"Sherlock Holmes y la boca del infierno" - читать интересную книгу автора (Martínez Rodolfo)

Capítulo V. Al otro lado del mundo

– ¿Qué ocurre, magus?

La única respuesta que obtuvo fue una mueca de dolor. Preocupado, volvió a preguntar:

– ¿Qué ocurre, magus?

Pero Crowley, en lugar de responder, se dobló sobre sí mismo y cayó al suelo.

El hombre miró a su alrededor en busca de ayuda, pero el resto de los ocupantes de la habitación parecían tan desvalidos como él mismo. El magus había interrumpido su discurso a mitad de una frase; había permanecido unos instantes con la mirada clavada en el vacío y, de pronto, había empezado a retorcerse de dolor.

– ¿Magus?

Desde el suelo, Crowley soltó un gruñido que sonó como una maldición. El hombre que estaba más cerca de él se inclinó y trató de ayudarlo a incorporarse. Crowley apartó la ayuda de un manotazo. Miró a su alrededor con la mandíbula apretada y la frente cubierta de sudor.

– Fuera -logró decir.

Nadie hizo nada.

– Fuera. Largo. ¡Marchaos!

Nerviosos, incrédulos ante lo que estaba pasando, no se atrevieron a contradecirle. Echaron a andar hacia la puerta, indecisos, pero incapaces de no seguir las órdenes de su magus. Ya en el umbral, el que había intentado ayudarle echó una última mirada hacia atrás. Crowley intentaba ponerse de pie y cada movimiento parecía costarle toda la fuerza que le quedaba.


Wiggins lo sentía, al alcance de su mano. Las fronteras entre los mundos vacilaban, se convertían en algo fluido, y los Primeros empezaban a despertar de su sueño. Pronto el mundo, tal como todos lo conocían, llegaría a su fin.

Miró a su alrededor. Lo que habitaba dentro de él (lo que era ahora y la memoria de lo que había sido) sonrió con desprecio.

Todos morirían.

Y, sobre todo el detective. Aquella criatura odiosa que se había interpuesto en sus planes una y otra vez. Que lo había llevado a convertirse en lo que era ahora.

Sí.

Sobre todo él.

La puerta se abría, lentamente. Y los Primeros se agitaban inquietos en su sueño que era como la muerte. Uno de ellos abrió los ojos y miró a su alrededor, sin comprender lo que veía.

Pronto, muy pronto.

Despertarían y pasarían al otro lado.

Y entonces…

Algo se movió a sus espaldas. ¿Qué…?

Apenas le dio tiempo a volverse. Un hombrecillo gordo envuelto en un capote militar lo miraba con distante interés.

¿Qué…?

Algo en su mano. Algo que brillaba metálico y malévolo. Algo que apuntaba a su rostro.

Un estampido. Un fogonazo.

Algo afilado y ardiente abriéndose paso a través de su frente y rompiendo su mente en mil pedazos.

No.

A su alrededor, el mundo dejó de tener sentido y las puertas empezaron a cerrarse. Los Primeros volvieron a su sueño. Las fronteras entre los mundos adquirieron consistencia de repente.

Otra vez los muros.

No.

Pero apenas había voluntad en el pensamiento, mientras su cuerpo desmadejado caía a cámara lenta sobre el altar y el último retazo de vida se escapaba de él.

Hubo un momento de revelación. Un instante en el que las dos partes de su mente torturada se miraron la una a la otra y se odiaron la una a la otra. Luego, el silencio.

Para siempre, el silencio.


Crowley había conseguido ponerse de pie. Se tambaleó hasta un extremo de la habitación, vertió agua en un balde y se mojó la cara empapada de sudor. Respiró hondo y se miró en un espejo.

Parecía el fantasma de sí mismo.

Poco a poco, logró tranquilizarse, recuperó sus fuerzas y, con pasos renqueantes, regresó a su asiento. Encendió un cigarrillo y disfrutó de él como si fuera el primero… o el último.

Miró a su alrededor.

No había nada que ver. Nada nuevo. Los mismos objetos odiosos que poblaban aquel mundo estúpido. Las mismas formas tristes, los mismos colores apagados.

Habían fracasado.

Y habían estado tan cerca… Wiggins había estado a punto de derribar los muros, casi había despertado a los Primeros.

Y luego… Wiggins ya no existía. Su cuerpo era un trozo de carne desmadejado tirado en el suelo. Su mente humana se había desvanecido para siempre. Su otra mente…

Tomó aire y luego fumó con rabia.

Había pasado a su lado. Una caricia afilada y enfurecida, llena de frustración. Había llenado sus tripas de fracaso, lo había dejado tendido en el suelo y luego había seguido su camino.

Sí, sabía dónde estaría ahora, esperando algo que quizá no llegara a suceder jamás.

Negó con la cabeza y terminó el cigarrillo.

Claro que sucedería. Tarde o temprano.

Pero entre tanto, la criatura que había poseído a Wiggins (y que, en cierto modo, se había convertido en Wiggins) era ahora un grito que nadie podía escuchar, vagando una y otra vez alrededor de una puerta que aún no podía abrirse.

Las cosas eran así. Ésas eran las reglas. Lo sabían cuando se lanzaron sobre el mundo y aún eran uno solo.

A aquellas alturas, el libro estaría ya fuera de su alcance. Cada una de las tres partes, reunidas después de tanto trabajo, se habrían separado de nuevo. Y, estaba seguro, el odioso detective tendría una de ellas.

Era algo que había que arreglar, tarde o temprano.

Pero no ahora.

Aunque pudieran reunir el libro de nuevo, pasaría demasiado tiempo antes de que se volvieran a dar las circunstancias propicias. para usarlo.

No, ese plan ya no era una opción, y no volvería a serlo durante bastante tiempo.

Así pues, tenían que buscar una alternativa. En realidad, se dijo con una sonrisa torcida, Anni estaba trabajando exactamente en eso en aquellos momentos. Nadie habría hecho su trabajo, seguramente, tan eficaz como siempre, y el escenario estaría preparado para la llegada del actor principal cuando éste hiciera su entrada en escena.

Trató de reconfortarse con ese pensamiento, con la idea de que, aunque hubieran fallado en su plan principal, la alternativa propuesta por Anni aún podía traerles el éxito. Sin embargo, la idea le supo amarga y le costó tragarla.


Sherlock Holmes se inclinó sobre el cuerpo sin vida de Wiggins y, con una ternura que nadie habría creído posible en él, le cerró los ojos y le limpió el rostro ensangrentado.

Luego, alzó la vista y miró a su alrededor.

Todo había acabado, se dijo. Wiggins había reunido los tres ejemplares del Necronomicon y había iniciado su ritual. Su momento de triunfo. Sobre todos. Sobre el mundo. Y especialmente sobre él, obligado a contemplar impotente lo que su antiguo pupilo pretendía desencadenar sobre la Tierra.

Y luego… todo había acabado. Aquel militar gris y anodino destinado a construir un imperio basado en su mediocridad se había deslizado a espaldas de Wiggins y lo había terminado todo con un disparo en el rostro.

Un fogonazo, un estampido, la cabeza de Wiggins lanzada hacia atrás y su cuerpo cayendo desmadejado sobre el altar en el que aún seguían los tres ejemplares del Necronomicon.

Todo había terminado, se dijo de nuevo. Era el momento de volver a casa.

Se reunió con William Hudson y dejó que los escoltaran fuera del lugar del ritual. No tardarían en estar fuera de España, lejos de todo aquello. Se preguntó qué harían con el cuerpo de Wiggins y luego se encogió de hombros.

Su cuerpo ya no importaba.

Y su alma, eso esperaba, había encontrado el descanso que merecía.