio, Nancy retrocedió por el camino entre los árboles e hizo una señal a James y a Mark para que la siguieran. Wolfie se había deslizado en el asiento del conductor del autocar de Bella, que estaba separado del resto por una cortina. No quería llamar la atención por miedo a que alguien dijera que debía estar con su padre. Se había hecho un ovillo en el suelo entre el salpicadero y el asiento, escondiéndose tanto de Fox por fuera como de Bella y los demás por dentro. Transcurrida media hora, cuando el frío suelo hizo que le castañetearan los dientes, trepó al asiento y miró por encima del volante para ver si era capaz de ver a Fox. Tenía más miedo que nunca. Si el Cachorro no era hijo de Fox, quizás ésa fuera la razón por la que su madre se lo había llevado, dejando atrás a Wolfie. Quizá Wolfie no pertenecía a Vixen y sólo fuera de Fox. La idea lo aterrorizó. Eso quería decir que Fox podía hacer con él lo que le viniera en gana cuando quisiera y nadie podría detenerlo. En lo más recóndito de su mente sabía que eso carecía de importancia. Su madre nunca había sido capaz de impedir que Fox actuara como un loco, se limitaba a aullar y llorar y decía que no volvería a portarse mal. Nunca había podido entender el origen de esa maldad, aunque comenzaba a preguntarse si guardaría relación con las veces en que los obligaba a dormir, al Cachorro y a él. Un pequeño nudo de rabia -su primera toma de contacto con la traición materna-se cerró como un lazo en torno a su corazón. Oyó a Bella decir que si Fox había dicho la verdad sobre la estancia en la feria, eso podía explicar por qué ninguno de ellos lo había visto en el circuito, y sintió deseos de intervenir: Fox no decía la verdad. No había un solo momento en la memoria de Wolfie en que el autocar hubiera estado aparcado cerca de otras personas, excepto en verano, durante el festival musical. La mayor parte del tiempo Fox los dejaba en medio de ninguna parte y después desaparecía durante varios días. A veces, Wolfie lo seguía para ver adónde iba pero siempre lo recogía un coche negro y se lo llevaba. Cuando su madre hacía acopio de valor, se los llevaba caminando a él y al Cachorro por las carreteras hasta llegar a algún pueblo, pero la mayor parte del tiempo permanecía hecha un ovillo en la cama. Él creía que lo hacía porque temía a los metomentodo, pero ahora se preguntaba si tenía alguna relación con cuánto dormía. Quizá no había sido valor sino sólo la necesidad de encontrar lo que la hacía sentirse mejor. Wolfie intentó recordar la época anterior a la presencia de Fox. A veces, en sus sueños, veía recuerdos de una casa y un dormitorio con todas las de la ley. Estaba seguro de que se trataba de algo real y no de una fantasía engendrada por las películas… pero no sabía cuándo había ocurrido todo eso. ¿Por qué Fox era su padre, pero no el del Cachorro? Deseaba conocer más cosas sobre los padres. Todo lo que sabía se basaba en las películas americanas que había visto, en las que las mamas decían «te amo», a los niños los llamaban «calabazas», los códigos telefónicos eran 555 y todo aquello era tan falso como la manera de caminar «a lo John Wayne» de Wolfie. Miró con atención el autocar de Fox pero, por el ángulo de inclinación del picaporte, podía asegurar que lo habían cerrado por fuera. Wolfie se preguntó adónde habría ido Fox y dobló el borde del cartón de la ventana lateral para examinar el bosque, en dirección a la casa del asesino. Vio a Nancy mucho antes de que ella lo viera a él, observó cómo se apartaba del bosque, deslizándose, para agacharse junto al neumático debajo de donde él estaba sentado y vio cómo la barrera de cuerda caía al suelo. Pensó en avisar a Bella, pero Nancy levantó la cara y se llevó un dedo a los labios. Decidió que los ojos de la mujer traslucían buenos sentimientos, así que volvió a poner el cartón en su lugar y se escondió una vez más entre el asiento y el salpicadero. Hubiera querido prevenirla de que era probable que Fox la estuviera observando, pero sus hábitos de autoprotección estaban tan arraigados que le impedían llamar la atención del modo que fuera. Se dedicó a chuparse el dedo y cerró los ojos, fingiendo no haberla visto. Había hecho eso antes, cerrar los ojos y fingir que no podía ver, pero no recordaba por qué… y tampoco quería hacerlo… El timbre del teléfono sobresaltó a Vera. Era un acontecimiento extraordinario en la casa del guarda. Echó una mirada furtiva hacia la cocina donde Bob escuchaba la radio y, a continuación, levantó el auricular. Sus ojos apagados se iluminaron con una sonrisa al oír la voz al otro extremo. – Claro que entiendo -dijo, acariciando la cola de zorro que tenía en el bolsillo-. El que es un idiota es Bob, no Vera… Mientras colgaba, algo se agitó en su mente. Un recuerdo efímero de que alguien quería hablar con su marido. Su boca succionó y se tensó mientras intentaba recordar de quién se trataba, pero el esfuerzo era demasiado grande. Sólo parecía poder poner en funcionamiento la memoria lejana, y hasta ésta estaba llena de lagunas… |
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