"Sherlock Holmes y la boca del infierno" - читать интересную книгу автора (Martínez Rodolfo)

Capítulo VI. San Francisco

Para ella, el fracaso de Wiggins fue como un lamento lejano que apenas la rozó, aunque resultó suficiente para que crispara el rostro y su cuerpo se envarase de repente.

Enseguida recuperó la compostura, pero vio que el maldito superhombre se había dado cuenta.

Tranquila, pensó. Ahora es el momento más delicado.

– Lo siento -dijo en voz alta-. Me temo que… No sé cómo ponerlo en palabras que puedas entender, hermano. Y creo que has pasado demasiado tiempo con los hombres y tus percepciones no son las adecuadas. Así que dudo que lo hayas sentido.

– ¿El qué? -preguntó Kent.

– Uno de tus hermanos ha pasado al otro lado -respondió ella-. Ahora mismo. Se ha… ha dejado atrás el cuerpo muerto de su anfitrión y ahora no es más que una voluntad sin cuerpo condenada a vagar alrededor del lugar de su nacimiento.

Kent se encogió de hombros.

– Así que su plan ha fracasado -dijo-. Sherlock Holmes ha tenido éxito.

Ella asintió. Tenía que tener cuidado, mucho cuidado. Aquel cuerpo y ella llevaban juntos ocho años: lo conocía lo suficiente. Así que por fuerza tenía que funcionar. Pero no podía permitirse errores. Todas sus reacciones deberían parecerle auténticas a los sentidos del superhombre. Nada podía fallar.

– Sí -dijo-. Ha tenido éxito. Y nos ha privado una vez más de la posibilidad de reunirnos con nuestros padres.

Vio que él fruncía el ceño. Bien.

– Has sido criado por humanos, lo comprendo. Así que te crees uno de ellos. Pero no lo eres ni lo has sido nunca. Y en el fondo de tu corazón lo sabes.

Él no respondió. Continuó con el ceño fruncido.

– Siga hablando -dijo, al cabo de un rato.

– ¿Qué más hay qué decir? Eres uno de los nuestros, aunque no lo sepas. Ellos no son más que… ganado, anfitriones apenas adecuados para nuestra mente y nuestra voluntad. Son trajes que nos ponemos. Nada más.

Kent negó con la cabeza.

– Éste es mi cuerpo. Lo ha sido siempre -dijo.

– Tienes mucho que aprender, hermano. Y mucho más aún que desaprender. Pero puedes hacerlo, lo sé. Yo lo hice. Y ninguno de nosotros está a tu nivel, ni de lejos. Así que puedes.

– Quizá no quiera.

Ah, había respondido. La puerta se había entornado. Era el momento de meter un pie por la rendija e impedir que se cerrara.

– Entonces, ¿prefieres seguir vagando por el mundo sin saber lo que eres, mezclándote con seres que no son como tú, ignorante de tu propia herencia? ¿Eso sí lo quieres?

Él volvió a negar con la cabeza.

– Tienes tus sentidos -dijo ella-. Úsalos. Todo cuanto he dicho es cierto. No te he mentido.

– No parece haberlo hecho -concedió a regañadientes-. Su cuerpo no reaccionaba como si estuviera mintiendo.

– Así que sabes que te he dicho la verdad.

– Sé que usted parece creer que es la verdad.

Ella asintió.

– Es razonable que tengas dudas. Dame la oportunidad de probarte que lo que digo es cierto. Sólo pido eso. No es mucho. Lo único que quiero es devolverte tu herencia, lo que debió haber sido tuyo en tu nacimiento y que te fue arrebatado por los humanos. Sólo pretendo que seas tú mismo, nada más. No te haré daño.

Él pareció indeciso. Percibía la verdad en sus palabras, pero aún se resistía.

– ¿Cómo?-preguntó al fin.

– Ven conmigo.

– ¿Adónde?

– A un lugar donde ya has estado. Un lugar donde podrás ver lo que eres, y de dónde vienes.

Ya estaba. Había colocado el cebo de la mejor manera posible, ofreciéndole exactamente lo que él quería, y lo había hecho de forma que pareciera que estaba diciendo la verdad. Había controlado su cuerpo con total perfección y no había habido la menor contradicción entre sus palabras y su biología.

– ¿Cómo podremos abrir la puerta? Longbottom está muerto. Y su rubí ha desaparecido.

Ah, el rubí, cierto. Era un obstáculo inesperado. Ella debería haber llegado a la casa con tiempo suficiente para deshacerse de Swami y obtener su fuente de energía, pero alguien se les había adelantado. ¿Quién? ¿Nadie, quizá? ¿Estaba jugando tal vez un doble juego, ayudándolos y traicionándolos al mismo tiempo? Por qué no: era lo mismo que ellos pretendían hacer.

Pero ahora no tenía tiempo para ocuparse de eso. Pensaría en ello más tarde. Ahora lo fundamental era convencer al superhombre de que hiciera lo que, en el fondo, deseaba hacer. Así que nada en su cuerpo traicionó sus verdaderos pensamientos mientras decía:

– No es allí adonde quiero llevarte, hermano. Aún no. Tendremos tiempo de ir más adelante. Y, aunque la desaparición de Swami y de su rubí es un contratiempo, hay otras formas. Pero para ir al lugar al que quiero llevarte no necesitamos ayuda alguna. Está en este mundo.

Kent vaciló unos instantes.

– Habla de…

– Sí. Del lugar de tu nacimiento. De tu punto de entrada en este mundo.

Lo miró, expectante. En aquel momento, las palabras estaban de más. Ya había cumplido su propósito, y ahora tenía que ser él mismo quien hiciera el resto del trabajo. Así que se obligó a esperar pacientemente.

– Lo haremos a su modo -dijo Kent, al cabo de un rato-. Pero antes me responderá a algunas preguntas.

– Claro.

De pronto, él lanzó un vistazo a sus espaldas. Cuando volvió a mirarla en su rostro había el inicio de una sonrisa. -Sus amigos están despertando -dijo.

– No son mis amigos.

– ¿De quién, entonces?

– De nadie, en realidad.

Kent se encogió de hombros, sin comprender realmente lo que ella acababa de decir.

– Como sea, están despertando. Así que vayamos al grano.

– Pregúntame lo que quieras. Si está en mi mano, te responderé.

– ¿Por qué? -preguntó Kent, señalando el cuerpo de Longbottom.

– Nosotros no lo hemos matado. Cuando llegamos a la casa, ya estaba así.

– ¿Y si hubiera estado vivo?

– Depende.

– ¿De qué?

– De lo colaborador que hubiera resultado. Sé que te sientes incómodo con la muerte de los humanos; y lo comprendo. Has sido contaminado por ellos, y te has acostumbrado a pensar como uno de ellos todos estos años, así que es natural que su muerte te afecte. Lo entiendo. Sin embargo… ya te lo he dicho, no son otra cosa que trajes, envoltorios.

– Pero hay algo bajo ese envoltorio.

– Nada que merezca la pena. -Algo dentro de ella se agitó y dijo que aquello no era cierto: los últimos retazos de la Anni Jaeger que había sido antes de nacer en la Boca del Infierno. Controló el cuerpo que llevaba para que nada de eso fuera visible y siguió hablando-. Entiéndeme, no es que les deseemos ningún mal. Si no obstaculizan nuestros planes, lo que les pase no es de nuestra incumbencia. Que sigan con sus vidas, si así quieren, no es asunto nuestro.

– Pero si los obstaculizan…

– Entonces los hacemos a un lado, como haría cualquiera.

– ¿Y de qué modo obstaculizaba sus planes el señor Longbottom?

– Ya te lo he dicho, no hemos sido nosotros. Estaba muerto cuando llegamos. De hecho, vivo nos habría resultado muy útil. Esta casa es un nexo natural entre los distintos mundos, pero abrir las puertas que dan a ellos no resulta fácil. Para él lo era, sin embargo. Podría habernos sido de mucha ayuda. Ahora… -echó un vistazo indiferente al bulto cubierto por la cortina- no es más que un trozo de carne inerte.

– Me temo que no comparto eso.

– Lo sé. ¿Qué más quieres saber?

– Muchas cosas. Pero quizá pueda esperar. Ha dicho que puede mostrarme lo que soy y de dónde vengo. Tendremos tiempo para hablar de todo lo demás durante el viaje.

– Me parece justo.

– Ahora, será mejor que desatemos a esos amigos de nadie de la habitación de al lado. Supongo que querrá que nos acompañen.

– Nos serán de ayuda.

Los hombres de Nadie estaban despiertos, tal y como Kent había dicho. Sus intentos de liberarse habían resultado infructuosos, pero seguían intentándolo. Miraron al superhombre con cara de pocos amigos y cuando éste hizo trizas con un gesto indiferente las cuerdas que los sujetaban no parecieron demasiado agradecidos.

Kent los interrogó rápidamente, pero no pudieron decirle gran cosa. En realidad, no era mucho lo que sabían. Nadie sabía cómo hacer las cosas, y aquellos dos no eran más que peones útiles que conocían los límites de su misión, pero nada más.

Un barco los estaba esperando en la bahía de San Francisco, y los cuatro subieron a bordo poco después.

Desde el muelle, alguien observó la partida del barco.


– No sabíamos de tu existencia -le dijo ella a Kent horas más tarde-. Te vimos por primera vez hace un año, cuando salvaste a Holmes en la biblioteca. Comprendimos enseguida que eras uno de nosotros.

– Bueno, tu amigo el enmascarado no parecía muy contento de verme.

– Lo sé, y lo siento. Me temo que el odio que siente hacia Holmes nubla a veces la mente de Wiggins. La nublaba, quiero decir.

Kent asintió.

– Así que él es quien «pasó al otro lado», tal como me dijo.

– En efecto. Eres rápido.

– La leche y los cereales -dijo él, repitiendo el chiste.

– Seguro que sí. Cuando te enfrentaste con Wiggins, en su mente no había otra cosa que odio por Holmes y un ansia irrefrenable de conseguir el libro. Me temo que eso nubló todo lo demás y puso tu vida en peligro.

– Es un modo de decirlo.

– Pero eso ha quedado atrás. Me he pasado todo este año investigando, hermano. Tratando de descubrir exactamente quién eres y cómo llegaste a este mundo. Sabía que eso sería lo único que podría convencerte de que eres uno de los nuestros.

– «A este mundo». Curiosa expresión.

– ¿Qué tiene de curiosa?

– Lo hace sonar como si mi mundo no estuviera en el mismo universo que éste.

– Como dije, eres rápido.

– Absurdo.

– ¿Después de todo lo que has visto junto a Sherlock Holmes aún dices eso?

Kent guardó silencio. Lo que ella decía tenía sentido. Al fin y al cabo, no hacía mucho que había sido trasladado a una Tierra cubierta por un invierno perpetuo y en la que no había el menor rastro de vida humana. Y había hecho aquello sin abandonar la habitación en la que estaba.

– Sherlock Holmes me dijo…

– Lo sabemos. Os estábamos vigilando entonces y sabemos lo que te dijo. El detective es brillante a su manera, pero no lo sabe todo. Él supuso que provenías de otro planeta, sin duda de otro sistema solar, teniendo en cuenta cómo respondes al sol de la Tierra. Con los datos a su alcance no era una mala deducción.

– Y en lugar de eso, ¿de dónde se supone que vengo?

– No sé cómo llamarlo, hermano. En el lenguaje humano no hay palabras para describirlo, mucho menos para nombrarlo. Vienes del mismo lugar que vinimos nosotros tres.

– ¿Qué es lo que soy, entonces?

– Lo que te he dicho respecto a nuestro mundo también se aplica a nuestra naturaleza. ¿Qué somos? Para los humanos somos vampiros, parásitos: usamos sus cuerpos como receptáculo de nuestra esencia, y los dejamos tirados a un lado del camino cuando ya no nos sirven. ¿Qué somos en realidad? ¿Cuál es nuestra verdadera forma? Me temo que esas palabras carecen de sentido.

– No lo entiendo.

– Lo harás, hermano.


El resto del viaje transcurrió sin incidentes. La curiosidad de Kent era insaciable y ella trató de satisfacerla como mejor pudo, dándole tanto de la verdad como le era posible. Cada nueva explicación que le daba generaba nuevas preguntas, así que parecían enzarzados en un baile que no tenía fin.

El barco era veloz, y su destino estaba cada vez más cerca.

Y pronto, ella tendría lo que deseaba y podría abandonar aquella farsa.