"Sherlock Holmes y la boca del infierno" - читать интересную книгу автора (Martínez Rodolfo)

Capítulo VII. Tunguska

Habían desembarcado un par de días atrás y ahora cruzaban la región lo más rápido que podían, aprovechando el corto verano. Estepas interminables, bosques de coníferas y lejanas montañas. El cauce ocasional de un río. Los sonidos característicos de un lugar donde el hombre raramente ponía los pies.

– Podríamos llegar más rápido -dijo Kent.

Sí, pensó Anni, seguramente tenía razón. Quizá aún no estuviera lo bastante recuperado para poder ir al lugar al que se dirigían en media docena de poderosos saltos, pero le faltaba poco. E incluso aún sin estar en plenitud de facultades podía hacer el viaje considerablemente más corto. Consideró la idea unos instantes; era tentador, por varios motivos, pero le daba demasiada iniciativa al superhombre.

– ¿Tenemos prisa en llegar? -preguntó.

Kent no respondió, aunque no fue necesario. Quizá no era humano, pero había sido educado como uno de ellos y el comportamiento de su cuerpo y sus reacciones humanas resultaban patéticamente predecibles.

Los dos hombres de Nadie iban con ellos, siempre en silencio, siguiéndolos con el semblante ceñudo. Ayudaban a montar el campamento por las noches y a desmontarlo por las mañanas. Por lo demás, lo mismo podían haber sido dos muebles. Cada noche, encerrados en su tienda, conectaban su extraña radio e intercambiaban información con su supervisor. No creía que el oído de Kent tuviera problema alguno para captar lo que decían, pero dudaba de que fuera capaz de descifrar el galimatías incomprensible que usaban para comunicarse.

Bien. Todo iba como debía.

Anni se preguntó qué le habría prometido Crowley a Nadie para obtener su ayuda, y cómo encajaba aquello en sus propósitos. No es que importase mucho. Si tenían éxito, los planes de Nadie carecerían de sentido, como los de cualquier otro humano.

Si tenemos éxito.

Pero, si lo pensaba un poco, ¿por qué habrían de tenerlo? Después de todo, habían fracasado una y otra vez. Los intentos de despertar a los Primeros y desencadenarlos sobre un multiverso desprevenido eran incontables, y todos ellos habían culminado en el más absoluto de los fracasos. Así que, ¿por qué iban a tener éxito esta vez?

Porque estoy aquí. Porque soy yo y no cualquier otro quien lo intenta. Porque no toleraré el fracaso.

Pero aquel pensamiento, lo sabía, no era suyo, sino otro resto de la humana que había sido. Un fracaso más no importaba, porque al final, tendrían éxito. Y eso era todo lo que debía tener en cuenta.

Pero importa. Claro que importa.

Durante los últimos años, había aprendido a considerar valiosa su asimilación de la mente humana que la alojaba, pero ahora empezaba a dudarlo. Las emociones habían sido una herramienta útil en su momento, pero quizá estaban dejando de serlo.

¿Podré prescindir de ellas?

Tal vez no. La mujer que había sido y la criatura que surgió de la Boca del Infierno se habían asimilado la una a la otra demasiado bien. Al contrario que Wiggins, cuyas dos mitades habían estado en lucha permanente; o que Crowley, que había sometido su humanidad sin molestarse en echarle un vistazo y había convertido los recuerdos y experiencias de su anfitrión en poco más que una enciclopedia de la que extraer datos. Ella y Anni Jaeger eran una sola, y no había forma de deshacer una fusión como aquella.

Sólo muriendo.

Al menos, en teoría. Con la muerte de su anfitrión humano, todo rastro de éste debería desaparecer, quedando tan sólo ella misma.

Pero el hecho de que pensase en sí misma con un pronombre femenino indicaba que tal vez eso no fuera cierto por completo.


Con cada kilómetro que recorría, Kent sentía regresar sus fuerzas. Cada paso que daba bajo aquel sol descarnado y distante lo hacía sentir más lleno, más completo. Supo que no pasaría mucho hasta que volviera a ser el que había sido antes de su aventura con Sherlock Holmes.

O quizá no, se dijo con una sonrisa torva. Quizá no vuelva a ser nunca el mismo. Sé demasiado de mí mismo para volver a la ignorancia.

Aquel viaje tan lento le resultaba enloquecedor. Un día tras otro atravesaban el mismo paisaje interminable y abandonado y nada parecía cambiar nunca. Descubrió -con cierta sorpresa- que añoraba la presencia de otros seres humanos: su bulliciosa trivialidad, su actividad constante, su ir y venir inacabable de un sitio a otro.

No sabía lo que era, pero cuanto más pensaba en ello, más seguro estaba de que Anni Jaeger le había mentido, pese a que sus sentidos no hubieran sido capaces de detectarlo. Él y ella no pertenecían a la misma especie, de eso estaba seguro.

Entonces, ¿por qué parecía estar diciéndole la verdad?

«Vamos, Kent, muchacho. Piense. Tiene una mente. Utilícela», oyó decir a un imaginario Sherlock Holmes.

Algo de lo que le había contado podía ser cierto, se dijo. Tal vez los suyos eran los parásitos mentales que le había descrito. Y, por tanto, si su cuerpo no era otra cosa que un traje, con tiempo y experiencia suficiente podía controlarlo a su antojo y hacer que las reacciones de su anfitrión fueran exactamente las que deseaba. Si quería mentir, podía impedir que los latidos de su corazón se alterasen, o que su transpiración cambiara su composición. Al fin y al cabo, había presenciado algo parecido en la casa de Longbottom, cuando ella abandonó la farsa mediante la cual lo había conocido.

¿Por qué no? Él podía saltar un edificio de un solo impulso, detener una locomotora en marcha con un ligero esfuerzo, correr más rápido que una bala.

Pero ellos no.

Había observado el cuerpo de Anni durante los días pasados. Y era humano. Frágilmente humano. De eso no le cabía ninguna duda.

Así pues, tal y como había sospechado, le mentía.

Pero, ¿para qué, con qué propósito? ¿Qué quería obtener de él?

Sabía dónde estaban y tenía una idea bastante clara de hacia dónde se dirigían. Sherlock Holmes le había revelado el nombre del lugar: Tunguska, en medio de aquella ninguna parte conocida como Siberia. Lo más parecido que existía en aquella Tierra al lugar de su nacimiento.

¿Y por qué lo llevaba allí? ¿Qué esperaba obtener mostrándole el lugar donde el vehículo que lo llevaba a aquel planeta se había estrellado? ¿Qué creía que iba a encontrar en medio de aquellos bosques desolados?


– A partir de aquí seguiremos a pie.

Los hombres que los acompañaban asintieron en silencio. Montaron las tiendas, como hacían siempre, y encendieron una hoguera mientras iba anocheciendo.

Anni los dejó hacer. Kent se había alejado del campamento. Se apoyaba en un árbol y tenía la vista clavada en el sol poniente. No sabía qué pasaba por su cabeza en aquellos momentos, pero tampoco le importaba demasiado.

Se acercó a los hombres de Nadie, que habían terminado de montar el campamento. Dudó unos instantes.

– Mañana seguiremos solos.

Se intercambiaron una mirada y el más bajo de los dos habló por primera vez desde que habían iniciado el viaje:

– Eso no es lo acordado.

– Cambio el acuerdo.

Un nuevo intercambio de miradas, tras el cual se encogieron de hombros, como si se rindieran ante lo inevitable.

– Tendremos que notificarlo.

– Claro.

Dio media vuelta y echó a andar en dirección a Kent. Se volvió de pronto, como si se lo hubiera pensado mejor.

– ¿Estará todo dispuesto?

– Sí -dijo el mismo que había hablado antes.

– ¿Tal y como hablamos? ¿Podré usarlo sin problemas?

– Sí.

– Estupendo.

Algo apareció en la mano de Anni. Lanzó un destello metálico a la luz de la hoguera pero, antes de que los hombres de Nadie pudieran reconocer lo que era, el objeto trazó un arco mortal hacia su cuello y abrió sus arterias carótidas con tanta suavidad como eficacia.

Kent estaba allí de repente, una tromba en forma humana, y sujetaba el brazo de Anni, pero ya era demasiado tarde. Ella sonreía.

– Ya no eran útiles -dijo.

Kent la miró a los ojos, y en ellos no vio nada reconocible.

– Quizá usted ya no lo sea tampoco.

– Aún me necesitas.

– ¿Para qué? Es evidente hacia dónde vamos. Puedo hacer el resto del viaje por mí mismo.

– Es cierto. Pero una vez que estés allí, ¿sabrás dónde buscar? Y, sobre todo, ¿sabrás qué buscar?

Kent soltó su brazo.

– Pagará por esto.

– Tus padres humanos te condicionaron bien -fue la respuesta de ella -. Pero no es nada que el tiempo no cure.


Kent no durmió aquella noche. El amanecer lo sorprendió mirando al este.

Anni salió de la tienda y lo contempló unos instantes en silencio.

– Podemos seguir -dijo.

Él, sin decir nada, desmontó el campamento y se cargó la mochila al hombro. Miró a la mujer, esperando que ésta le indicara hacia dónde debían dirigirse.


El paisaje cambió a media mañana. A su alrededor todo estaba en silencio, como si ninguna criatura viva se atreviera a internarse allí.

Estaban en lo que debía de haber sido un bosque. Ahora, los árboles yacían desparramados por todas partes, convertidos en cadáveres retorcidos y torturados, torcidos en preguntas que nunca encontrarían respuesta. Todo cuanto los rodeaba hablaba de un mundo muerto, devastado por fuerzas inimaginables.

Aquí y allá se veían signos de recuperación, pero eran escasos, como si a la naturaleza le costase recuperar aquel lugar.

Descendían por una suave pendiente hacia lo que parecía un valle. Kent forzó la vista y distinguió algo a lo lejos, un objeto que lanzó un extraño resplandor verde en la luz del mediodía.

– Estamos llegando -dijo ella.

Kent mantuvo el mismo silencio hosco en el que se había sumido desde la noche anterior y siguió caminando.

¿Aquello lo había causado él?, se preguntaba. ¿Toda aquella desolación era culpa suya? Si la hipótesis de Sherlock Holmes era correcta, la nave en la que viajaba se había estrellado allí, no sin antes soltar algún tipo de cápsula de salvamento con él dentro. La cápsula había recorrido medio mundo para ir a parar a Kansas, mientras la nave mayor, fuera de control, caía a tierra.

La explosión tuvo que haber sido algo brutal, sus efectos tendrían que haberse sentido en todo el mundo.

¿Habían causado sus padres toda aquella destrucción? ¿Había tenido unos padres?

Siguió caminando, sin dejar de hacerse preguntas, sin ser consciente de que a su alrededor el día parecía ir muriendo de repente, como si el sol no pudiera llegar hasta él.

Y de pronto, a mitad de un paso, comprendió que estaba cansado. Agotado como no se había sentido nunca. Alzó la vista y no reconoció lo que lo rodeaba: todo estaba cubierto por un velo gris verdoso.

– ¿Qué…?

– Estamos llegando, te lo he dicho. Estás lo más cerca del hogar que has estado nunca y empiezas a sentir sus efectos.

La voz de Anni parecía llegarle desde muy lejos. Intentó dar un nuevo paso, pero apenas tenía fuerzas. Parpadeó y tuvo la sensación de que el mundo giraba a su alrededor.

– Te hemos estudiado -dijo la voz de Anni. Había en ella una alegría salvaje, casi sexual-. Tu cuerpo es como un motor: absorbes energía del sol y la transformas. No creo que haga falta explicarte cómo. Pero también irradias.

Alzó un pie del suelo. Era como estuviera intentando levantar una montaña entera, todo un continente.

– No sabemos qué era lo que te trajo aquí. Pero lo hemos estudiado. Y sabemos lo que hace. Y, sobre todo, sabemos lo que te hace a ti.

Trató de decir algo, pero no podía.

– Eres nuestro.

Luego, todo se desvaneció a su alrededor y el mundo se convirtió en una oscuridad verdosa que se alimentaba de su alma.


Sintió algo sobre su rostro. Abrió la boca y fue como si respirara por primera vez. Parpadeó, consiguió enfocar la vista y vio frente a sí las facciones de Anni, crispadas en una mueca feroz. -Ajá, lo sabía. Sigues funcionando.

Trató de mover la cabeza, pero descubrió que no podía. De hecho, no podía moverse. Sabía que estaba de pie y que todo su cuerpo estaba cubierto de lo que parecía un armazón metálico. El tacto de aquella cosa contra su piel era frío… y verde.

– No intentes moverte. No malgastes fuerzas. Pronto será de noche, y vas a tener que administrar el resuello con mucho cuidado si quieres llegar vivo a mañana.

No, aquello no era cierto, se dijo. Ella lo quería vivo, o no se habría tomado tantas molestias.

– Dejaré que el sol te dé en el rostro unos minutos. Supongo que será suficiente para que te recargues un poco. Puedes hablar si quieres, pero te aconsejo que no lo hagas durante mucho tiempo. Necesitas toda la energía que puedas conseguir.

– ¿Qué me has hecho? -consiguió preguntar. Su voz sonaba débil, desvalida.

– Mis… asociados llegaron a Tunguska antes que nosotros y prepararon esto para ti. Está construido con trozos de la nave que te trajo a la Tierra. Como te dije antes de que perdieras el sentido, no sólo absorbes y utilizas energía, también la irradias. Y este material… te drena. El valle donde te metiste está infestado de restos de tu nave. En cuanto pusiste el pie en él empezaste a quedarte sin fuerzas. No me preguntes por qué, pero de algún modo el material de tu mundo nativo es un veneno para ti. Nadie sabe por qué es así, quizá; o si no lo sabe ahora terminará averiguándolo, seguro. Pero para nosotros no es importante. Nos basta con conocer sus efectos y cómo utilizarlos.

– ¿Qué quieres de mí?

– Todo -dijo ella-. Eres un motor, un acumulador de energía. Y esto que hemos construido te controla. Puedo ajustar tus niveles de energía tal y como desee. Eres… mi herramienta, y te usaré para tener éxito allí donde mis hermanos han fracasado.

Consiguió mover los dedos de la mano y cerrarlos en un puño. Frunció el ceño y miró a su interlocutora. Todo rastro de fingimiento había desaparecido de ella: aunque seguía ocupando un cuerpo humano, ni su comportamiento ni su forma de moverse eran humanos. Había algo frío e implacable en ella.

Tenía que hacer que siguiera hablando. Aquello que lo rodeaba quizá lo drenara, pero no lo suficiente, comprendió. El sol en su rostro lo estaba recargando más rápido de lo que aquella cosa lo privaba de su energía. Si tenía tiempo suficiente podría…

– Veo que te estás recuperando -dijo ella-. Será mejor que lo dejemos por hoy.

Antes de que pudiera decir nada, algo verde tapó la luz del sol. Durante unos segundos estuvo solo en medio de la oscuridad. Luego, volvió a quedar inconsciente.


Pasaron varios días. Ella lo dejaba al sol unos minutos y luego volvía a tapar su rostro. Poco a poco, en los breves periodos de consciencia de los que disponía, fue dándose cuenta de que estaba encima de un vehículo, y de que se dirigían hacia el este. Hacia la costa, seguramente, donde los esperaría el mismo barco que los había traído hasta allí.

Pensar era una tortura, pero sabía que no podía permitirse el lujo de dejarse llevar. Ahora que su cuerpo estaba indefenso, su mente era todo lo que tenía; y si había alguna forma de salir de aquello, era con su mente como tendría que encontrarla.

Aquella especie de armazón que lo aprisionaba debía de tener una eficacia limitada, se dijo. De no ser así, habrían caído sobre él en San Francisco, o en el mismo Kansas. No. Habían tenido que atraerlo hacia un lugar saturado de aquel material, un sitio en el que todo, quizá hasta el mismo aire, fuera un veneno para él y lo dejara debilitado después de dar un par de pasos. Sólo entonces, sin fuerzas por la rápida pérdida de energía, podrían meterlo dentro de aquel ataúd verdoso. En cualquier otra parte del mundo, la trampa no habría funcionado.

Sólo necesitaba un momento. Una distracción. Unos minutos más al sol.

Pero Anni no parecía de las que cometían errores.

Ahora soy una cosa para ella. Seguramente siempre lo había sido. Ella misma lo había dicho: era un motor, un acumulador. Lo único que le interesaba de él era su cuerpo, y las energías que éste podía almacenar y manejar. No sabía cómo planeaba usarle, pero estaba seguro de que no le iba a gustar.


Sólo un momento. Una distracción.

Pero no hubo ninguna. Llegaron a la costa. Lo subieron al barco y permaneció en la bodega durante casi todo el viaje. De vez en cuando, dejaban su rostro al descubierto y, mediante espejos, permitían que la luz del sol llegara a él. ¿Es el fin?, se preguntaba.

Y la respuesta era siempre que no. Que el fin no llegaría mientras él no se rindiera. Anni y los suyos planeaban usarlo como una especie de generador eléctrico. Un esclavo, una máquina en forma humana. Y mientras lo encontrasen útil, lo mantendrían con vida. Seguía sin saber lo que era, pero empezaba a pensar que quizá eso no tuviera demasiada importancia. Humano o extraterrestre, qué más daba. Era él; era lo que sus padres adoptivos habían metido en su cabeza desde que lo acogieron como si fuera suyo; era la suma de todo lo que había hecho a lo largo de su vida, de todo lo que había pensado, decidido, temido, esperado, ansiado.

Atrapado en aquella prisión construida con material de su mundo natal, había tenido tiempo suficiente para pensar. En realidad, no había tenido tiempo para otra cosa. Y sabía que Sherlock Holmes tenía razón, que la había tenido aquella mañana en que le dijo que era humano, más allá de lo que su origen dijera, que era humano allí donde importaba, en el modo de sentir, de ver, de contemplar el mundo que lo rodeaba.

Y los humanos no se rinden. Eso lo sabía bien, era una de las cosas que Pa le había enseñado y que Holmes le había mostrado con su ejemplo. Los humanos no se rinden. Luchan hasta su último aliento. Siguen con vida pese a que ésta sea una tortura y continúan empeñándose en desafiar a fuerzas contra las que, quizá, nadie puede ganar.

Mientras estuviera vivo, el fin no llegaría. Aguantaría. Aguardaría. La batalla no había terminado aún. No terminaría mientras él no se rindiera. Y él no se rendiría jamás.