"Sherlock Holmes y la boca del infierno" - читать интересную книгу автора (Martínez Rodolfo)

Capítulo IV. San Francisco

El viaje, que en otros tiempo le habría llevado unos minutos, consumió casi un día entero. Había corrido hasta quedar rendido, sólo para derrumbarse en un campo desconocido en mitad de la noche. Cuando amaneció, permaneció largo rato al sol, recuperando fuerzas antes de volver a correr de nuevo.

Le fue mejor durante el día, con el sol recargando sus energías casi al mismo tiempo que las gastaba, pero al atardecer, cuando llegó a la ciudad, estaba al borde del agotamiento. Sus ropas se habían convertido en un puñado de harapos polvorientos y su respiración era un jadeo al límite del colapso.

Se sentó en el parque junto al puente, contemplando el sol del crepúsculo y absorbiendo con ansia la luz menguante. No hizo caso de las miradas de desconfianza de los transeúntes ni de su ceño fruncido; seguramente lo tomaban por un vagabundo y, en cierta forma, era eso exactamente. Al cabo de unos minutos su respiración se había normalizado y se sentía descansado y en paz.

Esperó a que anocheciera, se cambió de ropas en un callejón y, cuando volvió a salir a las calles iluminadas, nadie lo miró dos veces.

El hábito hace al monje, pensó. Y, de pronto, se vio asaltado por una idea absurda: si algún día hacía públicas sus habilidades, si las usaba para asombrar al mundo, tendría que tener una apariencia en consonancia. Un traje ajustado de colores primarios, algo simbólico en su pecho, tal vez una capa de un rojo intenso flameando tras él.

Tonterías, se dijo.

Tenía algo que hacer y, cuanto antes lo hiciera, mucho mejor. La casa que buscaba estaba cerca de allí. En ella había un hombre que jamás salía pero que, de algún modo misterioso, era capaz de abrir puertas a otros lugares. Mientras se incorporaba y echaba a andar hacia el callejón donde estaba la casa, contuvo una sonrisa ante el recuerdo de la estrafalaria apariencia de su ocupante. El aspecto británico, el turbante en la cabeza con el enorme rubí coronándolo… Se había hecho llamar a sí mismo el gran Swami en la época en la que fingía ser un mago de feria; Holmes se había referido a él como Longbottom. Y, por lo que Kent recordaba, el hombre había parecido algo incómodo ante el nombre, como si le trajera de vuelta partes de su pasado en las que prefería no pensar.

Bueno, él sí quería pensar en su pasado. Encontrarlo, dar con él, decidir de una vez por todas qué era realmente y hacia dónde debía encaminar sus pasos. Longbottom lo ayudaría, de un modo u otro.

Y luego… ya veríamos.


El escenario había sido cuidadosamente preparado, y los actores se sabían sus papeles. La representación era perfecta.

Pero los latidos de su corazón traicionaban a los participantes en la farsa. Ni aquellos hombres pretendían hacerle daño, ni la mujer estaba realmente asustada. La conclusión, como habría dicho Holmes, era elemental. Estaban en el lugar adecuado, en el momento preciso. Y él era el único espectador. Así pues, aquella pantomima sólo podía haber sido representada en su beneficio.

No los defraudaría. Al fin y al cabo, pensó con una sonrisa torcida, se habían esforzado en convencerlo.

Cayó sobre los atacantes de la mujer como un huracán. Vieron venir sus puños, pero no pudieron hacer nada para evitarlos y, antes de que nadie pudiera preguntar qué estaba pasando, los tres hombres yacían inconscientes en el suelo del callejón.

– ¿Se encuentra bien? -le preguntó Kent a la mujer medio tendida en el suelo mientras se inclinaba hacia ella.

Ella simuló una convincente sorpresa y un temor más convincente aún. Pareció repentinamente aliviada y logró asentir.

– Sí. Gracias a usted.

Él se encogió de hombros.

– Pasaba por aquí. Y hacer de buen samaritano se está empezando a convertir en una costumbre para mí.

– No sabe cómo me alegro.

– Deberíamos llamar a la policía, señorita…

– Adler -dijo ella-. Irene Adler.

Kent permaneció impertérrito y acogió el nombre de la mujer con una leve inclinación de cabeza. Desde luego, se dijo, aquella mujer no podía ser esa Irene Adler. Su nieta, tal vez. O, sin duda, una impostora con desparpajo.

– Ha sido un placer servirle de ayuda, señorita Adler. Pero como le decía, quizá sería conveniente que llamásemos a la policía.

– No creo que sea necesario -dijo ella, tomando su mano tendida y apoyándose en ella para incorporarse-. Me parece que mis atacantes no van a molestarme en mucho tiempo. Es usted muy fuerte… y rápido.

Se encogió de hombros.

– Hago mis ejercicios todos los días y me tomo mis cereales para desayunar. Mi mamá me educó bien.

La mujer no pudo reprimir una sonrisa. Y, por todo lo que Kent podía decir, parecía genuina.

– Pues dígale a su madre que ha hecho un gran trabajo, señor…

– Kent.

Ella asintió. No parecía atemorizada lo más mínimo, como si la farsa ya hubiera cumplido su propósito. En cierto modo, así era: lo había atraído a él allí y lo había puesto en contacto con aquella mujer. Pero era como si no le importase que él descubriera su superchería, lo que no tenía demasiado sentido.

Había en la voz de la mujer un ligerísimo acento. Sin duda europeo, pero no parecía inglés. Su cabello, casi negro en la oscuridad del callejón, se desparramaba descuidadamente sobre sus hombros, y en sus ojos había un brillo desafiante, al borde mismo del cinismo. Era una mujer hermosa, comprendió. Y una vez más, como le ocurría siempre, se preguntó por qué, más allá de apreciar de un modo distante su belleza, no conseguía sentirse atraído por ella.

Sin embargo, ahora tenía una respuesta. Sherlock Holmes se la había dado al revelarle su origen extraterrestre. Por mucho que ella pareciera una hembra de su misma especie, era humana; y él no.

– Sería mejor que abandonáramos este callejón -dijo la mujer, interrumpiendo sus pensamientos.

– En realidad… creo que no. Yo me dirigía a este lugar con un propósito concreto. Y creo que seguiré mi camino.

– Quizá no pueda -dijo ella.

Con un ademán de su cabeza, señaló al fondo del callejón, donde Kent vio una puerta entreabierta.

– Ellos salían de allí cuando yo llegaba. Supongo que por eso me atacaron.

– ¿Y qué hacía una mujer como usted en un callejón como éste a estas horas?

Pareció divertida ante la pregunta.

– Digamos que, como usted, yo también me dirigía a este lugar con un propósito concreto.

– ¿Para ver al señor Longbottom?

– Si se refiere al gran Swami, maestro de lo imposible, sí.

– Curiosa coincidencia.

– Sólo si no cree usted en el destino. Kent se encogió de hombros.

– He visto muchas cosas raras en los últimos días -dijo-. Así que bien pudiera existir algo como el destino. Por qué no.

Le indicó a la mujer con una mano que esperase unos momentos y se agachó sobre los hombres inconscientes. Palpó su cuello, en busca de una vena concreta y, cuando la encontró, pulsó unos instantes. Terminó enseguida y se incorporó.

– Listo -dijo-. Estarán inconscientes un buen rato. Creo que podremos entrar en la residencia del señor Longbottom sin temor alguno.

– Y quizá sin resultados.

Él echó a andar hacia el fondo del callejón.

– ¿Qué quiere decir?

– Si ellos salían de la casa cuando llegué, eso sólo quiere decir que habían terminado su trabajo. Y si es así…

Kent asintió.

– Quizá -dijo-. O quizá no. Averigüémoslo.

Mientras recorrían la casa buscando al que había sido el gran Swami en su vida profesional, Kent volvió a recordar aquel extraño viaje que había iniciado sin moverse de ningún lugar. «Una pesadilla sobre el color blanco», la había llamado Holmes, y exactamente eso era lo que parecía: el aire tan frío y cortante como la muerte, el terreno cubierto de hielo hasta allí donde alcanzaba la vista y las enormes y distantes montañas frente a ellos.

– Las Montañas de la Locura -había dicho Holmes.

Quizá, pero hacía allí debían dirigirse y así lo hicieron. En las montañas encontraron algo imposible, una ciclópea fortaleza solitaria que no parecía haber sido hollada en mucho tiempo. Allí dentro, en una inverosímil sala de trofeos, estaba el libro que Holmes había estado buscando. Y allí el detective se había asomado a un punto donde parecían estar contenidos todos los universos posibles.

Si era así, también estaría su hogar, su lugar de origen, o al menos lo que quedaba de él.

Pero les habían seguido, recordó. El encapuchado y sus sicarios habían ido tras ellos y habían conseguido arrebatarles el libro. Y, en el proceso, casi habían acabado con su vida. Según Holmes, era el sol de la Tierra lo que dotaba a Kent de sus habilidades y, alejado de él, se convertía paulatinamente en algo no muy distinto de un humano normal. Peor aún, había en aquel lugar algo que drenaba sus energías; lo bastante para ser vulnerable a un disparo del encapuchado.

Fue Holmes quien lo salvó, llevándolo de vuelta a la Tierra y a aquel sol del que se alimentaba y lo hacía ser lo que era.

Aquél era un sitio terrible. Frío y desolado. Sin nada más que pingüinos y soledad. Y algo que le robaba la vida poco a poco.

Y sin embargo, se dijo mientras recorría la casa en compañía de la impostora que se hacía llamar Irene Adler, había vuelto a aquella casa para que su excéntrico ocupante lo llevara de nuevo allí.

Y todo por un sueño en el que se había visto a sí mismo en una sala de trofeos que era, y al mismo tiempo no era, la misma en la que habían encontrado el Necronomicon y donde él había estado a punto de morir. Una sala con las estatuas de los que podían ser sus padres sosteniendo en sus manos un mundo que quizá era el suyo.

Podían. Quizá.

Por «podían» y «quizá» había vuelto a aquel sitio, sólo para encontrarse con que lo esperaban y habían montado una farsa en su provecho.

– Está usted muy callado, señor Kent.

– Lo siento, señorita Adler, quizá mi humor sea un poco sombrío. No me gusta lo que oigo.

– ¿Qué oye?

– Nada.

Ella hizo un gesto con la cabeza, como si comprendiera.

– Si Longbottom estuviera aquí… o vivo, ya habría aparecido. Nos habría oído.

– Quizá lo ha hecho y se ha ocultado. Al fin y al cabo, sus visitantes anteriores no debían de ser muy amigables.

Cierto, se dijo, ella tenía razón. Era una posibilidad a tener en cuenta. Tal vez Longbottom se había ocultado en uno de aquellos mundos que parecían confluir en la casa.

Si era así, se dijo cuando entró en una sala que reconoció enseguida, se había dejado su cuerpo atrás.

Vestido de etiqueta y con el gran turbante rojo alrededor de la cabeza, el que había sido el gran Swami yacía en el suelo totalmente inmóvil.

– Está muerto -dijo Kent.

– ¿Está seguro? -preguntó ella, mientras se agachaba y le tomaba el pulso-. Sí, parece que lo está. Nuestros amigos del callejón.

– Tal vez.

– Yo diría que es bastante probable.

En lugar de responder, Kent se inclinó sobre el cuerpo. Longbottom no parecía muy distinto de la última vez que lo había visto. Pero faltaba un detalle en su atuendo y, a juzgar por los jirones deshilachados de su turbante, alguien se lo había arrebatado. Miró a la supuesta Irene Adler.

– El rubí -dijo ella, antes de que él pudiera articular palabra-. Se lo han llevado.

– Estaba punto de decir lo mismo. Quizá sería mejor que intercambiáramos notas.

Ella sonrió, como si de pronto lo reconociera.

– «Intercambiar notas». Vaya, señor Kent, me pregunto si después de todo no seremos compañeros de profesión.

– Es posible.

– De acuerdo, entonces. Intercambiemos notas.


Su historia era totalmente verosímil. Una periodista abriéndose camino y cayendo en una publicación dedicada al ocultismo y la magia. La posibilidad de un reportaje, quizá una entrevista con quien había sido, en su día, casi tan popular como Houdini.

– Y mejor que él -añadió-. O eso dicen algunos.

Y algo más. La personalidad pública de Longbottom podía ser la de un ilusionista de feria, un prestidigitador, un artista de la fuga… una criatura, en suma, de la farándula y el mundo del espectáculo. Pero los rumores decían que tras aquella fachada había algo más.

– Algo menos lúdico… y más siniestro.

El resto de su historia circulaba por derroteros bastante predecibles, hasta llegar al momento en el que se había encontrado en el callejón exactamente cuando debía para que Kent, como un caballero de brillante armadura, acudiese al rescate.

– Y ahora le toca a usted.

Lo que él contó fue quizá algo menos creíble, pero eso no le preocupaba mucho. Ella fingiría creer lo que él le dijera, con tal de que no resultara demasiado inverosímil.

– Como usted ha dicho, somos compañeros de profesión. Trabajo para… un gran periódico metropolitano, dejémoslo así de momento.

El resto era bastante trillado. Un tío excéntrico y aficionado al ocultismo. Una reliquia familiar que parecía un juguete de circo, pero que a veces… Una historia transmitida en la familia sobre la juventud del tío Clark y sus andanzas junto a un escapista famoso. Todo eso lo había llevado al callejón apropiado donde ella estaba esperando a ser rescatada.

– ¿Y aún cree que el destino no existe?

– Yo no he dicho eso, señorita Adler. Digamos que, de momento, soy agnóstico en ese tema. Estoy dispuesto a dejarme convencer, si las pruebas son las adecuadas.

– Parece una actitud bastante sensata.

Permanecieron en silencio un rato. Ella recorrió la habitación con una mirada incisiva y apenas divertida.

– Longbottom quizá era un mago, pero no le habrían venido mal los servicios de un decorador de interiores. En cualquier caso, eso me parece trivial ahora. Nuestros amigos del callejón despertarán pronto y tenemos un cadáver en la casa. Quizá deberíamos llamar a la policía, después de todo.

– Y lo haremos… a su debido tiempo. Espere. Vuelvo enseguida.

Ella vio cómo arrancaba los cordones de las cortinas y salía de la habitación. No tardó en regresar.

– Listo -dijo, al entrar por la puerta-. Nuestros amigos están a buen recaudo, atados y amordazados en otra habitación. Ahora podemos decidir con tranquilidad qué vamos a hacer.

– Como dije antes, es usted muy rápido.

– El trigo de Kansas. -Seguro que sí. Bien, no sé usted, pero yo necesito una copa. Y quizá no estaría de más que tapáramos el cuerpo de Longbottom. Por decoro, ya sabe.

– Por decoro, por supuesto.

Arrancó una cortina y cubrió con ella el cadáver, mientras Irene se acercaba al mueble bar y se servía una generosa ración de whisky.

– ¿Kent? -preguntó, enarcando una ceja y sosteniendo en alto la botella.

– No, gracias. No serviría de nada.

– Como quiera. A mí sí.

Con la copa en la mano se sentó en un sofá destartalado. Cruzó las piernas y tomó un largo trago.

– Bien, Kent, ¿qué sugiere?

¿Era el momento adecuado?, se preguntó él. Bueno, quizá no había un momento adecuado para aquellas cosas.

– Sugiero que me diga dónde está el rubí, por qué mató al señor Longbottom y, sobre todo, a qué se dedican usted y sus amigos maniatados de la otra habitación.

Ella ni siquiera se molestó en aparentar sorpresa.

– Lo suponía -dijo-. Está mucho más recuperado de lo que los otros creían. Sí, estaba segura de que pasaría algo así. ¿Por qué me ha seguido el juego?

– Era divertido… hasta que nos tropezamos con un cadáver. En ese momento dejó de serlo.

– Bien, caretas fuera. Ninguno de los dos es lo que parece. Es justo que mostremos lo que hay bajo la máscara.

Fue sorprendente la rapidez con la que la mujer cambió. Su lenguaje corporal se alteró radicalmente, la expresión de su rostro desapareció como si nunca hubiera estado allí y hasta parecía oler de un modo distinto.

Eso, en cuanto a lo que se podía percibir a simple vista. Lo que los sentidos de Kent le decían era que su respiración, los latidos de su corazón, el modo en que transpiraba, todo se había transformado.

Se había convertido en algo totalmente distinto a lo que había sido unos momentos atrás. Algo que, por extraño que pareciera, le resultaba familiar.

– En las Montañas de la Locura -dijo-. Había alguien como tú.

– Uno de mis hermanos -dijo ella-. Y de los tuyos.


Afuera, el callejón estaba en silencio, como si los ruidos del resto de la ciudad no se atrevieran a entrar en él.

Quien sí lo hizo fue un hombre apoyado en un bastón que no parecía necesitar. Su rostro estaba en sombras, oculto bajo el ala de un sombrero, bajo la que asomaba algún mechón de cabello rubio.

Recorrió el callejón hasta el final. Se detuvo ante la puerta cerrada de la casa de Longbottom y esbozó una sonrisa torcida.